El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Despertamos en el suelo del palacio de Quelizantor. Jax nos observa impaciente, pasando el peso de un pie a otro. Gael ha venido con nosotros. Araxx no.

—¿Cuánto…? —pregunta Brigitte— ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

Capítulo 11

—¡Qué…! —dice alguien que no logro identificar.

Pero parece que no le hace ningún mal. Cuando termina, Ishtar desprende un extraño vapor verdoso que desciende hacia el suelo dibujando cascadas sobre la roca. Sus ojos se han vuelto de un intenso verde brillante.

—No hay manera de que pueda agradecerte esto —dice mientras desciende con su ligereza habitual hasta el suelo. Cuando se vuelve hacia nosotros, vemos que sus ojos son completamente verdes.

—Sí, —dice con calma el dragón— sí que puedes. Derrotad a mi hermano.

—¿Tu hermano?

—Sí, éramos siete, pero uno de nosotros hizo cosas horribles.

—¿Y no podéis detenerlo vosotros mismos?

—Me temo que no. Estamos atrapados. Nuestra única forma de luchar es a través de vosotros. —Se gira hacia nosotros—. Hablad con quien queráis. Todos ellos cayeron ante Jaraxxux o Alamuerte en algún momento, así que tal vez podáis aprender algo útil de su desgracia.

Con una reverencia, nos despedimos. Ishtar hace crecer una rama para bajar. Cuando Rahjmar pone los pies en ella, un olor a chimenea se eleva desde la madera.

—Perdón —dice mientras agacha la cabeza. —No puedo evitarlo.

Ishtar se lamenta de no haberle preguntado siquiera el nombre a su benefactor. Esa falta de educación por su parte le pesa como una losa.

Me llamo Ventus responde una voz en su cabeza a una pregunta sin formular.

Ciudad de la Naturaleza

Ahleinne se queda mirando a Ishtar unos segundos y una expresión de asombro da paso a una profunda tristeza.

—Lo siento —le dice. Esto parece sacarla de su ensimismamiento y mira a Ahleinne con una expresión interrogante. —Esa daga… ¿Te la dio tu hermano?

—Sí —responde y su expresión se vuelve aún más confusa.

—Tenemos que hablar. He visto… algo.

—¿Cómo que has visto algo? ¿Qué has visto?

—He visto cómo llegábamos a una tierra de fuego. El custodio de aquel lugar tenía un bastón… como el tuyo —dice señalando su bastón viejo—. Luchaba con nosotros para impedirnos el paso y nos derrotaba. Era tu hermano.

—Pero… ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Cómo que lo has visto? ¿Dónde? —Ishtar se da cuenta de que está acelerada. Respira profundamente y se calma.— Estamos en el futuro en el que Kotaka no muere. Me niego a creer que eso sea verdad.

Me alejo lentamente de allí. No es que no quiera participar, pero hablar de futuros posibles y cambios evitables me da dolor de cabeza. La historia es la que es y las cosas suceden como suceden. Si podemos cambiarlas… ¿qué razón nos queda para aprender de ellas? Meto las zarpas en el agua. Delante de mí una niña pequeña corre sobre la corriente con los peces saltando a su alrededor.

Noto que alguien se acerca y me abraza por detrás.

—Todo va a salir bien —dice Brigitte.

—Espero que tengas razón.

La niña se hunde en el agua y al instante sale impulsada hacia arriba con un géiser. Alzo otra columna de agua junto a ella. Salta sobre ella y yo alzo una más allá. Vuelve a saltar riendo a carcajadas y me hace sonreír. Entonces se me congela la sonrisa en la cara. La niña cae. Solo hay una razón por la que ella está aquí.

En otra época, en otra edad pero en este mismo lugar, la oscuridad se cernía sobre la tierra de Voldor, acechante. Una desgracia más terrible que cuantas habían acontecido con anterioridad amenazaba con destruir toda vida en el continente. Sin embargo, dicen los sabios que cuanto más oscura es la noche, más brillan las estrellas y así fue como cuatro valerosos guerreros desafiaron a la naturaleza y se hicieron con sus dones: el poderoso Kalambur dominaba el fuego; el elegante Elrond, la natualeza; el templado Zen, el viento, y la impetuosa Stella, el agua.

Juntos derrotaron a las fuerzas del mal allá donde pasaron, devolviéndole a sus tierras la paz y la esperanza. Sin embargo, algo más terrible y más oscuro se alzaba en las profundidades de un volcán. Un oscuro ritual llevado a cabo por un ser de intenciones más oscuras estaba a punto de liberar la destrucción y la muerte sobre todo lo conocido. Así, los cuatro aventureros partieron a enfrentarse con el terrible Jaraxux.

Al borde de un río de lava, en las entrañas de la tierra lucharon codo con codo los cuatro valientes. Una humareda densa lo envolvía todo. El calor era sofocante y el enemigo, formidable. Alzó una espada hecha de pura lava y atravesó con ella a Elrond de parte a parte. Levantó al portador de la naturaleza mientras se consumía lentamente y lo arrojó a una sima ardiente. Acto seguido, la cabeza de Kalambur se separó de sus hombros pero no antes de ser testigo de cómo de la sima ardiente se elevaba majestuosa entre la lava la figura de un terrible dragón con las fauces abiertas. Un destello de luz lo envolvió todo y jamás se supo qué sucedió.

—¿Estás bien? —le pregunto mientras ella chapotea alegremente en el agua. No parece que le haya pasado nada. Se gira hacia mí y me sonríe con su carita pícara—. ¿Cómo te llamas?

—Chloe —me dice y se zambulle.

—¿Cómo llegaste aquí, Chloe?

—Pues… —se queda pensativa un instante—. Yo vivía en un poblado en el sur. Un día un hombre de pelo blanco llegó y empezó a hacer preciosas mariposas de agua. Una de ellas se posó en mi mano y el señor se asustó. Se acercó a mí y me dijo que estaba en peligro y que su deber era protegerme de todo mal, pero que para ello debía ir con él. Me llevó a una ciudad preciosa y me dijo que no saliera, que mientras estuviera entre las cascadas y no hablara con nadie, estaría a salvo.

»Pero un día apareció un gatito muy simpático. Era grande, negro y tenía los dientes azules y brillantes. Estuvo jugando conmigo y lo perseguí fuera de la ciudad hasta un campo muy verde y con muchas flores. Era muy bonito pero de repente me hizo algo, no sé qué era, como si me estuviera sacando algo de aquí —dice señalándose el pecho—, y me desmayé. Lo último que vi fue a un hombre arrodillado a mi lado con una máscara de metal en la barbilla.

—¿Ventus? —llama Ishtar en su mente.

—¿Sí?

—¿Puedo subir a verte?

En el instante en que se dirige a la cascada, ve a un hombre subido en un bastón.

—¿Maestro? —pregunta Ishtar sorprendida—. ¿Qué haces aquí?

—Llevo aquí muchos años —responde Tarafi, su maestro.

—¿Cómo que muchos años? Hace apenas unos meses que dejé Shiras-Shirshin.

—Tenía una misión.

Ishtar suspira.

—Intuyo que tienes preguntas —dice Tarafi con una sonrisa amable.

—Demasiadas.

—Comienza por las más urgentes.

La primera le viene a los labios sin siquiera planteárselo.

—¿Por qué yo?

—Ventus y sus hermanos previeron el desastre. Me enviaron de vuelta a casa en busca de un monje, aquél que pudiera ser digno de los dones que ellos podían entregarle. Supe desde pequeña que serías tú. Tu hermano estuvo cerca pero vi cosas en él que no me gustaron.

—¿Sabes algo de él?

—Solo rumores.

—¿De dónde sacaré el valor para enfrentarme a él?

—Él mismo te lo dijo cuando en tu prueba caíste al suelo. Yo te observaba siempre. Igual que cada noche untaba tu bastón con aceite para que te resbalaras. necesitaba saber que no te rendirías.

Ishtar tarda un segundo en asimilar lo que ha dicho Tarafi. Entonces se yergue, lo mira muy seria y se despide.

—Cuídate.

—Cuídate tú, yo ya no tengo que hacerlo. 

Invoca una rama para subir a lo alto de la cascada. Allá arriba, Ventus la observa con sus enormes ojos ambarinos. Cuando llega a su lado, se limita a sentarse junto a él en el acantilado. A lo lejos el sol se oculta tras las montañas que rodean el valle, tiñendo el cielo de mil colores ardiendo. El dragón extiende sus alas y la arropa con ellas. La luz va desapareciendo poco a poco y antes de que los últimos rayos de sol se oculten tras las montañas, Ishtar formula la pregunta que lleva todo el día dándole vueltas en la cabeza.

—¿Cómo se supone que voy a enfrentarme a lo que me espera? Estaba lista para Jaraxux pero Alamuerte… ¿Y cómo voy a enfrentarme a mi hermano?

—Con esto —responde Ventus señalando con su pezuña el pecho de Ishtar—. Todos los elementos tienen debilidades. Si no, mira las flores que el fuego quemó.

—¿De qué voy a servir si una llamarada acaba conmigo?

—Usa la fuerza de la naturaleza. Búscala en tu interior.

Ishtar aferra su bastón y siente en él la madera. Roble rojo, hecho de una sola pieza. Flexible y resistente. La tranquilidad se torna en dolor cuando siente la madera arrancada del tronco y hecha pedazos. Después, nada.

El dragón la está observando cuando abre los ojos. Ishtar se incorpora y abraza su enorme cabeza con cariño.

—Gracias.

—De nada. Tened cuidado. Cada uno de nosotros tiene un rol que cumplir.

Fin del capítulo 11

A la mañana siguiente, Ishtar se cruza con un mida. Está exactamente en la misma posición y el mismo lugar en los que estaba el día anterior.

—Buenos días.

—Buenos días —responde él con una inclinación de cabeza y sin abrir los ojos.

—Quería hacerte una pregunta antes de partir.