El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

A la mañana siguiente, Ishtar se cruza con un mida. Está exactamente en la misma posición y el mismo lugar en los que estaba el día anterior.

—Buenos días.

—Buenos días —responde él con una inclinación de cabeza y sin abrir los ojos.

—Quería hacerte una pregunta antes de partir.

Capítulo 13

A la mañana siguiente emprendemos el viaje hacia las montañas de Kiralizor. Durante una semana las cosas transcurren con calma. Casi parece un viaje amistoso y no que vayamos a enfrentarnos a seres terribles y odiosos que nos quieren destruir. Troj, Jerox y Aridia charlan animadamente e incluso, en ocasiones, se ve al orco con una gran sonrisa de felicidad mientras habla. Diría que hay algo entre ellos, cierta complicidad que reconozco que me da envidia… Me pregunto si quizá, en otras circunstancias, hubiera podido entablar una relación de verdad con Jerox, tiene una mirada tan dulce —sigo la dirección de su mirada—… O Aridia, es tan segura y poderosa… Tal vez todo llegara a algo más… Sacudo la cabeza y alejo esos pensamientos de mí. No está el horno para bollos.

Una noche, después de cenar, Ahleinne se levanta y llama nuestra atención. Estaba casi preparada para irme a dormir, qué fastidio.

—Debo deciros algo —comienza—, pero necesito que me prestéis atención. Araxx me habló, me dijo que podría controlar el tiempo, y mientras lo hacía, tuve una extraña visión. Fue confusa y terrible. Nos encontrábamos todos al borde de un río de lava luchando contra Jaraxux. Entonces, una sombra corría hacia él, pero Jaraxux alzaba su espada de fuego, atravesaba a la sombra con ella y lo lanzaba a la sima de lava hirviente. Y entonces… —Un escalofrío le recorre visiblemente el cuerpo—. Entonces Alamuerte surgía del fuego y con un solo aliento, nos destruía a todos. Jaraxux llamó necio a la sombra y dijo entre carcajadas que se necesitaba más que un corazón puro y un corazón malvado para confinar a Alamuerte.

—¿Nos estás diciendo que Jaraxux va a estar allí? —pregunta Ishtar alarmada y nos mira—. ¡¿Estamos locos?!

Durante un rato discuten sobre lo que ha contado Ahleinne, que si debemos ir porque es nuestro deber, que si somos los elegidos y no nos queda otra, que mejor que nos larguemos sin mirar atrás, que si es mejor que vayamos a ver a otro dragón… En fin, que hay variedad de opiniones. Al cabo de un rato me doy cuenta de que llevo un rato tarareando una melodía conocida que lleva toda la semana dándome vueltas a la cabeza. No logro ubicarla pero tengo la sensación de que es importante. Entonces caigo.

—Esperad —digo—. Llevo varios días dándole vueltas a una canción sin terminar de recordar de qué me sonaba, pero acabo de hacerlo.

El gran dragón Verde la semilla enterró,

calentola Rojo con fuego amable,

agua de Azul la nutrió y la regó

y Blanco la sostuvo del viento honorable.

En la noche del peligro Negro la veló

mas Rojo y Negro, terrible oscuridad

de la tierra arrancaron la flor.

Dorado sopló y vuelta a empezar.

Cuando termino de cantar, todos están en silencio. Entonces Kotaka abre mucho los ojos

—No nos queda otra opción. Debemos ir a las montañas. ¡Tiene que ver con el orden de la canción!

—Pero… ¿Os parece buena idea? —pregunta Ishtar.

—Si de verdad es la sima en la que despertará Alamuerte, Jaraxux estará ocupado. Podríamos aprovechar la ventaja.

Vuelven a enzarzarse en una discusión sobre si debemos o no debemos ir. Parece que la balanza se decanta a favor de que sí —no entiendo qué necesidad tienen de suicidarse…— y entonces la conversación vira hacia las distintas formas de enfrentarnos a él, qué debemos o no debemos hacer. Rajhmar propone uno tras otro planes de combate que acabarían con nosotros invariablemente muertos o destruidos.

—Para que quede claro —intervengo—, ¿de verdad estamos hablando de ir a por Jaraxux? ¿Estáis completamente majaras? No somos rivales ni en sueños.

Retoman de nuevo la idea de que es nuestro deber, nuestro destino, que está en nuestras manos salvar el mundo, etc., etc., etc. No puedo evitar que mis ojos giren hacia el cielo. ¡Qué bondad, qué sentido del deber, qué desesperación! Me levanto y me voy a acostar. Es bien entrada la noche cuando por fin se cansan de discutir.

Días después llegamos a las montañas. Desde lo profundo de la oscuridad Rahjmar escucha un susurro.

—Ayuda…

Sin mediar palabra, echa a andar rodeando las rocas hasta que desaparece detrás de un promontorio. Corremos para seguirlo hasta una grieta en la pared. Entramos por ella y caminamos por túneles de roca tenuemente iluminados, no sabemos muy bien por qué hasta que llegamos a una caverna gigantesca precedida por un gran arco de piedra ricamente labrado. Parece como si hubieran vaciado el interior de la montaña y hubieran dejado solo los muros exteriores. Ante nosotros se abre el cráter de un enorme volcán. A nuestros pies, un lago de lava borbotea. El calor es sofocante y casi no puedo ni respirar. En el centro del lago se yergue una ciudad cuyos muros de piedra negra contrastan con los vivos naranjas de la lava.

A nuestra izquierda vemos un puente que conecta ambas orillas del lago y justo antes, un hombre sentado en la barandilla se sujeta el costado dolorosamente. Rajhmar echa a correr hacia él.

—¿Esta usted bien? —pregunta.

—No —dice con dificultad—. Jaraxux ha venido con sus secuaces a por Kratos. No podéis perder el tiempo.

Cruzamos el puente a la carrera y entramos en aquella especie de templo-ciudad. Al traspasar la puerta, un acólito de Jaraxux encapuchado nos cierra el paso. Sostiene un bastón que nos resulta familiar. Está en el centro de una sala circular. Por los laterales ascienden dos enormes escaleras labradas que se juntan en lo alto frente a una inmensa puerta cerrada.

—¿Zar? —Ishtar se adelanta cautelosa.

El acólito se pone en posición de batalla con movimientos fluidos, casi con parsimonia.

—¿Zaret? Joder. Eres tú. ¡Joder!

Templo de fuego

Se quita la capucha. Es un felínido de hermosas facciones muy parecidas a las de Ishtar, pero la mitad de su cara está completamente calcinada.

—Antes era Zaret. Ahora ya no. —Se lanza a por Ishtar y la barre, sin darle tiempo a reaccionar.

Ahleinne levanta la espada y trata de inmovilizarlo, pero no funciona. Ishtar siente la escasa vegetación de la sala pero no le sirve de ayuda. Desvía el bastón para poder levantarse y se pone en posición defensiva.

—¿Qué cojones estás haciendo?

Tratamos de rodearlo sin que se dé cuenta mientras tiene la atención fija en Ishtar, pero mueve las orejas en nuestra dirección. No lo hemos engañado. Da un salto absurdamente largo hacia nosotros y nos derriba. No tiene puntos débiles.

Brigitte carga contra él desde las sombras, pero un golpe salido de ninguna parte la devuelve a nuestro lado sin que siquiera haya podido acercarse. Zaret se mueve y carga contra Ahleinne que se queda quieta como una estatua.

El mundo desaparece a su alrededor y Ahleinne ve cómo Zaret carga por su derecha a toda velocidad y sin posibilidad de esquivarlo.

Cuando Zaret está casi encima de ella, levanta velozmente la espada y trata de atravesarlo. El movimiento pilla a Zaret desprevenido pero es demasiado rápido y está demasiado bien entrenado para ella. Levanta el bastón para desviar la espada por tan solo unos milímetros y la golpea en la cara.

Desenfundo mi espada y trato de aprovechar la ocasión para atacarlo por la espalda, pero soy incapaz de darle. Se mueve demasiado rápido y me va a golpear, pero Ishtar se interpone entre nosotros y lo lanza lejos de un golpe.

—Corred —murmura mirando fijamente a su hermano—. ¡Corred!

A la segunda ya no me lo pienso. Echo a correr escaleras arriba y veo que no soy la única.

—Veo que te enseñé bien —dice Zaret mientras se pone en pie—. Vete con tus amigos, te necesitan.

Sin previo aviso, alza el bastón y lo clava con furia en el suelo. Allá donde la madera ha perforado la piedra, comienzan a aparecer grietas que pronto se iluminan con luz anaranjada brillante. La lava las inunda paulatinamente y todo el suelo comienza a separarse. Entonces alza la vista y mira a su hermana con ojos tristes.

—Me he caído y no sé levantarme, Ish. —Entonces sus orejas oscilan hacia los lados y levanta la vista.— Llegan los refuerzos.

La puerta se abre y aparece el monje de fuego con varios brazos.

—Ya dije a Jaraxux que no podíamos fiarnos de él. —Hace una mueca de desdén y Zaret estalla en llamas.

—Pase lo que pase —dice Zaret en un susurro mientras se consume—, yo voy a estar contigo.

Fin del capítulo 13

Ishtar se une a nosotros en lo alto de las escaleras. Las lágrimas le ruedan mejillas abajo hasta perderse en el cuello de la camisa. Traspasamos juntos la puerta para entrar a una sala similar a la que acabamos de abandonar…