El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

A la mañana siguiente emprendemos el viaje hacia las montañas de Kiralizor. Durante una semana las cosas transcurren con calma. Casi parece un viaje amistoso y no que vayamos a enfrentarnos a seres terribles y odiosos que nos quieren destruir…

Capítulo 14

Ishtar se une a nosotros en lo alto de las escaleras. Las lágrimas le ruedan mejillas abajo hasta perderse en el cuello de la camisa. Traspasamos juntos la puerta para entrar a una sala similar a la que acabamos de abandonar.

En lo alto de una balconada están Jaraxux, la arquera con su pantera y el hombre de hielo.

—Sabía que no podía confiar en él —gira el rostro hacia nosotros y se detiene unos instantes en cada uno. Cuando mira a Ahleinne dice—: Interesante, así que Kronos ha decidido…

Ahleinne no espera a que termine y le lanza un rayo de luz divina. Jaraxux levanta su espada y Ahleinne se eleva en el aire.

Estamos paralizados pero por alguna razón, aún puedo mover la boca. Silbo. El virote se estrella contra un muro de hielo que se alza en torno a ellos. Maldita sea.

Una luz brillante emana de Ahleinne, que sigue presa en el aire. Desde las alturas, una figura angelical desciende. Una hermosa y poderosa valkiria la envuelve con sus alas.

—Qué predecibles que sois.

Tras la valkiria se abre un portal de sombras. De él emerge una especie de lagarto humanoide que la agarra por el cuello. Toda la luz que las envolvía empieza a tornarse poco a poco en una oscuridad intensa y brillante.

—Espero que sepáis enfrentaros a una valkiria —dice Jaraxux con sorna mientras abandona la sala en compañía de sus secuaces.

—¿Mamá? —pregunta Ahleinne angustiada.

La valkiria le lanza un rayo de oscuridad. Rajhmar lanza la jabalina pero falla. De nuevo silbo y esta vez la flecha es certera. Se clava en el pecho de la valkiria y Ahleinne grita de dolor.

—¡No podemos dañarla sin dañar a Ahleinne! —grito.

Brigitte se encuentra con Aridia al otro lado. Frente a ellas, un ser de pura oscuridad envuelve a Ahleinne.

—He encontrado una forma —dice Aridia mirando algún punto tras Brigitte.

Ella se da la vuelta y ve una Brigitte de sombras.

—Es hora de que abraces tu sombra. De que trabajemos juntas.

Brigitte titubea. No está segura. Es demasiado peligroso. Pero puede que sea la única salida. Alza los brazos y abraza la oscuridad. Entonces algo extraño le sucede. Por uno de los ojos ve el mundo de las sombras. Por el otro, el mundo de la luz. Y, frente a ellas, el dracónido se marcha de la sala.

—Es el cuerpo que tenemos que recuperar —dice Aridia.

—Pero eso luego. Ahora tenemos otros problemas.

Brigitte salta y se agarra a la Valkiria. Juntas tratan de inmovilizarla.

—No entiendo nada. ¿Qué ha pasado? —pregunta Kotaka.

—Es sencillo. Volveré en vuestra contra todo lo que améis —dice, mientras se hace a un lado agarra a dos pequeños orcos, un niño y una niña. Los sujeta en el vacío sobre un pozo de lava—. Si la matáis, los arrojo a la lava. La decisión es vuestra.

Troj lanza un grito de ira y en ese instante, algo hace a la Valkiria descender, como si tuviera un lastre. Troj mira a los niños, que le devuelven la mirada firmes y seguros. Ambos asienten. Son… no, espera. No es posible. ¿Son sus hijos? ¿Jaraxux tiene sus hijos? ¡No podemos dejar que mueran!

—¡Hacedlo! —grita Troj.

¿Qué? ¿Está loco? ¡Sus hijos van a morir! No podemos atacar a la valkiria sin ponerlos a ellos y a Ahleinne en riesgo. Ella alza el rostro afligida.

—Ya lo habéis oído, ¡hacedlo! —dice, mientras cierra los ojos y pone cara de concentración.

Rahjmar duda. Nos miramos. No podemos matarlos. ¡Es una locura! Brigitte aparece en nuestro mundo y le clava la espada a la valkiria. En cuestión de segundos Rahjmar arroja su lanza y yo disparo, no sé qué estoy haciendo. Ahleinne deja escapar un agónico grito de dolor mientras ella y la valkiria caen el suelo. Jaraxux se encoge de hombros y suelta a los pequeños. Tratamos de llegar hasta ellos pero es demasiado tarde. Sus cuerpos desaparecen en la lava.

Me derrumbo y el suelo me golpea las rodillas con fuerza. Eran… niños. Ha matado a dos niños. ¿Por qué? ¡No era necesario! Solo lo ha hecho para divertirse a nuestra costa… En el centro de la sala, la luz se extingue poco a poco y en el suelo solo queda Ahleinne. No se mueve. Troj ha echado a correr escaleras arriba en pos de Jaraxux. Creo que algunos le siguen. No me puedo mover. Mi cuerpo no reacciona. Creo… Creo que me he roto. Noto una ira profunda en el centro de mí. Arde oscura y poderosa y me nubla el juicio. Me levanto y sigo a Troj.

Traspasamos las puertas un poco después que él para llegar a otra sala muy similar a las anteriores y vemos cómo Jaraxux desciende las escaleras llevando en las manos lo que parece la cabeza de un dragón. Hemos llegado tarde.

—Ah, ¿pero que seguís aquí? —nos pregunta—. ¿No os cansáis de que os derroten?

Mira a Zippo, vuelve la vista a la arquera que la acompaña y esta levanta el arco y dispara al orbe del bastón de Kotaka. Inmediatamente el orbe se vuelve verde. Y Zippo cae al suelo. Kotaka se arrodilla junto al dragón e Ishtar se acerca al orbe y lo toca.

Frente a ella hay dos elfas que se parecen mucho. Se encuentran en una especie de terraza de una habitación y parecen estar discutiendo. Una de ellas, cuyo cabello es de un rubio cobrizo, tiene el arco cargado con dos flechas.

—No te atrevas —le increpa la otra, que Ishtar reconoce como la arquera que acompaña a Jaraxux.

Dispara. Una flecha impacta en cada hombro y, del impulso, la mujer se precipita al vacío por el balcón.

—Bien, bien —dice Jaraxux—. Enfrentaos a vuestro viejo amigo. A ver qué tal os las apañáis con él.

Alza su espada y de la nada surge la forma de un orco imponente con dos hachas a la espalda y la cabeza de un dragón rojo en la mano.

—¡Kalum! —ahogo un grito.

Sus ojos son de un color rojo intenso que me provoca escalofríos. Disparo con la ballesta una y otra vez. Nada me importa. Si hay que matarlo, se lo mata. Ya está muerto y nada va a cambiar eso. Rajhmar lanza su jabalina y los proyectiles impactan en el cuerpo del orco pero él los recibe sin inmutarse. Rajhmar aparta su vista de Kalum y la dirige a la lava. Paso a paso se acerca, como hipnotizado y de pronto, se arroja.

—¡No! —grita Ishtar.

Entonces, como si el eco amplificase mil veces su grito, la sala nos devuelve un potente rugido que hace temblar las rocas. Poco a poco emerge de la lava un enorme gigante. Su piel parece hecha de roca fundida y enarbola una espada de puro fuego. Se encarama al suelo de la sala y nos apartamos para que no nos pise. En un solo paso se ha colocado junto a Kalum y lo aplasta de un pisotón. Comienza a menguar paulatinamente y Rahjmar retoma su forma humana.

—Lo siento, Kalum —murmura.

No puedo sentir pena por él. Ni siquiera sé si era real o solo una ilusión de Jaraxux. La cuestión es que me da igual. No hay vuelta atrás. Jaraxux debe morir. Y lo mataré con mis propias manos si es necesario. Sin pararme a mirar nada, subo las escaleras hasta la siguiente sala. Su forma es distinta a las anteriores. Se parece a la entrada del templo, con un lago de lava enorme y un pasillo que lo atraviesa. Al otro lado del pasillo nos espera el viejo que nos encontramos hace horas. Se nos queda mirando y lentamente se transforma en un enorme dragón rojo.

—Prueba superada. Bienvenidos a las tierras del fuego —dice con una poderosa voz gutural.

—¿Prueba superada? —pregunta Brigitte—. ¿Cómo que prueba superada? Tienes que estar de coña. ¿Tienes idea de por lo que acabamos de pasar?

—Sí —responde simplemente.

—¿Era todo una prueba? —pregunto y escucho en mi voz la ira burbujeando.

—Sí.

—Eres despreciable —le espeto—. ¡Eran niños! ¡Por Dios! ¡Niños!

El dragón se yergue con violencia y alza la cabeza hacia nosotros. Resopla y sale humo de sus fosas nasales.

—¿Te crees que a mí me gusta hacer pasar a todos los elegidos por el sufrimiento?
—brama—. ¿Qué es acaso agradable para mí poneros al límite y ver cómo os aplasta el dolor? Pero tengo que asegurarme de que por mucho que so quiten seguiréis adelante. Tú, barda, precisamente tú deberías entenderlo.

Una melodía resuena por los rincones de mi cerebro. Es otra cancioncilla infantil que recuerdo haber aprendido en algún puerto cuando era muy pequeña. Habla de un hermoso campo de amapolas y de cómo el sol las quema una y otra vez cada año, pero ellas al año siguiente vuelven a salir. Hasta que un año, una de ellas, resiste al sol. Al año siguiente, son dos, al siguiente más y así hasta que todo el campo resiste una y otra vez el abrazo abrasador del sol.  Cuando vuelvo en mí, el dragón ha centrado su atención en Rahjmar.

—Has recibido el poder del fuego. Mi poder.

Después, se gira hacia Kotaka y envuelve a Zippo en el humo de sus fauces. Al dragoncito le debe de hacer gracia porque gorjea y da una pirueta.

—Tu bastón es poderoso y este pequeño también. Tiene el poder de todos vosotros, solo tienes que aprender a usarlo.

Entonces su mirada se posa en Ahleine.

—Mi hermano el viajero por fin se ha involucrado en nuestra lucha. Ya era hora. Alamuerte se saltó todas las reglas y por fin algo ha pasado que lo ha empujado a actuar. Me alegro por él, pero lo siento por ti, muchacha.

—Entonces… ¿no ha pasado? —pregunta Ahleinne. Creo que todavía no ha entendido lo que ha sucedido.

—No. No diré que no fuera real, pues vuestras emociones lo fueron, mas ninguno de los sucesos ocurrió en realidad. Debíais sufrir vuestros peores miedos y sobreponeros a ellos o nunca seríais capaces de enfrentaros a Jaraxux: perder a tu hermano, a tu madre, a tus hijos… —conforme lo va diciendo, los va señalando uno a uno con la cabeza—. Ahora deberéis ir a ver a los gemelos. Dadle saludos a Terra y a Aqua de mi parte.

Deshacemos el camino hecho y descubrimos que cada una de las salas está intacta. No hay rastro de las luchas. Cuando salimos del templo no hay ningún lago, llanuras. Cuando nos damos la vuelta, vemos a nuestra espalda la ladera de la montaña, pero no hay ninguna grieta. Aparentemente acabamos de salir de la pura roca.

—¿Qué os parece si descansamos? —dice Ahleinne.

—Tenemos mucho camino que recorrer —corto tajante. Se han acabado las tonterías.

Fin del capítulo 14

—Podíamos ir por mar —sugiere Kotaka.

—¿Alguna objeción? —pregunto. Nadie dice nada. Mejor.— Andando.

Tardamos algunos días en llegar a la costa, durante los que los pocos intentos de conversación enseguida mueren. Pasamos casi todo el tiempo caminando en silencio…