El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Ishtar se une a nosotros en lo alto de las escaleras. Las lágrimas le ruedan mejillas abajo hasta perderse en el cuello de la camisa. Traspasamos juntos la puerta para entrar a una sala similar a la que acabamos de abandonar…

Capítulo 15

—Podíamos ir por mar —sugiere Kotaka.

—¿Alguna objeción? —pregunto. Nadie dice nada. Mejor.— Andando.

Tardamos algunos días en llegar a la costa, durante los que los pocos intentos de conversación enseguida mueren. Pasamos casi todo el tiempo caminando en silencio. Entramos al atardecer del cuarto día de camino en un pequeño pueblo. Aún hay gente por las calles e Ishtar se acerca a indagar cómo podemos llegar a nuestro destino. Cuando regresa trae buenas noticias.

—Me han dicho que el único barco que zarpa es el de Terra, dentro de dos días. Que probablemente esté en la taberna.

Extraña coincidencia que justo sea Terra. Ponemos rumbo a la taberna y me pregunto cómo la reconoceré. Cuando entramos, en la barra hay una persona de pelo blanco haciendo mariposas de agua para divertir a unos niños. Giro los ojos al cielo. No se está ocultando precisamente.

Al otro lado de la sala hay un bardo felínido narrando una animada gesta.

… y el monje invencible fue vencido por fin

a través del fuego y de la oscuridad por Zaret

el Imbatible en batalla feroz,

pues por el borde escarpado el malvado cayó.

Me acerco a la barra junto a Terra y le invito a una copa.

—Gracias…

—Soy Sáhara.

—Terra, un placer. —Ni por su voz ni por su rostro soy capaz de determinar su género.

—Es curioso, justo te estaba buscando. Alguien me dio recuerdos para ti —le digo y veo que enarca una ceja—. Se llama Chloe. Dice que quiere verte y que te diga que no te preocupes más por ella, que es feliz.

Toda la afabilidad de su rostro desaparece. Sus ojos se abren de par en par en una expresión de sorpresa y dolor que casi me conmueve. Casi. Era una niña. ¿Elegir a una niña? No merece ni una pizca de mi compasión.

—Eres la elegida —me dice.

—Supongo —me encojo de hombros y bebo.

—Tendrás que venir conmigo.

—Por eso te buscaba, en realidad. Necesitamos transporte —digo y señalo con un gesto de cabeza a donde están los demás.

Terra apura el vaso y lo deja vacío encima de la mesa. Diría que la conversación no le ha gustado y siento una pequeña satisfacción cruel.

—Dos días. Descansad bien y preparaos. Si no, mi hermano se enfadará —echa a andar hacia la puerta pero se detiene y se gira—. Al final tendrás que escoger a uno de los dos. Piensa bien tu decisión.

Ahleinne se separa de los demás en la puerta de la taberna y se marcha a dar un paseo. Encuentra un pequeño rincón cerca de la orilla, alejado del bullicio del centro. Cuando está observando las luces reflejarse en el agua, se le acerca un centauro. Su brillante cinturón atrae la mirada de la semielfa. Ya lo ha visto antes. Es idéntico al que llevaba Melton, el general centauro que murió en el ataque de Jaraxux.

—Veo que no soy el único que viene aquí a pensar —dice—. No te molestaré.

Hace una reverencia con la cabeza y se retira. Ahleinne se queda perpleja. Entonces, alguien más se acerca a verla.

—¿No te dije que me buscases?

Cuando gira la cabeza, ve al mismo unicornio que vio hace días en una visión.

—¿Y dónde te busco?

—Busca al unicornio y encontrarás a Kronos.

—Pero, ¿dónde encuentro al unicornio?

—Pregúntale a Brigitte —dice y se va.

—Agua —refunfuña Ahleinne—. ¿Por qué Tiempo? El Agua hubiera sido mucho más sencilla.

Da una patada a la orilla y emprende el camino de vuelta hasta que se da cuenta de que no tiene ni idea de dónde van a dormir porque nadie se lo ha dicho. Decide probar suerte en la taberna donde se separaron pero a medio camino escucha el rasgueo de un ukelele en lo alto de un árbol. Cuando mira hacia arriba descubre a Ishtar rasgueando las cuerdas despreocupadamente mientras fuma. Cuando se percata de su presencia, la invita a subir con grandes aspavientos y le ofrece una calada. Ahleinne se acomoda en una de las ramas. La hierba sabe bien y tras un par de caladas nota que comienza a relajarse.

—¿Cómo hostias le pregunto a Brigitte que estoy buscando un unicornio? —pregunta de golpe.

Ishtar reflexiona unos instantes antes de responder.

—Bueno, pregúntaselo sin más —dice y da una calada—. Seguro que es más fácil que hablar con Sáhara.

Estallan en una carcajada que libera toda la tensión y poco a poco, el silencio se extiende entre ambas mientras se arrellanan en la madera. Después de unos minutos, Ishtar vuelve a hablar.

—No te vas a creer lo que he oído en la taberna. Hablaban de mi hermano y de cómo derrotó al monje invencible.

Ahleinne se incorpora, extrañada.

—¿Cuándo ha sido eso?

—Pues no lo sé. No daban datos concretos. Era un bardo en la taberna el que lo estaba narrando, así que imagino que sucedió hace tiempo porque ya le ha dado tiempo de escribir una canción al respecto.

—Es que… —Ahleinne titubea antes de continuar—: Tuve una visión… De tu hermano.

Ishtar se pone tensa. Las visiones sobre Zaret no suelen ser halagüeñas. Ahleinne prosigue sin percatarse:

—Tu hermano encaraba al monje en lo alto de un templo o algo similar. Subía una escalera larguísima y en lo alto le estaba esperando. En ese momento no tuve valor para contártelo.

Ishtar la mira con reproche pero luego su mirada se dulcifica.

—No vuelvas a guardarte para ti las visiones —riñe a la semielfa con una media sonrisa—. Podré superarlas.

Ahleinne sonríe aliviada.

—Volvamos. Hay que tener cuidado con Brigitte, sigue en peligro.

—Aquí no hay nada que temer.

—Yo no estaría tan segura.

A la mañana siguiente, me encuentro a Terra y me avisa de que ha pasado algo. Es necesario partir inmediatamente y tengo que reunir a todos los demás. Estupendo. Empezar el día haciendo de niñera es lo que más me apetece. A saber dónde se han metido. Bajo a la taberna y la mayoría están allí. Al rato bajan los que faltaban. Bien, una cosa menos.

—Andando. Terra nos reclama.

Partimos sin demora hacia el puerto y no nos resulta difícil encontrar el barco de Terra. Es un hervidero de actividad y toda la tripulación es translúcida, como si estuvieran hechos de agua. Cuando pongo un pie en cubierta me invade una sensación tan familiar y agradable que que vuelvo a estar en la treintena. Terra nos dice que hagamos lo que queramos, que no nos necesita, así que de cuatro zancadas llego a la proa y me encaramo al mascarón. Cuando levamos anclas, noto el aroma familiar de la brisa en el rostro y las gotas de agua salpicándome el pelaje. El barco sube y baja surcando las olas y yo soy feliz. Había olvidado esto. Me agarro firmemente con una mano a uno de los cabos y me inclino hasta quedar suspendida sobre el mar. Debajo del barco la enorme sombra de un megalodón nos acompaña. Me acerco a Terra, que está al timón y la miro interrogante. ¿O sería lo miro? ¿Le miro? Terra me desconcierta.

—¿Hay que preocuparse?

—Es el guardián.

—Pero… tenía otra pinta.

Se encoge de hombros. Me encanta cuando me dan tantas respuestas. Es… gratificante.

Regreso a la proa y observo la enorme sombra. Entonces escucho una voz en mi cabeza y de alguna forma sé que es el Guardián quien me habla.

—¿Por qué estás aquí?

No respondo inmediatamente. Por las caras de los demás, diría que no soy la única que oye voces. No estoy loca. Bueno, eso creo. Lo medito un instante pero solo hay una respuesta posible.

—Porque es donde debo estar.

—¿A qué aspiras?

Antes tenía muy clara la respuesta. Ahora… no tengo ni idea. Sin embargo, de nuevo solo hay una razón por la que estoy aquí, la única por la que aún no me he arrojado por la borda de este barco.

—A derrotar a Alamuerte de una vez y para siempre.

—Ante la tormenta, ¿calma o indiferencia?

La voz de mi madre llega a través del tiempo a mi memoria: “Jamás tengas la osadía de subestimar una tormenta pero tampoco desesperes. La única verdad inmutable es que todas llegan a su fin”.

—Calma.

La echo tanto de menos… Los echo tanto de menos a los dos… Ojalá no hubiera abandonado nunca su barco. El barco se detiene suavemente en mitad del mar sin que nadie haya echado el ancla. ¿Habremos encallado en un bajío? Pero no debería de haber en esta zona. Me acerco para mirar por la borda. ¡Pero qué demonios! Alrededor del casco se está creando un remolino de agua que nos envuelve y asciende. ¿O somos nosotros los que descendemos? Estamos en el ojo del huracán. Los peces continúan su vida como si nada al otro lado de las paredes de agua que nos encierran.

Nos hundimos en las profundidades del océano. La luz se va extinguiendo a medida que nos adentramos en el abismo y de pronto sin previo aviso, nos recibe un cielo azul.

—Hemos llegado —dice Terra—. Bienvenidos a la Ciudad del Agua.

Ciudad del agua

Fin del capítulo 15

Hace un momento estábamos descendiendo a lo más profundo del mar y ahora de pronto navegamos apaciblemente por un agua en calma en dirección a un embarcadero salido de ninguna parte. Sobre nuestras cabezas brilla el sol. ¿Cómo es eso posible?