El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

En otras circunstancias tal vez mi respuesta hubiera sido distinta. Tal vez habría reflexionado sobre la vida y cómo el amor nos mueve y nos ayuda a continuar a pesar de todo. Pero no. En este instante solo siento un frío y viscoso odio recorriéndome las venas…

Capítulo 18

Bueno, al menos esta vez no me lo tengo que pensar. El mero hecho de que esté aquí ya es prueba suficiente de que me niego a vivir con el mal. Sin embargo, me preocupa lo que nos aguarde dentro. En la lucha contra el mal hay que hacer sacrificios. Espero que esta no sea una de esas ocasiones.

Stella nos observa mientras todos nos agrupamos ante la misma puerta. Solo ella aguarda ante la vida. Me cruza por la mente cómo alguien es capaz de vivir sabiendo que el mal está ahí fuera, pero casi al instante encuentro la respuesta. Todos los días, a todas horas, constantemente y en cualquier lugar alguien sufre mientras los que podrían ayudarlo miran para otro lado. Es más sencillo no decir nada, menos doloroso. Se convencen de que no tiene remedio, de que las cosas son como son y no hay nada que puedan hacer porque saben que en el instante en que alcen la voz recibirán a cambio dolor, desconfianza y rechazo. Aunque sepan que es lo justo. Aunque cada fibra de su ser grite de angustia por lo que ven. Tienen miedo a perder sus vidas y su tranquila existencia. Pero no se puede vivir eternamente con el mal sin que te afecte. Tarde o temprano te alcanza.

Abrimos la puerta y entramos. Esta vez no se trata de un pasillo como el anterior, sino de una enorme cueva de techos altos completamente helada. Del suelo emergen estalagmitas más altas que Troj y las estalactitas penden sobre nosotros en lo alto. Un enorme bloque de hielo se alza en mitad de la estancia y sobre él aguarda un inmenso dragón azul eléctrico.

—¿Quién va a morir por el bien? —pregunta una voz grave que retumba por la sala.

Cuando trato de ubicar su origen, descubro a un hombre encaramado al bloque de hielo entre las patas del dragón. Su armadura se confunde con la piel del monstruo y aun desde la distancia, no soy capaz de mantenerle la mirada a sus ojos azules.

Es mi prueba, ¿no? Lo justo sería que lo hiciera yo, pero antes de poder decir nada, un coro de voces se alza. Parece que de verdad todos estábamos dispuestos a morir por el bien. Jerox da un paso al frente y se vuelve.

—Os debo esto —dice. Tiene la mirada triste.

Como respuesta recibe las protestas de todos los demás. Nadie está dispuesto a que los demás mueran por él.

—¿Y quién gobernará a tu pueblo? —le increpo. No negaré que al oírlo siento cierto alivio de no tener que ser yo.

—Por favor… —su tono es casi suplicante.

Brigitte traspasa el velo que la separa del mundo de las sombras. A su alrededor el hielo tiene un inquietante color negro translúcido. Sin embargo, el dragón y su acompañante se ven prístinos y brillantes, sin asomo de oscuridad a su alrededor.

—Dale recuerdos a Isthar —susurra una voz rota a su espalda.

Se gira velozmente dispuesta a enfrentarse al desconocido pero ante ella solo hay una sombra, a ratos antropomorfa y a ratos deforme. Parece como si tuviera varios apéndices cambiantes a los lados del cuerpo a modo de brazos. Tan repentinamente como apareció, desaparece.

Entonces su atención regresa a Jerox, a quien su sombra abraza casi por completo. La duda asalta a Brigitte, ¿será demasiado tarde? No, se dice, mientras la sombra y él sean entes separados, queda esperanza. Se gira hacia su propia sombra y ambas asienten. La sombra se lanza contra la de Jerox y su superficie se agita. Mientras tanto, Brigitte alza el arco y dispara. En el momento en que la flecha impacta en la masa oscura, un torrente de miedo e inseguridad asalta a Brigitte. A pesar de no ser suyos sino de Jerox, abraza los temores como propios. Su miedo al fracaso, a no ser lo suficientemente fuerte, a no estar preparado, a defraudar a su gente, a que no vean lo que realmente vale… Uno tras otro los miedos del araina penetran bajo su piel y finalmente la sombra desaparece.

Todo el peso que Jerox parecía llevar sobre los hombros da la impresión de haber desaparecido de repente. Se yergue con la mirada firme, da media vuelta y echa a andar hacia el dragón. Nadie se percata de que son los hombros de Brigitte los que ahora están un poco más hundidos.

Jerox se para ante el monolito helado. El dragón baja la cabeza hasta situarla a su altura y lo mira a los ojos durante un largo minuto. Entones, con un rápido movimiento abre las fauces y se lo come.

Escucho el grito ahogado de Ahleinne a mi derecha que parece salir de la mueca de horror de Kotaka. Troj agacha la cabeza y Rajhmar abre mucho los ojos. En cambio, la expresión de Aridia es inescrutable. Poco a poco un silencio pesado se extiende entre nosotros. Jerox ha muerto.

—¡Mirad! —grita Brigitte de pronto.

Su dedo señala al lugar donde el dragón cerró las mandíbulas, pero ya no hay dragón y el araina está ahí de pie con los ojos cerrados y las cuatro manos apretadas contra el pecho. Soltamos un hondo suspiro de alivio casi al unísono.

—Podéis pasar —dice el hombre y oímos abrirse una puerta al otro lado de la sala.

De camino le pongo una mano en el hombro a Jerox, que abre los ojos asustado. Mira hacia todas partes y se toca el cuerpo incrédulo. Isthar le sonríe al pasar y Brigitte le da un abrazo. Aridia pasa a su lado sin mirarlo, pero puedo ver el alivio en sus ojos.

Traspasamos el umbral de la siguiente sala que se me antoja exactamente igual a la anterior al dragón, una sala de paso circular con dos puertas sobre las que aguardan letreros que no puedo leer a esta distancia. En el centro, un cofre de agua guarda dos tesoros en su interior. Puedo sentirlos.

Stella cruza el umbral sola y una sombra metálica se abalanza sobre ella nada más hacerlo. Apenas tiene tiempo de desenvainar sus espadas para parar el golpe. Una criatura demoníaca de tez negra y dientes de un blanco reluciente golpea una y otra vez con su mandoble. La pirata a duras penas es capaz de parar los golpes mientras busca frenética la manera de darle la vuelta a la situación. El demonio viste una armadura completa por lo que sería inútil golpear cualquier parte de su cuerpo con la carne desnuda, sin embargo, parece más débil donde se articula bajo los brazos, así que lanza una veloz estocada con la diestra. Como esperaba, el demonio da un paso atrás, consiguiendo un poco de espacio para maniobrar y para el ataque con su mandoble, pero solo era un amago. Con todas sus fuerzas, Stella alza la empuñadura de la siniestra y lo golpea en la cara.

El demonio retrocede bizqueando. Por cómo ha crujido la carne bajo la empuñadura, es muy probable que le haya roto la nariz. Ya no sonríe, pero ella sí. Con una pirueta rueda velozmente hasta flanquearlo y clava la espada en su costado, entre dos placas de la armadura. Antes de que tenga tiempo de saber qué ha pasado, vuelve a rodar para situarse a su espalda y hunde sus armas una y otra vez en el cuerpo acorazado.

Entonces, el demonio lanza un grito de furia y da una vuelta con el mandoble sobre sí mismo que pilla a Stella por sorpresa. Solo tiene tiempo de agacharse pero no es suficiente y el filo de la espada la golpea en la cabeza. Aturdida y mareada rueda hacia atrás por el suelo tratando de poner la máxima distancia entre ellos, pero su avance se detiene contra un muro helado. Stella nota cómo la sangre le corre por la cara y le impide abrir el ojo izquierdo. Un latido sordo señala el lugar en el que el acero ha lacerado la carne y le impide pensar. Tiene la vista borrosa pero advierte que una sombra se abalanza de nuevo sobre ella. La pirata aguarda inmóvil, respirando muy despacio, calculando el tiempo, esperando. Cabe la posibilidad de que esté demasiado aturdida y se mueva tarde, pero es un todo o nada. La sombra se acerca, cada vez queda menos espacio entre ellos y entonces, justo antes del impacto, Stella se deja caer al suelo y rueda hacia un lado. Sorprendido por la maniobra, el demonio no puede frenar la carga y golpea con todas sus fuerzas contra el pilar, arrancándole una nota clara y limpia al hielo.

Con un veloz movimiento Stella se yergue empuñando sus armas, se acerca todo lo silenciosamente que le permite su estado y coloca el hierro sobre el cuello del demonio que aún intenta arrancar su mandoble del hielo. Cuando nota el contacto de las espadas con su piel se queda quieto y Stella lo decapita con un movimiento rápido y limpio. La cabeza golpea contra el suelo helado con un ruido sordo y la armadura tintinea al deslizarse sin vida.

Stella se deja caer exhausta sobre la fría superficie y el vaho escapa de sus labios. Tan solo cinco minutos de descanso, piensa.

De pronto, la otra puerta se abre y Stella sale trastabillando con la ropa rota, magullada y la sangre corriéndole por el rostro. Se detiene a tomar aire doblada por la mitad con las manos en las rodillas. Está pálida.

—Deberíais —respira con dificultad—… haber visto al otro.

El camino que nosotros elegimos requiere un gran sacrificio. La lucha contra el mal se cobra víctimas y es muy probable que no todos regresemos a casa e incluso, que ninguno sobrevivamos, pero nos queda la esperanza. Sabemos que luchamos para tener un futuro mejor. Aunque nosotros no estemos, derrotar al mal será nuestro legado. Sin embargo, cuando aceptas vivir con el mal, aceptas que no queda esperanza. Que no hay posibilidad de vencer. Aceptas que el dolor, la pérdida y la destrucción serán tus compañeros de por vida. Es un camino duro.

Me acerco al cofre y lo abro. Una vez más me sorprende lo sólido que parece al tacto a pesar de que sé que estoy tocando agua. Dentro aguardan una sencilla jabalina de madera y metal y un cuenquito lleno de agua hasta el borde. Me asalta el recuerdo de la entrega fallida de la capa y me recorre un escalofrío. Trato de apartarlo de mi mente pero no puedo. Cierro los ojos y respiro hondo. Varias veces. Sáhara, tienes los datos que tienes. Hazlo con ellos lo mejor que puedas.

Cojo la jabalina con una mano. Es sorprendentemente ligera. Noto en mis dedos un cosquilleo al contacto con la madera, como si me diera una ligera descarga. Sin embargo, no veo nada extraño en ella. Todo el mango es de madera pulida con una pieza de metal en el centro para empuñarla con comodidad. En la base hay grabada una inscripción en extrañas runas:

κεραυνό

¡La jabalina del relámpago! No me puedo creer que esté sosteniéndola. He oído tantas historias sobre ella… Irina la Imbatible derrotando a las huestes de Minara Señora de Akentor armada con su poderoso rayo. Al grito de ¡Keraunó! hacía saltar a los soldados dracónidos por los aires a cientos… Es sencillamente increíble. Paso las manos por la madera y vuelvo a sentir ese cosquilleo. Solo hay una persona que maneje jabalinas con destreza entre nosotros, así que me siento relativamente segura esta vez.

—Rajhmar, esto es para ti —le tiendo el arma.

Sus dedos se ciernen en torno a la madera y no desaparece. Bien. Menos mal. Lo dejo inspeccionando su nueva posesión y me vuelvo hacia el cuenco. Es un objeto extraño. Es un cuenco. Lleno de agua. ¿Para quién será? Quiero decir… ¿para qué diablos sirve? Lo cojo entre las manos y lo agito un poco. El agua se mueve normalmente sin llegar a salirse de los bordes. Un momento. Es agua. ¿Será para mí? En un impulso vuelco el contenido. El agua cae contra el suelo con violencia pero enseguida se reagrupa y de la salpicadura surge un elemental de agua. No me equivocaba. Es para mí. Puedo sentir su esencia y sé que está ligado a mí.

—Regresa —digo en voz baja tendiendo el cuenco hacia él, sin saber muy bien si me hará caso, pero dócilmente se inclina sobre la madera y se recoge.

El corazón me da un pequeño vuelco de orgullo aunque me pregunto cómo lo voy a transportar. De momento, lo llevaré en la mano. Stella parece haberse recuperado ya y está mirándome, a la espera. Echo un vistazo a los demás. Rajhmar admira su jabalina nueva, Brigitte compara con ella sus brazales y los demás los observan. Me pongo en marcha hacia el otro lado de la sala y enseguida oigo los pasos de los demás que poco a poco me siguen hasta las puertas. Esta vez hay tres letreros. En el centro, una pregunta: ¿Qué estás dispuesto a dar? A la izquierda, Todo. A la derecha, Solo lo necesario.

Fin del capítulo 18

Me tomo un instante para meditarlo. Mientras tanto, Isthar y Brigitte junto con Jerox y Troj se plantan con decisión frente a la puerta del Todo. Me pregunto si realmente son conscientes de su elección…