El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Me tomo un instante para meditarlo. Mientras tanto, Isthar y Brigitte junto con Jerox y Troj se plantan con decisión frente a la puerta del Todo. Me pregunto si realmente son conscientes de su elección…

Capítulo 20

Desde luego, lo que no siento ante la muerte es ira, pero ante esa puerta se congregan ya Troj Aridia, Brigitte, Kotaka y Rauros. En cierto modo los entiendo, creo. Solo de pensar en cómo le arrebataron a la pequeña Cloe la posibilidad de convertirse en una hermosa joven me invade la rabia. Sin embargo, no es la muerte lo que me enerva, sino el malnacido que la mató y ya me encargaré yo si hace falta de darle a probar su propia medicina.

Ante la tristeza aguarda Stella, a quien se unen Jerox e Isthar, pero tampoco siento pena por la muerte ni a quienes se lleva. A decir verdad, siento más lástima por los que se quedan que por los que se van. Es cierto que a veces añoro a los que se fueron, pero no es un sentimiento amargo. Viven en nosotros aquellos a quienes conocimos en vida y cuyo recuerdo seguimos conservando tras su muerte, del mismo modo que nosotros permaneceremos aquí mientras haya una sola persona que nos recuerde. La muerte es una parte inevitable de la vida incluso para criaturas tan longevas como nosotros, los rakshasa, así que solo podemos vivirla de la manera que creamos más adecuada, dejando a nuestra muerte un mundo mejor que el que nos fue legado.

Solo quedamos tres indecisos. Ahleinne, Rajhmar y yo. El bárbaro nos espera ante la puerta central. Si la tristeza no la entiendo y la ira no la siento, solo queda una opción. Avanzo hasta reunirme con él y Ahleinne no tarda en decidirse. Todos miramos a Stella, que asiente y traspasa el umbral.

Ante nosotros solo hay oscuridad. Nada más poner un pie dentro, la puerta se cierra y me invade una terrible sensación de desorientación. Extiendo los brazos pero no siento nada a mi alrededor.

—¿Ahleinne? —pregunto.

—¿Sáhara? —escucho su voz a mi derecha.

—¿Puedes darnos algo de luz? —dice Rahjmar un poco más allá.

Silencio.

—No funciona.

—¿Cómo que no funciona? —dice el bárbaro.

—La luz no ilumina —hay una nota de pánico en la voz de la semielfa

En la tristeza y la ira dos pasillos gemelos se abren hasta una puerta abierta. Todo el lateral del pasillo está cubierto de una pieza de cristal transparente a través del cual puede verse a Ahleinne, Sáhara y Rahjmar en otro pasillo. Sin embargo, ellos tres caminan con los brazos extendidos como si fueran incapaces de ver nada. Delante, apenas a unos pasos, un guerrero armado los aguarda con la espada desenvainada.

Brigitte, Kotaka, Ishtar y Jerox golpean el cristal con fuerza tratando de llamarles la atención.

Se escuchan unos pasos al fondo del pasillo, o al menos creo que es al fondo, porque ya no sé dónde está la puerta, y a derecha e izquierda unos golpes empiezan a retumbar en las paredes.

—¿Qué pasa? ¿Qué es eso? —pregunta angustiada Ahleinne.

—He oído pasos —digo y trato de encontrarlos en la oscuridad.

Una mano me toca y mi primer impulso es atacar, pero solo me está tanteando el brazo. Es una mano pequeña.

—Ahleinne, ¿eres tú?

—Sáhara, por fin. Rahjmar, ¿dónde estás?

Sáhara, Rahjmar y Ahleinne no reaccionan a los golpes. El guerrero echa a andar hacia ellos con la espada en alto. Parece humano pero su piel es del color y la textura de las brasas del fuego y su arma desprende un brillo anaranjado.

Todos echan a correr hacia la salida. Al otro lado de la puerta abierta se abre una sala idéntica a las anteriores de paso pero no tiene salida. Se vuelven hacia los pasillos. Aridia trata de abrir la puerta del centro pero está cerrada. Isthar regresa desesperada al pasillo de la tristeza y golpea de nuevo el cristal sin muchas esperanzas. Van a morir y no pueden hacer nada por evitarlo. Golpea con más fuerza el cristal, como si deseara traspasarlo con los puños y de pronto desaparece en una pequeña nube de humo. Un segundo después reaparece desorientada en medio de la oscuridad, dejando tras de sí deja un leve olor a azufre.

Aridia se mete en el mundo de las sombras y Brigitte la sigue.

Todas las puertas están abiertas al otro lado, así que echan a correr hacia el pasillo central.

—Algo se acerca —responde Rahjmar—. Puedo sentirlo.

Un momento, es cierto. Algo se acerca. Puedo sentir su calor, pero no sé lo que es. Huele a azufre. Eso no puede ser bueno.

—Dejadme —dice Rahjmar—. Lo veo.

—Ve —respondo.

Yo a él no lo veo pero escucho cómo Rahjmar echa a correr y, poco después, suena un golpe fuerte. Una voz de mujer grita de dolor.

—¿Brigitte? —escucho la voz de Isthar.

—¿Isthar? —pregunta Ahleinne.

—¿Qué está pasando?

—¡Tened cuidado! —es la voz de Aridia—. ¡Os atacan!

Cunde el pánico en un instante. Desenfundo la daga y me agacho, tanteando el aire a mi alrededor con la mano libre. Puedo oír los pasos de todo el mundo a mi alrededor moviéndose sin ton ni son.

—¡Parad! —grita Rahjmar—. ¡Acabaremos por herirnos si no tenemos cuidado!

—Venid hacia mí —dice la voz de Brigitte desde algún lugar delante de mí—. Os llevaremos al mundo de las sombras para salir de aquí.

—¿Y el peligro? ¿Quién nos ataca? —pregunto aún agachada.

—¡Rápido, venid! ¡Seguid mi voz!

Camino hacia la voz con la mano libre delante y la daga lista para golpear. Escucho pasos a mi lado. Brigitte sigue hablando:

—Estoy aquí. Ahleinne, Sáhara, ya solo faltáis vosotras.

Mi mano tropieza con algo que me sujeta con delicadeza. No reconozco de quién es pero me aferro a ella.

—¡La tengo! —dice Aridia.

De pronto el mundo se vuelve a la vez más oscuro y más claro. Seguimos en la más completa oscuridad pero distingo las formas a mi alrededor. El mundo de las sombras, claro. Al fondo del pasillo hay una puerta abierta pero ni rastro de peligro. Me pregunto qué estará pasando. Esto no me gusta. ¿Será una trampa? La última vez que estuvimos aquí había un monstruo horripilante que se quería llevar a Isthar, pero ahora solo estamos nosotros.

Me aferro con fuerza a la mano de Aridia. No quiero quedarme aquí atrapada por nada del mundo, pero en cuanto traspasamos la puerta, me suelta y volvemos al mundo real. 

En una sala de piedra circular como las otras que vimos antes esperan los demás. Esta vez no hay cofre, sino que en el centro aguarda Terra. Todos se alegran de vernos, intercambian palabras de alivio y de alegría pero nadie parece haberse dado cuenta de su presencia. Me está mirando directamente a mí. Le sostengo la mirada y dejo de escuchar a los demás. Miro a mi alrededor. No hay nadie más. Solo estamos Terra y yo.

—¿Confías en ellos? —me pregunta.

—No —mi respuesta es automática y Terra asiente.

En el medio de la sala aparece Terra con su elegante traje bordado en colores claros.

—Habéis llegado al momento final —dice—. ¿Confiáis en Sáhara?

—Sí —responden al unísono.

—Pues salvadla.

Terra alza la mano para señalar una pompa de agua que flota en lo alto de la sala. En su interior, Sáhara se ahoga.

Fin del capítulo 20

Ha cundido el pánico. Tienen cara de horror. Miran a todos lados buscando una solución.

—¿Cómo llegamos a ella? —pregunta Kotaka alarmada.