El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Desde luego, lo que no siento ante la muerte es ira, pero ante esa puerta se congregan ya Troj Aridia, Brigitte, Kotaka y Rauros. En cierto modo los entiendo, creo…

Capítulo 21

Ha cundido el pánico. Tienen cara de horror. Miran a todos lados buscando una solución.

—¿Cómo llegamos a ella? —pregunta Kotaka alarmada.

Jerox observa las paredes a su alrededor y niega levemente con la cabeza.

—No puedo llegar trepando. Está demasiado lejos para alcanzarla de un salto.

Podrías dejarte caer desde el techo. Si apuntas bien, claro. Aunque lo más probable es que aunque cayeras en la pompa, luego no pudieras salir tampoco.

Troj toma impulso y salta pero aún con su fuerza se queda demasiado lejos. Isthar levanta la vista, calculando, y sin previo aviso arroja su bastón. El hielo se expande desde el punto de impacto congelando la superficie de la pompa.

—¿Alguien tiene una cuerda? —pregunta Ahleinne desenvainando su espada.

Yo tengo una en la mochila, pero supongo que ya no importa mucho.

Brigitte descuelga la cuerda que lleva atada al cinto y se la tiende. Ahleinne la amarra con fuerza el pomo y lanza la espada clavándola en el hielo. Tira con fuerza de ella pero la espada parece haberse incrustado. Entonces, con mucho cuidado, comienza a subir. Troj mantiene la cuerda tensa mientras la semielfa asciende. Cuando llega arriba trata de encaramarse pero el hielo resbala.

—¡Date prisa! —grita Brigitte—. ¡Se ahoga!

La elegida del agua se ahoga…

Ahleinne saca su puñal y empieza a picar el hielo. Consigue tallar unos asideros y llegar a la parte alta. Detrás de ella suben Ishtar, Rahjmar y Rauros que se distribuyen por la superficie lo mejor que pueden. A través del hielo puede verse a Sáhara. Inmóvil. Tiene los ojos cerrados.

 —Dios mío… Espero que no sea demasiado tarde —murmura Ishtar.

Yo también.

Rahjmar inspira y exhala un aliento de fuego concentrado en un punto. Poco a poco se abre un agujero en la pompa helada a través del que se puede ver a Sáhara flotando en el agua. Sin embargo, el bárbaro no controla bien el calor y todo el hielo alrededor del agujero comienza a fracturarse. Él y Rauros caen al agua junto a la rakshasa inerte.

¡No, no, no, no, no! Rahjmar, ¡cuidado!

Ahleinne corre a por la cuerda y a punto está de resbalar por el borde de la pompa. Cuando regresa, Isthar está sacando a Rauros del agua ayudándose de su bastón. Ahleinne lo agarra de la otra mano y arroja la cuerda al interior de la pompa. Rahjmar se agarra y consigue llegar a la superficie dando una gran bocanada de aire. Entonces se vuelve a sumergir y pasa la cuerda alrededor de la cintura de Sáhara. Se encarama al borde helado del agujero y entre los cuatro logran sacarla y bajarla. Tras ella descienden los demás y tratan de reanimarla, pero no responde.

De pronto, se escucha el ruido de una puerta al abrirse al otro lado de la sala. Todas las miradas van hacia allí para ver cómo una silueta se recorta en el vano iluminado. Dos orejas picudas coronan una cabeza peluda a rayas anaranjadas y negras con un pequeño trozo blanco en la frente. Sus ojos ambarinos destellan en su rostro serio y una cola ondea tras ella. Es Sáhara.

Brigitte se vuelve hacia el cuerpo inconsciente, pero en su lugar solo hay un charco de agua.

—Solo era otra prueba… —murmura.

Miran al suelo entre ellos y luego me miran a mí. No entiendo bien qué es lo que ha pasado. Estaba allí pero a un tiempo estaba aquí, sin moverme, siendo testigo de todo lo que pasaba sin poder intervenir. Cuando echan a andar hacia mí veo que al menos sus rostros son de alivio. No sé qué decirles.

—Me alegro de que estés bien —dice Brigitte cuando pasa a mi lado. Ahora que me fijo parece cansada. Tiene magullada la cara y algunos cortes, pero lo que me llama la atención son sus ojos. Están más apagados que de costumbre.

Cuando traspasamos el umbral de la puerta nos encontramos de nuevo en el castillo de Terra. Tras nosotros se ve la gran escalinata blanca que desciende hacia la ciudad y que hace exactamente un segundo no estaba ahí. Me contengo para no alzar la mirada al cielo y maldecir a la magia por enésima vez. ¡Qué fácil sería si la usaran para algo útil en lugar de hacernos pasar una tortura tras otra!

Atravesamos el atrio del castillo y pasamos ante los cuadros de los dragones. La primera vez no me fijé, pero esta vez distingo más detalles. Hay dolor y muerte en cada escena. Los colores de los dragones contrastan con el negro impenetrable de la roca y de Alamuerte. Me invade el desasosiego. No quiero seguir mirando.

Traspasamos las puertas del salón del trono y sin siquiera saludar, Terra y Aqua preguntan al unísono:

—¿Qué estáis dispuestos a dar para derrotar a Jaraxxux?

Me gustaría que pudiéramos tomarnos las cosas con un poco más de calma. Tal vez sentarnos y hablar. Que nos contaran lo que saben sobre lo que está pasando, pero está claro que quieren empujarnos hacia delante como todos los demás, a toda prisa.

—Creo que ha quedado de sobra demostrado ahí dentro —respondo quizás un poco más cortante de lo necesario.

—En ese caso, Sáhara —dice Terra—, se te concede el control y dominio absoluto sobre el agua.

—Sin embargo —prosigue Aqua sin pausa—, no se trata de una sola entidad. En algún punto de su existencia el agua y el hielo adquirieron identidades propias al igual que lo hicimos Aqua y yo.

—Tuya es la decisión de asumirlas ambas —continúa Terra— o entregar uno de los dones a quien tú desees. Con todas sus consecuencias. Si uno de vosotros muere, tal vez ambos muráis.

—¿Tal vez? ¿Cómo que tal vez? —No me parece que jugarme la vida con incertidumbre sea lo más sabio.

—Nadie sabe con seguridad cómo funciona. Puede que si uno muere, muráis ambos. Puede que viva en el otro o incluso que no podáis morir a menos que el otro muera también.

—¿Cómo podéis no saberlo? —me indigno. ¿Qué clase de criaturas milenarias súper sabias desconocen las repuestas.

—¿Has tomado ya tu decisión? No nos queda tiempo —preguntan al unísono.

Yo no controlo el hielo. No es mi poder. Desde el principio mi afinidad fue con el agua, con la vida. El hielo mata. Los peces no pueden vivir en el hielo. Los marineros no pueden navegar. El hielo es para mí un elemento extraño e inhóspito y no lo quiero conmigo. Pero entonces… ¿a quién se lo doy? Ninguno de los elegidos debería tener más poder que los demás. ¿Y si se volviera contra los demás? Tal vez si yo tuviera ambos poderes… No. No es una opción. De pronto se me ocurre una locura. ¿Y si fuera cierto que uno no puede morir a menos que lo haga el otro? En ese caso lo mejor sería mantener ambos poderes lo más separados posibles. Miro a mi alrededor. Si los elegidos no son una opción, me quedan Stella y Rauros. Sin embargo, las decisiones que tomó Stella… ¿Vivir con el mal? Entregarle un poder semejante a alguien dispuesto a vivir con el mal sería casi como darle a Jaraxux un nuevo secuaz. Stella no es una opción. Solo queda Rauros. Miro al saurio. No le conozco de nada y sin embargo siento cierta afinidad con él. Se jugó el tipo por nosotros a pesar de no tener por qué…

Rauros me mira, interrogante, y yo alzo la mano hacia él con la palma extendida. No sé muy bien por qué pero es lo que debo hacer. El saurio duda apenas un instante, pero enseguida toma mi mano.  Noto cómo una corriente nos envuelve. Aunque a nuestro alrededor nada se mueve, siento como si algo fluyera de mí hacia él y viceversa y tan repentinamente como empezó, cesa.

—Sea —dice Aqua—.Seguid a Stella. Ella os llevará a la ciudad del aire. Partid cuanto antes antes de que el mundo se vuelva un lugar horrible.

—El mundo ya es horrible —respondo.

Fin del capítulo 21

Al salir del palacio, Ahleinne se da la vuelta para echar un último vistazo al edificio. Su forma, tan parecida a la de su espada, le recuerda tanto a su madre… Entonces, entre el gentío, una cara llama su atención. No es posible…