El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Ha cundido el pánico. Tienen cara de horror. Miran a todos lados buscando una solución.

—¿Cómo llegamos a ella? —pregunta Kotaka alarmada.

Capítulo 22

Al salir del palacio, Ahleinne se da la vuelta para echar un último vistazo al edificio. Su forma, tan parecida a la de su espada, le recuerda tanto a su madre… Entonces, entre el gentío, una cara llama su atención. No es posible. Su padre camina delante de ella con paso lento. Pero algo no cuadra. Hay una mujer rubia a la que ya ha visto antes. Es la segunda vez que ese hombre de pelo negro se coloca la manga. Esa otra mujer ya había girado a la derecha. Su padre ya se había agachado a recoger una hoja del suelo.

—Está todo en bucle… —murmura Ahleinne.

Una suave luz destella en las escalinatas del castillo. Una valkiria bate sus alas blancas con delicadeza hasta posarse en el último de los escalones, fuera del bucle.

—Mamá…

—Cariño… —la valkiria alarga una mano y acaricia suavemente la mejilla de Ahleinne

—Pero… ¿cómo? Yo… yo… —balbucea mirando la espada.

La valkiria pone la otra mano sobre la empuñadura.

—Tú tienes mi alma. Yo solo soy el cuerpo. En esta ciudad vivimos todos aquellos que fuimos elegidos y fallamos, pero entregamos nuestra alma a cambio. Nos enfrentamos a la prueba del agua y fracasamos. Todos los demás desaparecieron. Sin embargo, como había sido sincera, Terra me ofreció dedicar mi vida a proteger a un ser querido.

—¿No podrás salir de aquí nunca?

—No, no hasta que pierdas mi alma.

—¿Te gustaría que le dijera algo a papá?

—Mejor no.

Ahleinne se ha quedado mirando las escaleras del castillo. Tiene la mirada perdida en el mármol blanco que arroja destellos de luz en todas direcciones. Su pelo rubio refleja la luz y enmarca su pálido rostro y yo tengo que recordarme una vez más que no, que ahora no. Que puede que nunca más. Doy media vuelta y echo a andar. Stella camina un par de pasos por delante de todos haciendo saltar de una mano a la otra una pompa de agua. De pronto algo hace clic en mi cerebro. Stella. En la ciudad del agua. Stella. Elegida del agua. Echo a correr para alcanzarla.

—Stella, espera.

Se detiene y me mira alzando una ceja.

—Hay algo que me gustaría preguntarte.

Stella enarca aún más la ceja, pero asiente y vuelve a caminar. Acomodo mi paso al suyo y la lanzo.

—¿Eres esa Stella? ¿La que acompañó a Kalambur, Zen y Elrond en la guerra contra Jaraxus?

Un destello de rabia le cruza el rostro por un instante, pero enseguida desaparece. Asiente lentamente.

—Cuatro llegamos a la ciudad del agua entonces. Solo tres salieron de la prueba. Me robaron mi vida y mi poder y me abandonaron.

Hay en su voz una nota de acero frío y cortante que hace que se me erice el pelaje de la espalda. Algo terrible tuvo que pasar.

—¿Estás aquí atrapada?

—Hice un juramento. Aquí permaneceré hasta que lo cumpla —dice y da por terminada la conversación porque aprieta el paso para alejarse de mí y yo me quedo con cara de boba con mil preguntas bulléndome en la cabeza.

¿La mataron sus propios compañeros? Pero, ¿no se suponía que Kalambur era el gran héroe que desterró a Alamuerte? Tal vez la prueba acabó con ella y cogieron su poder para vencer a Jaraxux… Incluso en ese caso me da un escalofrío de repelús, porque está claro que ella no lo dio voluntariamente. Me apunto mentalmente preguntarle a Terra al respecto la próxima vez que nos encontremos.

Cuando llegamos al barco, Stella ya está dando órdenes a todo el mundo. La observo desde la distancia y me doy cuenta de que no tiene nada que ver con mi madre. Es extraño porque hacía mucho que no pensaba en ella, pero ver a Stella al mando de su barco me hace pensar en lo mucho que se diferencian. Es cierto que ambas reparten órdenes a diestro y siniestro con voz firme que no admite discusión, pero el fondo de la de Stella es turbio. Son detalles casi imperceptibles, un tono aquí, un armónico allá, que hacen que se me pongan los pelos de punta exactamente igual que unos minutos atrás. Creo que alberga grandes ansias de venganza alimentadas por un odio muy profundo.

Al igual que cuando vinimos, Stella no nos requiere para nada, así que holgazaneamos por cubierta disfrutando de la luz del sol y la brisa fresca en la cara. Me sorprendo pensando en casa, en el Ëndrra surcando las tranquilas aguas del Gran Cañón y las embravecidas aguas del Marmarax. En papá mareado en la popa mientras mamá le lanzaba su media sonrisa de condescendencia que dejaba a la vista los colmillos. Los echo tanto de menos… Echo en falta la seguridad de que nada me va a pasar a pesar de la incertidumbre de enfrentarnos cada día a las inclemencias del mar. Sabía que cualquier día podíamos morir en la tempestad, abordados o de fiebres, pero a pesar de todo, me sentía a salvo. Hace semanas que no respiro tranquila. Que no duermo del tirón. Que cada ruido me sobresalta y cada persona me parece albergar intenciones ocultas.

—¡Fuego! —grita alguien de pronto.

Maldita sea. ¿A que he invocado los problemas? Una de las velas ha estallado en llamas y una bola de fuego se acerca a nosotros desde estribor. No es una bola de cañón en llamas. Es una puñetera bola de fuego gigante. Cuando estalla contra el palo mayor, una figura humana cae en cubierta. Viste como un pirata pero está envuelto en llamas. ¡Maldita sea la estúpida magia cien millones de veces!

—¡Nos abordan! —grita Rauros señalando a babor.

Maldigo en todas las lenguas que conozco a mi estupidez. El fuego solo era una distracción y ahora es tarde. Mientras mirábamos pasmados el fuego llegar nos han abordado por la espalda. Las llamas consumen nuestro barco y una multitud de piratas se lanzan contra nosotros.

—¡Abandonad el barco! —se oye la voz de Stella por encima del ruido.

No me lo pienso y me tiro por la borda. Si la capitana está dispuesta a abandonar su barco, no soy quién para discutirle. No navegábamos muy lejos de la orilla, así que no nos cuesta llegar a tierra. Desde la playa vemos cómo el barco se consume y termina hundiéndose en las profundidades. Siento un pinchazo de dolor en el corazón.

De pronto, Ahleinne se eleva por los aires. En su mano, la joya de su anillo brilla con tanta intensidad que aun a pleno sol, la envuelve por completo. Entonces, de la luz salen unas enormes alas de cristal que arrojan fulgores de mil colores sobre nosotros. Donde antes estaba Ahleinne ahora hay un enorme dragón de piel de cristal tallado que nos observa desde lo alto. Toma aire y exhala sobre nosotros su aliento cálido. Me invade una sensación de poder inigualable. El mundo a mi alrededor se vuelve pequeño e insignificante cuando me doy cuenta de que podría vaciar los mares con solo desearlo. Podría conjurar la mayor tormenta jamás existida o anegar las tierras de todo el continente. Al mirar a la playa solo queda Stella. El resto de nosotros nos hemos transformado en dragones. Mis escamas azul metálico brillan al sol y noto el lento batir de mis alas que me mantiene en el aire. Inspiro profundamente y entiendo que podría arrojar un chorro de agua hirviendo por la boca si me lo propusiera.

Una hermosa dragona blanca vuela elegantemente por el cielo en dirección al barco de los piratas. Quieren huir pero contengo las corrientes a su alrededor. Salido de ninguna parte un viento huracanado trae nubes de tormenta con él, pero aunque las velas se hinchan con furia, el navío no se mueve un ápice. Una poderosa dragona negra mira fijamente la embarcación en la distancia. Abre las fauces y escupe una bola púrpura que, aún incluso antes de impactar, sé que los destruirá. Un dragón de color azul pálido adelanta a la bola púrpura y rocía toda la cubierta de hielo. Cuando la bola impacta, el barco estalla en mil pedazos. El dragón azul continúa congelando a los supervivientes que nadan desesperados tratando de alejarse de los restos de la nave. Una parte de mí trata de decirme algo que no entiendo. Es como una lejana vocecilla en mi cabeza que insiste en que no está bien lo que está pasando. Sin embargo, no sé a qué se refiere. Ellos han quemado nuestro barco y nosotros quemamos el suyo. Parece justo.

Y tan pronto como llegó, el poder se va. Regreso a mi forma rakshasa que ahora se me antoja pequeña y limitada, y con ello la voz sube de volumen, hasta que me doy cuenta de que soy yo la que está gritando.

—¡¿Qué habéis hecho?! ¡Los habéis matado!

—No sé exactamente lo que ha pasado… pero creo que nos aceleré en el tiempo —dice Ahleinne—, lo que amplió nuestros poderes.

—¿Y el barco? —miro a Ishtar. Parece tan conmocionada como yo.

Brigitte parece confusa. Kotaka mira con nostalgia las nubes y no parece estarse enterando de lo que está pasando.

—¡Era completamente innecesario lo que habéis hecho!

—Ya no podían hacernos nada, éramos malditos dragones. ¿Qué necesidad había?

—Habrían matado a más gente —añade Stella.

—A nosotros no nos mataron —repone Ishtar.

—Nos atacaron cuando éramos débiles y nos defendimos cuando tuvimos poder —dice contundente Rahjmar.

—Que tengas el poder de aplastar a una hormiga, no quiere decir que tengas que hacerlo.

Una sombra nos cubre, interrumpiendo la conversación. Sobre nosotros el casco de un barco está detenido en el aire. Una escalerilla se desenrolla hasta el suelo y una mano enfundada en un traje verde nos invita a subir desde la borda. De hecho, cuando subimos, vemos que toda ella va vestida de verde de la cabeza a los pies. A pesar de que no hay viento, las telas del traje ondean a su alrededor y su larga trenza de cabello oliváceo se balancea tras ella. A primera vista me pareció una elfa, pero de cerca su aspecto es bien distinto. Sus ojos verde lima brillan como si fueran dos piedras preciosas y sus grandes y picudas orejas se asemejan más a las de una gnoma. Y está claro que los elfos no tienen la costumbre de flotar a dos palmos del suelo como si fuera la cosa más normal del mundo.

—Por fin te conozco, Kotaka —dice —. Tenía muchas ganas de verte.

—¿Eh? ¿Qué? ¿A mí? ¿Yo? ¿Por qué?

Como siga balbuceando así se le van a acabar las palabras. Zippo observa curioso a la mujer desde detrás de Kotaka.

—Sí, a ti. Yo soy Aeri, señora de los vientos y capitana de esta nave. Ven.

Ella y Kotaka se alejan hacia el timón con Zippo revoloteando feliz a su alrededor. Junto a nosotros, Stella entrega a Rauros una de sus espadas. Es una despedida. Sin decir nada, salta por la borda hasta el suelo y se marcha. De su tripulación no hay ni rastro. Ishtar nos da la espalda y tiene la mirada perdida en el infinito.

—¿Ventus? —pregunta Ishtar en su cabeza.

—¿Umm?

—¿Qué acaba de suceder?

—Diría que habéis sido testigos de parte del poder de Ahleinne. Como elegida del tiempo puede manipularlo a su antojo, acelerarlo o ralentizarlo en una o en todas las criaturas del mundo. —Ishtar se mantiene en silencio.— Cronos le permitió acelerar vuestro tiempo durante unos instantes para que vierais lo que tendréis si vencéis en esta lucha.

—¿Cómo?

—Si vencéis, adquiriréis vuestra forma de dragón y nos reemplazaréis como guardianes de los elementos.

—¿Y vosotros?

—Podremos marcharnos por fin.

La voz de Ventus se retira de su mente con suavidad e Ishtar se queda inmersa en sus pensamientos. El barco navega en mar abierto sobre las olas sin llegar a tocar el agua. Solo hay azul por todas partes. El único rastro de tierra visible quedó atrás hace rato ya. Cierra los ojos para tratar de calmar la sensación de inmensidad que la abruma. Cuando los abre, ya no está en el barco, sino en un acantilado en la linde del bosque. Sus pies desnudos tocan tierra firme y los dedos se estiran entre las briznas de hierba. Pero no son sus dedos, sino las garras de un lobo gris. El lobo-Ishtar inspira profundamente y el olor de la vegetación le inunda los pulmones. Algo le llama la atención a su derecha. Es una sensación de reconocimiento, de familiaridad. Un gran toro negro la observa fijamente. No hay amenaza en su mirada, solo reconocimiento. Entonces, tras un parpadeo, vuelve a estar sobre la cubierta del barco. Quien le devuelve la mirada no es un toro, sino Rajhmar. Y ambos sonríen.

Se me hace extraño navegar en un barco que no toca las aguas. Me hago un millar de preguntas sujeta sobre el vacío de una de las jarcias de estribor. ¿Cómo será luchar contra las corrientes de aire en lugar de las marinas? ¿Y las tormentas? ¿Podría el barco llegar a caer?  Y entonces vuelve a mí con toda su crudeza el recuerdo de la masacre de los piratas. Se me revuelven las tripas solo de pensar en lo que hemos hecho y por primera vez en mi vida el vértigo me invade. Me agarro con ambas manos al obenque y cierro los ojos. En la oscuridad del interior de mi cabeza el horror es aún más intenso. No paro de pensar en los piratas asesinados, en su barco crujiendo, en las olas congeladas por el aliento de Rauros, en los mástiles en llamas por obra de Rahjmar. Yo los retuve. Me mareo. Sostuve las corrientes a su alrededor para que no pudieran huir. Yo los maté. Siento ganas de vomitar. No puedo parar los pensamientos. Me tiemblas las manos. Sus gritos agónicos giran en una espiral infinita en mi mente. Y de pronto, todo se detiene.

Debajo de nosotros noto algo inmenso aunque no pueda verlo. Algo conocido que me trae una paz y una calma infinitas. Abro los ojos y me atrevo a mirar hacia abajo. Una sombra negra que dobla en tamaño a la embarcación nada a gran velocidad bajo ella. El kraken. Aprovecho el momento de calma para inspirar profundamente. El horror sigue ahí pero ya no me ahoga. No es tan intenso.

—Gracias —murmuro casi para mí.

Kotaka y Aeris caminan en silencio por la cubierta. De pronto, Aeris entorna sus brillantes ojos e inclina la cabeza como si hubiera oído algo, y sonríe.

—Ven, quiero enseñarte algo.

La señora de los vientos se encarama a la baranda de los jardines de popa.

—¡Ven! No tengas miedo —dice riendo—. Alguien ha venido a verte.

Intrigada, Kotaka se acerca. Un hipogrifo de plumaje gris cabalga la estela del barco. Cuando sus ojos se encuentran, la bestia abre el pico y lanza un grito de júbilo. Después recoge sus inmensa alas y desaparece. Kotaka mira a Aeris intrigada.

—Ella es tú y tú eres ella —explica—. Ahora debe irse, pero volveréis a encontraros.

Se vuelve hacia el barco y grita con voz entusiasta.

—¡Zarpamos!

El barco se alza hacia lo alto. El agua cada vez está más lejos y la influencia del kraken ya no es tan intensa. A pesar de todo, creo que puedo controlar el temblor de mis manos. Si no hubiera estado no quiero pensar qué habría pasado… No lo pienses.

—Adiós… —le digo—. Espero que volvamos a vernos.

Avanzamos por un mar de nubes. Se me hace extraño pensar que estamos a tantísima altura y me pregunto cómo funcionará el… Magia. Claro, cómo no. En fin, no he dicho nada. Una bandada de coloridos pájaros vuelan junto a nosotros. Sus plumas rojas, amarillas y azules resaltan sobre el blanco de las nubes. En la lejanía un bulto oscuro va tomando forma. Es una isla flotante. La señora del viento toma a Kotaka de la mano y se encarama a la baranda. Zippo lanza un grito de excitación y se lanza en picado.

—¿Vamos? —pregunta Aeris a Kotaka.

Kotaka abre los ojos de pánico. Aeri sonríe y sin darle tiempo a echarse atrás, ambas se lanzan en picado. Corremos asustados a mirar por la borda, pero están sanas y salvas a lomos de sendos dragones blancos. De hecho, navegamos sobre cientos de dragones jóvenes de colores. A Aridia se le ilumina la cara de pura ilusión y salta veloz sobre un dragoncito negro que la recoge con delicadeza. Detrás de él, un poco dubitativo, se lanza Jerox y se agarra con fuerza al cuello de un dragón perlado. Rahjmar salta con fuerza y a punto está de perderlo un dragón rojo fuego, pero lo caza en el último segundo. Cuando remonta el vuelo, puede verse el alivio en su cara. Un dragoncito nervioso de color verde brillante se acerca para que Ishtar suba sobre él.

—¿Puedo? —le pregunta educadamente.

El dragón asiente con la cabeza y sacude todo el cuerpo. Bulle de pura energía. Cuando Ishtar se sube, da una voltereta en el aire que casi la tira. Brigitte se desliza con cuidado hasta un tranquilo dragón azul oscuro que planea junto a la barandilla. Un poco más allá Troj lo pasa bastante mal. Es tan grande que tienen que llevarlo entre dos dragones rojos con bastante dificultad. Miro a Rauros.

—¿Hacemos una tontería? —sonrío con picardía.

No las tiene todas consigo pero se encarama.

—¿Confías en mí? —insisto.

Rauros me mira dubitativo pero asiente y saltamos. Si todo sale mal siempre podría invocar agua que nos recogiera… ¿no? Espero que sí… Caemos y caemos a través de un mar de escamas de colores. Empiezo a pensar que no ha sido una buena idea. ¿Y si no nos cazan? ¿Y si nos matamos de esta forma tan estúpida e irresponsable? Vaya gran final para los elegidos… Golpeo de improviso contra una superficie dura con tanta fuerza que me corta la respiración y el hilo de mis pensamientos. Bajo mis zarpas noto unas escamas calientes por el sol. Son de un azul profundo como el mar que destellan con tonos de aguamarina cuando la luz las toca. Le rasco el cuello en señal de agradecimiento y gorjea de felicidad. Podría acostumbrarme a esto. La paz, la tranquilidad, el viento en la cara…

A lo lejos, Ishtar cabalga sobre el dragoncito nervioso sobrevolando un bosque. Lleva los brazos levantados en cruz y el viento agita sus largas rastas tras ella. Aún desde esta distancia, diría que tiene los ojos cerrados. Brigitte se me cruza a lomos de su dragón de un azul tan oscuro que parece el cielo nocturno y el pobre sobre el que voy montado tiene que hacer un quiebro para esquivarla. Suben y bajan entre la marea de colores dando vueltas a toda velocidad. Tiene una sonrisa tan grande en la cara que apenas puede cerrar la boca y me entran ganas de reír a carcajadas.

Después de todo lo que hemos pasado parece mentira que aún nos queden fuerzas para reír, pero ahí está, persiguiendo a Aridia y su veloz dragón negro a tal velocidad que casi hacen que Jerox vuelque. Pobrecito. Va agarrado con sus cuatro brazos al cuerpo de su montura blanco perla. Zippo se coloca a su lado y trata de animarlo dándole con la cabeza, pero Jerox no tiene mucha pinta de estar disfrutando, así que desiste. Me hace gracia su revoloteo infantil en comparación con la elegancia de los dragones que nos acompañan. Debe de ser mucho más joven aún que ellos. Kotaka lo mira con ternura cabalgando junto a Aeri. Es la primera vez que se reúne con los de su raza y lo está pasando en grande. Me pregunto si Aeri monta por gusto o por acompañar a Kotaka, porque estoy casi segura de que no la necesita para volar.

Una llamarada destella a mi izquierda. Brigitte y Aridia han pasado demasiado cerca de Rahjmar y parece que a su dragón no le ha gustado nada. A modo de respuesta, Rahjmar abre la boca y exhala una bocanada de fuego. El dragón gira la cabeza intrigado hacia su jinete y le escupe una llamita. Rajhmar frunce el ceño, arruga la nariz y consigue escupir una llama más pequeña. La criatura da un brinco en el aire y arroja un chorro potente hacia delante. El dragón verde que tienen delante le escupe una llamara esmeralda de enfado porque le ha chamuscado la cola. Zippo lanza un grito de alarma y se lanza en picado para atravesarla, cambiando sus escamas azules por otras de un verde intenso. Un poco más allá, un dragón rojo escupe una llamarada de fuego y a toda velocidad la atraviesa también. El rojo intenso de su piel al sol casi hace parecer que es él quien está en llamas. Me pierdo un largo rato en su baile de colores, es difícil no contagiarse de su entusiasmo, y tardo un rato en darme cuenta de que ya no sobrevolamos nubes, sino adoquines. Hemos llegado a la enorme isla flotante que se veía al fondo, pero ahora que estamos cerca descubro que está formada por cientos de pequeños montículos de roca unidos entre sí por elegantes puentes de mármol. Detrás de nosotros hemos dejado un frondoso bosque y nos adentramos en lo que parece ser una gran ciudad llena de canales, solo que por ellos no navegan barcos, sino dragones.

Aterrizamos en una enorme plaza blanca adoquinada. Cuando Ishtar desmonta de su dragón, este cambia de forma y hace una reverencia. Es Ezzio. Ante la cara de sorpresa de Ishtar, añade:

—Soy el hijo de Ventus, no sé por qué. —Se encoge de hombros y con su habitual alegría echa a correr hacia la ciudad sin dar más explicaciones.

En la plaza nos espera un gran círculo de gente que parece contener la emoción. Hay un grupo de felínidos que observan a Ishtar. Entre ellos, un muchacho un poco mayor que ella lleva un bastón idéntico al suyo a la espalda. Se abrazan con entusiasmo. Debe de ser Zaret. Brigitte se acerca a una niña humana que viste como ella.

—¿De dónde vienes? —le pregunta.

—¿Cuál es tu poblado? —le responde la niña ignorando su pregunta.

—Villa Bosque.

La pequeña niega con la cabeza.

—No queda nadie.

—Entonces eres la única familia que me queda —dice Brigitte con tristeza.

—Somos solo del mismo pueblo.

—Soy Brigitte.

—Yo prefiero no decirte nada —responde la niña con desconfianza—. No te conozco.

Ciudad del Aire

A pesar de ese intercambio tan extraño, Brigitte se queda con ella. Uno por uno se reencuentran con sus seres queridos. Troj lanza por los aires a unos niños que me resultan dolorosamente familiares, Aridia y Jerox parecen mantener una tensa conversación con unos elfos algo mayores muy bien vestidos y yo me descubro buscando dos rostros peludos entre el mar de caras. Por fin los descubro. No los había visto antes porque uno de ellos está arrodillado en el suelo haciendo un teatrillo de ilusiones para unos pequeños kitsunes. Puede que después de todo la magia no esté tan mal…

—Hola, Kai —le digo.

Alza la cabeza de golpe y se levanta de un salto. Me abraza con tanto ímpetu que casi nos caemos.

—Yo también te he echado de menos, papá. ¿Y mamá?

—Está explorando por ahí. No le apetecía quedarse sin hacer nada. Ahora volverá.

—¿Qué hacéis aquí?

—Terra fue a buscarnos y nos trajo porque estábamos en peligro. Nos dijo que tenías una misión que cumplir y que, mientras durara, nos quedaríamos a salvo en la Ciudad del Aire. A Ayami no le hizo mucha gracia, pero tampoco seríamos tan estúpidos de llevarle la contraria a un dragón.

Entonces parece que se para a mirarme por primera vez y sus ojos se posan detrás de mí. Me doy la vuelta intrigada y noto un tirón.

—Espera, espera. ¡Ay! ¡Espera! —le digo y me giro indignada.

Con cuidado me descuelgo el laúd de Gael y se lo tiendo. Los dragones están dormidos sobre las cuerdas y Kai no tiene palabras.

—E… Es… Esto es…

—Sí —le corto—. Es el mítico laúd de Gael con el que Vila la Tejedora narró sus hazañas por todo Voldor. El mismo laúd que Jerox, el primo de Gael allí presente me entregó. El laúd gracias al que rescatamos a Araxx y a Gael de la maldición de la que eran presos y con el que cargo desde entonces. ¿Mi vihuela llegó bien?

Con cada palabra que oye sus ojos se abren más y más y casi parece que se vaya a desvanecer. Con la última pregunta recupera la compostura.

—Sí, sí, la vihuela está a salvo. Me extrañó que nos la enviaras pero imaginé que tus razones tendrías… Y qué razones… ¿Puedo…?

Antes de que pueda decirle nada, extiende las manos sobre las cuerdas y uno de los dragones le muerde.

—¡Ay!

Se me escapa una risita que se convierte en una carcajada cuando me mira con indignación. Entonces alguien posa una mano en mi hombro.

—Es un laúd mágico, Kai —dice con solemnidad—. Solo la elegida puede tocarlo.

—¡Mamá! —me doy la vuelta y entierro la cara en su pelaje níveo. Huele a brisa marina y a madera tratada.

Antes de que pueda decir nada, la señora del viento camina hacia nosotros. Un silencio se extiende por la plaza.

—Me temo que no tenemos tiempo. Debéis dormir porque mañana aguarda una dura prueba.

Quiero protestar, pero su presencia me ha recordado todo lo que ha sucedido en las últimas semanas. De pronto ya no quiero estar con mis padres. Me aterra lo que pensarían de mí si supieran lo que he hecho. En qué me he convertido. Mejor que nos separemos y siga perdurando en su recuerdo la Sáhara a la que quieren. Aeris nos transporta al instante a unas habitaciones en algún lugar de la ciudad. Maldita sea siempre la magia y aquellos que abusan de ella. La habitación es cómoda, aunque solo tiene un camastro, la mesilla y una bacinilla bajo la cama. Al menos tiene una ventana desde la que poder admirar esta extraña ciudad suspendida en las alturas. A pesar de lo cansada que estoy me cuesta mucho conciliar el sueño, así que me quedo observando sus callejas y puentes hasta que me duermo.

Ishtar sale por la ventana. Con cuidado trepa hasta el tejado de la azotea pero cuando llega, ya hay alguien allí. Una dragona blanca está sentada observando la ciudad en silencio.

—¿Molesto?

—No. De todas maneras, ya me iba.

Ishtar se sienta mientras la dragona extiende sus alas y alza el vuelo. Su silueta se recorta clara contra el cielo nocturno de la ciudad a oscuras. Nota sobre sus hombros el cansancio acumulado después de tanto sufrimiento, de toda la crueldad de las pruebas. Se suponía que estaba preparada, que llevaba toda la vida entrenando para esto, para ser una elegida, o al menos eso era lo que le habían dicho, pero la realidad es que esto le viene grande.

Regresan de golpe todos sus miedos. “No soy lo suficientemente fuerte”. “Fracasaré y será solo mi culpa por no haber entrenado lo suficiente”. “Nunca llegaré a ser como Zaret”… Y por un instante se lamenta de que fuera ella y no su hermano la elegida de la Naturaleza. El amanecer la sorprende entre negros pensamientos.

Unas manos sacuden a Brigitte de su sueño con delicadeza.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Eh? —murmura medio dormida.

—¿Puedo dormir contigo esta noche? —pregunta Aridia en un susurro.

Brigitte sonríe, levanta la manta y se echa a un lado. Aridia se acurruca junto a ella y Brigitte cubre su cintura con el brazo. Tan pronto como la manta cae sobre ellas, la respiración de Brigitte se ralentiza. Unas horas más tarde, algo saca por unos instantes a Brigitte de su sueño. Abre los ojos y ve que Aridia ya no está, pero enseguida el sueño la vence. A la mañana siguiente Aridia la despierta con cuidado.

—Los dragones nos han pedido que acudamos ante su presencia en una hora, así que vamos a desayunar primero. Me muero de hambre.

Después de desayunar con nuestras familias, nos reúnen en una gran sala redonda en el mismo edificio donde hemos dormido. Me gustaría poder verlo por fuera porque debe de ser impresionante. Solo esta sala ya es inmensa, tanto que todos los dragones están allí presentes y caben holgadamente. De manera automática nos colocamos cada uno delante de quien le otorgó los poderes y me fijo por primera vez en el aspecto de Terra. Es imponente pero muy elegante. Sus movimientos son fluidos e incluso en esta forma, están sincronizados con los de Aqua. Se respira tensión en el ambiente y nadie dice nada.

—Entiendo —dice Ahleinne rompiendo el silencio de pronto—. Es la hora de que volváis.

Al principio creo que se lo está diciendo a ellos, pero entonces me doy cuenta de que es a nosotros a quienes nos habla. Los dragones nos bañan con su aliento y todo se difumina a mi alrededor. ¿Qué diablos está pasando?

Desorientada, noto de nuevo suelo bajo mis pies y el mundo deja de dar vueltas. Escucho por todas partes el ruido del acero contra el acero, los gritos de dolor y noto el olor de la sangre en el aire. Estamos en un campo de batalla. Hemos vuelto al campamento. Hemos vuelto a la batalla contra Jaraxux.

 

Fin del capítulo 22

Ahleinne camina serena por el campo de batalla. Todo a su alrededor se ralentiza, los sonidos son cada vez más graves hasta que el tiempo se detiene.
—El futuro es dicho pero incierto y caprichoso. Tenéis un cometido y es una orden. No podéis fallar. No podéis perder el control.