El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

No me acostumbro a esta oscuridad. Todo es negro mire donde mire y los bordes difusos de las cosas me hacen dudar de si estoy despierta o en un mal sueño. Estamos en una especie de explanada. Ante nosotros se alza un saliente rocoso sobre el que se asienta un muro de oscuridad. En el centro hay un arco de piedra decorado a ambos lados con pilas de huesos amontonados. De pronto…

Capítulo 27

Brigitte baja a cenar junto con Kotaka y Rahjmar. Cuando entra al comedor, Jerox y Troj le hacen una seña para que se una a ellos. Cuando preguntan por Aridia, Brigitte no sabe qué contestar.

—Será mejor que os lo cuente ella misma —dice y se marcha al mundo de las sombras.

En el lugar donde estaba aparece una Aridia taciturna.

—Ahora formo parte de ella. No había otro modo de conseguir el poder para derrotarlos.

Troj la mira interrogante. Las manos de Jerox están cerradas en apretados puños. Las dos que sujetan el cuenco de estofado amenazan con romperlo. Da la espalda a Aridia y a Troj para dejar el cuenco en la mesa.

—Me lo podías haber dicho anoche —dice sin volverse y la voz le tiembla.

—No quería poner esa carga sobre tus hombros.

La elfa pone una mano en su hombro y lo voltea suavemente. Cuando sus ojos se encuentran, acaricia dulcemente su cara y Jerox se estremece a punto de llorar.

—Esperaba de corazón que no llegara nunca a suceder —murmura tristemente Aridia.

—Supongo que es otra pérdida más que tengo que afrontar.

Jerox la atrae hacia sí y la rodea con sus brazos, enterrando la cabeza en su cuello. Se funden en un abrazo y los hombros de Aridia se sacuden por el llanto. En ese instante, Brigitte regresa.

—Lo… lo siento —dice y se deshace con delicadeza del abrazo de Jerox.

—No pasa nada. —Las lágrimas le corren al araina por las mejillas—. Pero… su familia… Será mejor decirles que se ha vuelto a marchar. No es necesario hacerles sufrir.

—Me parece bien. Espero que no hayan visto nada —añade mirando a su alrededor, pero nadie parece haberse percatado de nada.

Troj ha apurado su jarra hasta el fondo y ahora su mirada se ha perdido dentro.

Ahleinne se retira a un lugar tranquilo. Apenas puede contener las lágrimas. Son demasiadas las cosas que han pasado en las últimas horas, demasiadas pérdidas, demasiado dolor.

—Ojalá pudiera deshacerme de todo y volar… —piensa.

Sus ojos van al anillo que lleva en la mano izquierda.

—Tal vez… —murmura.

Cierra los ojos y se concentra. En algún lugar de su ser habita un núcleo de poder dorado. Visualiza cómo comienza a girar, primero lentamente y después más y más rápido creciendo hasta llenarla por completo. Entonces abre los ojos y nota cómo la forma de dragón la aguarda, latente en la gema. Se desprende de su forma humana y alza el vuelo casi al instante. Allá abajo todo se vuelve insignificante mientras surca el cielo con las alas extendidas. Todo parece diminuto, menos… problemático. En las alturas se le unen pequeños dragones que revolotean ansiosos a su alrededor y juntos trazan interminables círculos en el aire, una antigua y hermosa danza multicolor. Cuando atardece, se dirigen a una pequeña isla algo alejada de la ciudad para descansar. Ahleinne se tumba en un trozo de hierba fresca y algunos de los dragoncitos se acurrucan a su alrededor. Cuando cierra los ojos, un último pensamiento vaga por los límites de su conciencia: “Algún día, cuando todo esto acabe, comprenderán”.

La luz del sol acaricia tímidamente la piel de Ishtar al amanecer. Un rayo juguetón se cuela entre las hojas y le da directamente en los párpados. La felínida frunce el ceño aún con los ojos cerrados y se despereza. Casi automáticamente comienza su rutina de estiramientos encaramada a su bastón. Los movimientos son elegantes y fluidos, como si no le costaran ningún esfuerzo, pero para un observador experto no le pasarían desapercibidos la concentración detrás de la serenidad de su rostro y la tensión de todos y cada uno de los músculos de su cuerpo; al igual que tampoco podría dejar de percatarse de la fina arruga de preocupación que cruza su frente de parte a parte producida por un torrente de pensamientos a los que trata de poner orden mientras mantiene el equilibrio sobre su bastón: da igual lo que decida, lo que piense o lo que sienta. Todo está predestinado. No hay lugar para la elección. Estoy aquí porque no me queda otra…

Ishtar desciende al suelo de un salto y arroja el bastón con furia contra un árbol espantando del susto a todos los seres vivos que la observaban. Alrededor de sus pies descalzos comienzan a crecer velozmente brotes de espino negro de afiladas púas. Cuando se da cuenta, inspira profundamente y los zarcillos regresan a la tierra. Necesita poner en orden sus pensamientos cuanto antes. Recoge el bastón del suelo y su mente se pierde en los recuerdos de su infancia entrenando con su hermano en las Montañas del Fin del Mundo. Tal vez si pudiera hablar con él podría poner un poco de orden en todo este caos.

Un búho se posa en una rama con aire molesto. Ishtar siente una punzada de remordimiento porque su pequeño arranque de ira habrá despertado de su descanso al pobre animal.

—Siento mucho haberte despertado de tu descanso pero… ¿serías tan amable de entregar un mensaje?

El búho la mira ceñudo, o al menos es la impresión que le da, pero ulula amablemente.

—Busca en el castillo, en el lugar donde todos comen, a alguien como yo; con ropajes parecidos a los míos y que lleva probablemente un bastón como este. Pídele que venga al bosque, por favor.

El ave alza el vuelo e Ishtar se cubre los ojos con la mano para seguir su trayectoria. Cuando lo pierde de vista, se sienta en el suelo a meditar. A su alrededor solo se escuchan los sonidos del bosque que han vuelto a la normalidad. Inspira y espira profundamente tratando de controlar sus emociones sin mucho éxito. Le distraen con demasiada facilidad los pasos de las miles de criaturas que moran en el bosque. De pronto, algo familiar traspasa la linde. Ishtar levanta las orejas, atenta y echa a correr para interceptar al visitante.

—Has tardado mucho —increpa a su hermano.

—Tenía que desayunar —dice encogiéndose de hombros—. Yo también me alegro de verte, ¿eh?

—Lo siento, Zar. Ayer fue un día complicado.

—¿Qué pasó, Isht?

—No importa, solo quiero entrenar —dice mientras levanta su bastón.

Zaret levanta el suyo y las maderas chocan en el aire. Ishtar arremete, Zaret esquiva y la golpea suavemente con un giro de muñeca.

—Estás distraída. ¡Céntrate!

—Es que nada de esto tiene sentido —responde Ishtar retrocediendo.

—¿Qué no tiene sentido? —pregunta Zaret lanzando otro golpe que casi la golpea de nuevo.

—Nos obligaron a regresar a la batalla contra Jaraxux en el campamento. —Acometida. Salto. Golpe. Esquiva—. Y no solo no pudimos impedir la muerte de Kalum sino que fuimos nosotros quienes lo matamos.

Zaret baja su bastón y abre mucho los ojos.

—¿Por qué…?

—Porque nuestro gran amigo Cronos dijo que así tenía que suceder —responde ella burlona—. ¿No lo ves? Nada tiene sentido porque no controlamos nuestro destino. Ya está escrito.

Alza su bastón y amaga para que Zaret vuelva a ponerse en guardia. Su hermano retuerce las manos sobre la madera y entorna los ojos.

—Eso no es cierto, Isth. —Golpe. Esquiva. Eso pasó rozando. Salto—. Estoy convencido de que somos dueños de nuestro destino.

—¿Cómo vamos a ser dueños de nuestro destino, —Ishtar se abalanza con rabia y por muy poco no lo golpea en una pierna.— si nuestro futuro está ya escrito? ¡Da igual lo que QUERAMOS hacer porque nos dicen lo que TENEMOS que hacer!

—Pero eso no es muy distinto de cuando entrenábamos en casa. No te preguntabas el porqué de las cosas, simplemente las hacías. —El bastón de Ishtar le pasa rozando a una velocidad alarmante y tiene que hacer un mortal hacia atrás sobre una mano para esquivarla —. Wow. ¡Cuidado! No quiero perder los dientes ni que me rompas una pierna.

—Perdón —responde retrocediendo un paso para dejar que se recupere.

Las cosas ya no son como eran antes. Ya no encuentra consuelo en él, solo incomprensión.

—No es lo mismo. Aquello era un entrenamiento y no dañábamos a nadie. Kalum, nuestro maestro, ¡tu maestro!, murió porque nosotros lo matamos.

—A veces las cosas no salen como las planeas. —Zaret entorna los ojos y una sombra nubla su rostro. Da un paso al frente y golpea.— Yo también he hecho cosas de las que no me siento orgulloso.

—¿Cómo es eso? —El golpe lleva más fuerza de la que esperaba y al pararlo casi le golpea la frente.  

—Utilicé medios que se alejan de las enseñanzas que recibimos —Zaret aprovecha el desconcierto de su hermana para derribarla de un barrido.

La espalda de Ishtar golpea el suelo con fuerza porque no se lo esperaba, no es un movimiento propio de su hermano, pero apenas tiene tiempo de recomponerse cuando el bastón desciende a toda velocidad sobre ella. Rueda apresuradamente hacia un lado, se pone en pie de un salto y se agacha justo a tiempo de esquivar otro bastonazo que iba directo a su hombro.

—¿A qué estás jugando…? —no puede terminar la pregunta porque Zaret arremete una y otra vez sin descanso.

Los golpes de un bastón sobre el otro arrancan extraños sonidos secos que resuenan en todo el claro. Ishtar se da cuenta de que empieza a perder pie y cada vez retrocede más y más hacia los árboles. No puede seguir así. Se arroja al suelo dando una voltereta para esquivar el último golpe y ganar algo de distancia.

Zaret le devuelve una mueca que pretende ser sonrisa y un escalofrío hace que Ishtar se estremezca de pies a cabeza. Ese no es Zaret. No son sus movimientos. No es su sonrisa. Ya los ha visto antes. En el campamento, luchando con el monje de muchos brazos.

 —¿Dónde está Zaret? —pregunta Ishtar amenazándolo con su bastón.

La sonrisa macabra se ensancha un poco más y se le eriza el pelaje de la nuca.

—Yo no estoy aquí para eso —el monje abandona la pose de combate y guarda el bastón a la espalda—. Ya nos veremos las caras cuando Alamuerte despierte. O tal vez no.

Zaret, o quien demonios sea, huye saltando entre los árboles a toda velocidad. Ishtar lo persigue invadida por la rabia. El bosque parece correr con ella. Las hojas tiemblan, las raíces se agitan y tratan de ponerle trabas al fugitivo, pero el bosque se acaba y Zaret aún está lejos. Recorren las calles de la ciudad corriendo sin parar. Al llegar a uno de los puentes, Zaret se encarama a la barandilla, le lanza una sonrisa torcida a su hermana y se arroja al vacío. Ishtar corre hasta el borde solo para ver cómo vuela a lomos de un dragón joven hacia cielo abierto.

—¡Ezzio! ¡Ezzio! —llama en su mente.

Un dragoncito verde se posa a su lado.

—¡Corre! ¡Debemos atraparlo! —dice señalando a lo lejos la figura que se aleja a lomos de un dragón.

Ezzio entre asustado y sorprendido la invita a subir a su lomo y alza el vuelo a toda velocidad. Es muy rápido y no tardan en tenerlo a la vista de nuevo.

—Ishtar, ¿qué pasa? Me estás asustando…

—No podemos dejar que huya. No es mi hermano…

—Pero… nos estamos alejando. Deberíamos volver.

Una perturbación en el aire señala que Zaret ha traspasado el perímetro de la Ciudad del Aire. Ezzio parece cada vez más nervioso. Si por ella fuera, perseguiría a Zaret hasta el mismísimo infierno (otra vez), pero Ezzio no tiene por qué morir. Esta no es su lucha.

—Sí, tienes razón. Debemos volver.

No tengo ni idea de dónde me he despertado. Debí de quedarme dormida al borde de este lago, pero no recuerdo qué hacía aquí.

—Ven al castillo —escucho en mi cabeza la voz de Terra y me hierve la sangre.

—Sal de mi cabeza.

—Qué más quisiera. —Detecto resignación en su voz y la ira se atenúa.

—Terra, no me malinterpretes. Agradezco los dones que me has dado pero no estoy de acuerdo con cómo está sucediendo todo.

—¿Te crees que yo sí?—Su presencia se aleja de mi mente. Entiendo que ha dado por zanjada la conversación. No queda ni rastro del enfado.

Echo a andar hacia el castillo. Cuando llego, la sala está repleta de gente. Busco un lugar lo más alejado posible de Ahleinne y Rajhmar. Para mi sorpresa, Kotaka y Brigitte están con ellos. Ishtar no. La veo al otro lado de la sala. En el centro, los dragones están colocados alrededor de Ventus y Cronos. A Kratos no se lo ve por ninguna parte. Junto a ellos, hay un grupo de personas. Tardo un momento en ubicarlos porque me resultan familiares. Son los generales que envió Ivor a reunir un nuevo ejército después de la batalla en el campamento.

—Os presento a los generales —dice Cronos y su voz llena la sala y reverbera en el mármol que cubre las paredes. Parece como si saliera de la misma piedra.

—Yo soy Leónidas —dice el felínido de larga melena—. Comandaré treinta mil hombres y mujeres valientes a la batalla. Son los más fuertes que podáis encontrar.

—Ellos abrirán el pasillo que necesitáis para llegar a Jaraxux —añade Ventus.

—Yo soy Astrid, hija de Melton —dice la centaura. Un aguijonazo de dolor me golpea al recordar la figura del centauro caído en el campamento. Ni siquiera pensamos en salvarlos a ellos, tan obcecados como estábamos. Siento la vergüenza y el asco acumulándose y revolviéndose dentro de mí. Ella sigue hablando—: Cubriremos vuestro flanco izquierdo mis quince mil centáuridas y yo.

—Yo soy Beorn. —El enano da un paso al frente con decisión—. A mi lado lucharán siete mil de los míos. No seremos tantos como ellos pero valemos el doble. Yo mismo participé en la derrota de Arax.

—Yo soy Esmeralda. —dice la orca. Su parecido con Zafiro es palpable—. He unido a todos los orcos posibles. Cincuenta mil iremos a la guerra por Kalum.

—Yo soy Zan —dice el rakshasa de pelaje blanco y añade, señalando al pequeño ratón que lo acompaña—: y él es Zen. Quince mil magos aportamos a la causa.

—Yo soy Aria. No tengo ejército, pero tengo un objetivo —cuando la miro, se me tensan todos los músculos. Es idéntica a la arquera de Jaraxux—. Matar a uno de los acompañantes de Jaraxux.

—¿A quién? —pregunta Rahjmar.

—A mi hermana Lira.

Fin del capítulo 27

Existieron una vez en algún punto de las Selvas Azules de Zafiria dos hermanas que vivían en armonía. Separadas eran las mejores arqueras del lugar, pero juntas eran imbatibles. Habitaban un pequeño palacio de altas torres y magníficos muros…