El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Existieron una vez en algún punto de las Selvas Azules de Zafiria dos hermanas que vivían en armonía. Separadas eran las mejores arqueras del lugar, pero juntas eran imbatibles. Habitaban un pequeño palacio de altas torres y magníficos muros…

Capítulo 29

Encuentro a Terra al borde del estanque donde pasé la noche. El paseo me ha venido bien en cualquier caso. No esperaba que me fuera a contestar, así que tenía que ordenar mis ideas. Son demasiadas las preguntas sin respuesta. Debe de haber oído mis pasos porque se gira. El pelo blanco le enmarca su delicado rostro y pequeñas mariposas de agua revolotean a su alrededor. Caigo en la cuenta de que no suele dejarse ver en forma de dragón al contrario que los demás. Me pregunto por qué.

—A eso no te contestaré.

Tsk. No me acostumbro a que estén en mi cabeza.

—Perdón —ha sido una indiscreción por mi parte, casi tanto como que se metan en mi cabeza a todas horas—. ¿Qué es el plano elemental?

—Es un lugar fuera de nuestro tiempo y nuestro espacio gobernado por los elementos.

Eso no me ha aclarado mucho pero puede valer de momento. No termino de entender qué es un plano ni cómo funcionan ni eso de que esté fuera de nuestro tiempo y nuestro espacio. Lo de los elementos lo puedo entender más o menos. Bueno, sigamos.

—¿Se puede entrar?

—Solo el poder de los dragones puede abrir un portal al plano elemental y solo puede hacerse desde este lado.

—¿Por qué Alamuerte está encerrado allí?

—Porque nosotros lo desterramos tras la primera batalla. Allí es vulnerable.

—O sea, que Alamuerte está encerrado allí porque después de vuestra lucha hace diez mil años lo atrapasteis.

—Así es. Él y Jaraxux fueron confinados en el plano elemental para evitar que acabaran con toda la vida de Voldor.

—Espera, espera. Para el carro. —Terra enarca una ceja.— ¿Jaraxux también quedó atrapado?

Terra asiente elegantemente. Su rostro ha recuperado su placidez habitual. Una de las mariposas se ha posado sobre su pelo como un pasador viviente restándole algo de seriedad. No puedo evitar que se me escape media sonrisa. Me gustaría ser capaz de sentir la mitad de paz interior que parece tener Terra.

—¿Entonces cómo es que atacó el campamento?

—No lo sabemos —detecto cierta preocupación en su respuesta y su gesto se contrae levemente. Desde luego es para preocuparse. Si ha logrado escapar del plano elemental… ¿por qué no sacó a Alamuerte consigo? ¿Por qué tanto teatro?

—¿Cómo lo derrotamos? —No sé si me alegro de que solo me conteste a las preguntas que verbalizo o no. Por cada respuesta que encuentro surgen otras cien preguntas.

—Jaraxux no tiene más ejército que sus elegidos. En cuanto a Alamuerte… como cualquier dragón su coraza es más débil bajo las alas, pero si despierta no tendréis tiempo para destruirlo. Tenéis que evitar que vuelva.

Me quedo meditando un momento sobre lo que ha dicho. Jaraxux no tiene ejército pero nosotros parece que actuáramos como si lo tuviera. Debería estar atrapado en el plano elemental pero aquí está, campando a sus anchas por Voldor. Creo que lo mejor será empezar por el principio e ir avanzando, aunque pueda llevarnos toda la vida.

—¿Podrías contarme qué sucedió exactamente hace diez mil años en aquella sima? Me gustaría poder entenderlo, porque cuanto más descubro, más inverosímil me parece todo.

—Será mejor que hables con Kratos. Él lo sabe mejor que ninguno de nosotros. Sin embargo, a Aeris le gustaría hablar contigo primero. Debe de estar en la torre.

Bonita manera de dar por terminada una conversación, pero me doy con un canto en los dientes. Ya es mucho más de lo que nos han contado estas últimas semanas. Regreso a la ciudadela a paso lento. No paro de darle vueltas a todo lo que ha contado Terra, pero sobretodo me escama lo de Jaraxux. ¿Cómo es posible que escapara si solo el poder de los dragones puede abrir un portal de este lado? Está claro que visto lo visto no es la única fuerza que puede interactuar con el plano elemental, pero o bien no tienen ni idea o bien se están guardando información…

Me detengo un momento a disfrutar de la vistas. Al otro lado del puente la ciudad recibe el sol de mediodía sobre sus paredes de arenisca y sus cúpulas de lapislázuli. En el centro se alza la torre más alta de la ciudadela sobre la que los dragones vuelan con parsimonia… Esta ciudad es hermosa. Un movimiento extraño capta mi atención. Alrededor de la torre una figura humana revolotea torpemente, mientras lo que parece un dragón de pequeño tamaño aletea nervioso a su alrededor. Desde esta distancia no podría jurarlo, pero diría que son Kotaka y Zippo. Tal vez Aeris está con ellos.

Atravieso las calles pavimentadas de la ciudad del Aire con paso rápido. Como siempre, las puertas de la ciudadela están abiertas y nadie las vigila. Supongo que las amenazas en una ciudad flotante protegida por una cúpula invisible no son lo habitual. Claro que si el monje se coló en el cuerpo de Zaret… Aparto esos pensamientos, ya me centraré en ellos más tarde. Ahora tengo algo más grande entre manos que un monje de fuego cambiacuerpos. Bueno, no sé… ARGH. Me pregunto qué más sobre este mundo no sabré. Condenada magia.

Encuentro a Aeris como pensaba en el balcón de la torre de la ciudadela. Desde allí observa cómo Kotaka intenta volar bajo la atenta mirada de Zippo. Antes de que pueda decir nada, Aeris me saluda sin apartar la vista de su pupila.

—Bienvenida, Sáhara. He oído que necesitabas algunas respuestas.

—Eh… ah…

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta y me siento estúpida.

—Sí —acierto a decir. ¿Qué diablos me pasa? Hay algo en ella que me deja sin aliento. Ni siquiera me mira, tiene los ojos fijos en el revoloteo de Kotaka, pero aun así me siento demasiado grande y torpona en su presencia.

—¿Qué quieres saber?

—Yo… eh… —¿Qué quería saber yo? Me doy cuenta de que me estoy frotando las zarpas y las junto detrás de la espalda— Ah, sí. Bueno… Me preguntaba si podrías contarme qué sucedió en el primer enfrentamiento.

La cara de Aeris se contrae una fracción de segundo. Entorna los ojos y frunce los labios levemente, como si algo la hubiera aguijoneado.

—No hay mucho que yo pueda contarte porque no estuve allí… directamente. Sin embargo, te diré que creo que ninguno de nosotros se involucró en la lucha. En aquella sima solo estaban Kalambur y los suyos luchando contra Jaraxux.

—Pero… ¿no fuisteis vosotros quienes desterrasteis a Alamuerte al plano elemental?

Aeris niega con la cabeza.

—No. Fue Kalambur, el discípulo de Kratos quien lo hizo.

—¿Cómo…?

Aeris niega nuevamente con la cabeza antes de que termine de formular mi pregunta.

—En eso no puedo ayudarte porque no lo sé. Sin embargo —añade volviéndose a mí y no puedo apartar la vista de sus brillantes y sobrenaturales ojos verdes—, sí hay algo que me gustaría mostrarte.

Aeris tiende las manos con las palmas hacia mí y yo pongo automáticamente las mías sobre ellas. Mis zarpas son casi el doble de grandes que sus delicadas manos y vuelvo a tener esa sensación de torpeza tan incómoda. No sé qué hacer en su presencia.

Ella envuelve con suavidad mis zarpas con su pulgar y desaparece de mi vista. Hace mucho más calor que un segundo atrás y todo se ha vuelto rojizo. Un orco de piel aceitunada me da la espalda. Lucha a brazo partido con un caballero de armadura negra que empuña una espada en llamas. Jaraxux. Tras ellos fluye un río de lava lentamente. Kalambur ataca ferozmente con su fuego a Jaraxux que lo para con la espada. Entonces el orco hace chasquear algo con en su mano izquierda y golpea a su oponente con un látigo de agua que se le enrolla alrededor del cuello. Jaraxux se desembaraza de él y lanza una potente estocada que hiere la carne de Kalambur profundamente. El orco se derrumba en el suelo y el caballero se vuelve hacia la sima. Una densa cortina de humo lo envuelve todo.

El miedo me atenaza el corazón. Del cauce de lava surge una enorme cabeza negra de dragón con las fauces abiertas. Nada de lo que hemos hecho ha servido para nada. Alamuerte ha despertado. Por el rabillo del ojo veo cómo Kalambur malherido se arroja sobre Jaraxux pero cuando vuelvo la mirada ya no están. Ni el orco ni Jaraxux ni Alamuerte. No hay nadie.

De pronto noto calor en todo el cuerpo. Demasiado calor. Estoy ardiendo. El dolor es insoportable. Noto como si cada trocito de mí estuviera en llama y regreso a lo alto de la torre. Aeri me mira con una sonrisa triste. Sus manos acarician las mías con suavidad.

—Qué… qué… —digo sin aliento. Aún me arde la carne. Estoy intacta pero recuerdo con total claridad el dolor.— ¿Qué acabo de ver?

—Esos fueron los últimos momentos de Zen en la batalla contra Jaraxux.

—¿Qué le sucedió?

—No lo sé. Solo puedo hacer conjeturas.

—¿Y a Kalambur? ¿No puedes ver lo que le sucedió?

Aeris niega algo apesadumbrada.

—Solo puedo ver a través de los ojos de mis hijos.

Me suelta las manos y regresa a observar a Kotaka desde el balcón. Yo me quedo donde estaba con las manos aún en alto, tratando de entender lo que acabo de ver. Aeris siente lo que sienten sus hijos. Todo. Lo bueno y lo malo. No solo ha contemplado cómo morían. Ha sentido su dolor cada una de las veces…

—Es todo lo que puedo hacer por ti, Sáhara. Espero que encuentres las respuestas que buscas.

Acierto a asentir, aunque no me está mirando y me marcho. Por el camino medito sobre todo lo que he visto. ¿Arrojó Kalambur a Jaraxux a la sima y por eso Alamuerte quedó confinado? ¿Cómo ardió entonces Zen? ¿Había alguien más allí con ellos?

Camino sin rumbo con todas las preguntas bulléndome en el cerebro y mis pasos me llevan al comedor, donde me doy cuenta de que estoy hambrienta. No he comido nada en todo el día. Como es bastante tarde está casi vacío, cosa que agradezco. Me siento sola en una mesa y devoro el plato de sopa con pan mientras le sigo dando vueltas. Me pregunto qué estarán haciendo los demás. No me he cruzado con nadie salvo con Kotaka en todo el día. Para cuando termino, ya sé a quién iré a ver después.

—¿Kratos? —pregunto en mi mente. No tengo muy claro si lo estoy proyectando hacia él o hacia un inmenso espacio vacío que todos pueden oír.

—¿Sí? —responde su voz gutural.

—¿Podría hablar contigo un momento?

Silencio.

—Me preguntaba si podría ir a verte para que me contaras qué sucedió en la primera batalla contra Jaraxux.

—Estoy ocupado, pero te lo puedo contar desde aquí.

Me alegro de que esté ocupado, casi prefiero no ir a verle. Kratos me intimida y me pone los pelos de punta. Es la misma sensación que me dio Ligthnigth la primera vez que la vi, de que no se andan con tonterías en cualquier momento te pueden hacer desaparecer. Una risa jocosa retumba lejana en mi cerebro. Debería controlar mis pensamientos.

—Tampoco hay mucho que contar —dice y escucho en su tono el eco de la risa —. Aquella vez fue Kalambur quien selló a Alamuerte en el otro lado.

—Pero, ¿cómo sobrevivieron? Alamuerte llegó a despertar, ¿por qué no murieron todos?

—Porque yo recibí todo su poder.

—Pero… no estabais allí…

—No necesito estar físicamente en un lugar para que llegue mi poder a él. Yo solo fui un recipiente y por poco no lo cuento. Gracias a que Ventus me ayudó con su propia fuerza pudimos contenerlo. Eso dio a Kalambur la oportunidad de encerrar a Alamuerte y a Jaraxux en el plano elemental.

Algo hace clic en mi cerebro pero no puedo pensar en ello ahora.

—Pero Jaraxux ha escapado del plano elemental. ¿O es que aquel Jaraxux que encerraron no era el verdadero?

—Aquel era Jaraxux porque puedo sentir la presencia de mi hijo, aunque haya cambiado.

¡¿QUÉ?! Antes de que pueda decir nada más noto cómo la presencia de Kratos se retira de mi mente. Esto es demasiada información. Jaraxux es el hijo de Kratos. Un hijo que lo traicionó e invocó a Alamuerte para destruir el mundo, llevándose por delante al hijo de Kalum y al de Aeris en el proceso. Dios santo…

Antes de que se ponga el sol consigo hablar también con Ventus y Cronos pero no saco mucho más en claro. Ventus me confirma algo que ya sospechaba y es que la espada de Jaraxux atrapa las almas de aquellos a los que mata, almas que solo podrán ser liberadas si muere quien las encerró. Por su parte, Cronos me explica que él era demasiado joven para parar a su hermano Alamuerte cuando se desvió del camino porque no controlaba sus poderes. Algo parecido a lo que le sucede a Ahleinne ahora, imagino. Sin embargo, cuando logró el control suficiente ya había pasado demasiado tiempo, la línea temporal se había fijado y era demasiado peligroso alterarla para reparar el daño, signifique eso lo que signifique.

Cuando me voy a dormir me duele la cabeza. Una lucha milenaria entre hermanos arrastra a sus hijos a matarse entre ellos para evitar que se destruya Voldor. Justo antes de rendirme al sueño me asalta un último pensamiento: los problemas estructurales de esta familia son demasiado grandes para este mundo.

Fin del capítulo 29

Antes de abandonar el palacio, una figura encapuchada detiene a Brigitte sujetándola del brazo con su mano enfundad en un guantelete. Viste una armadura de cuero oscuro tachonado sujeto al cuerpo con correas…