El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Encuentro a Terra al borde del estanque donde pasé la noche. El paseo me ha venido bien en cualquier caso. No esperaba que me fuera a contestar, así que tenía que ordenar mis ideas. Son demasiadas las preguntas sin respuesta…

Capítulo 30

Antes de abandonar el palacio, una figura encapuchada detiene a Brigitte sujetándola del brazo con su mano enfundad en un guantelete. Viste una armadura de cuero oscuro tachonado sujeto al cuerpo con correas.

Aguarda —le dice.

—Nightlight —contesta sorprendida—. No te había reconocido.

Ella se encoge de hombros. La sombra tras ella no lo hace.

—Hay una cosa que debes saber. No quise interrumpir la reunión, pero es importante. Si Alamuerte despierta tu primer instinto será refugiarte en el mundo de las sombras, pero eso será tu perdición.

—¿Por qué?

—Alamuerte puede moverse independientemente en ambos mundos. Si entras en el mundo de las sombras en su presencia, morirás y será una muerte más terrible que cualquier otra.

Antes de que pueda responder, Nightlight desaparece.

Ahleinne deambula sin rumbo fijo por las salas del palacio. Un pie tras otro sus pasos la llevan por un largo pasillo cubierto de alfombras. A su alrededor fluyen hilos de luz y alcanza a ver retazos de la vida de la gente de Voldor. Un hombre, Jake, abraza a una mujer que llora amargamente. Tras ella, Kratos la consuela. La voz del dragón retumba en algún recodo de la mente de Ahleinne:

—Cuidamos de cada parte de las vidas de todos los seres…

Rahjmar se reúne con Kratos a solas. Ahora más que nunca su aspecto parece el de las brasas encendidas, escamas negras bajo las que bulle un poderoso fuego. Parece como si toda su piel anticipara la batalla.

—No me andaré con rodeos —dice Kratos—. Tráeme a Jaraxux. Es mi hijo y lo quiero vivo.

—No sé cómo voy a hacer eso. La última vez que nos enfrentamos a él no pudimos hacer nada. Y si consigue despertar a Alamuerte esta vez…

—De mi hermano me ocuparé yo, tal y como sucedió la última vez. Si Alamuerte despierta, yo absorberé su aliento y tendréis una oportunidad. Es un arma poderosa pero agotadora y necesita tiempo antes de poder volver a lanzarlo.

El bárbaro está preocupado.

—¿Se lo cuento a los demás?

—No. —su respuesta es tajante.

—Pero ya están bastante mosqueados…

—¿Crees que lo iban a entender?

—Tal vez comprendieran los motivos…

—Haz lo que creas pero no es buena idea…

—¿Ahleine? —llama Ishtar en su mente, pero no obtiene respuesta.

—¿Chronos? —nadie responde tampoco.

—Ventus… —prueba por tercera vez—. Perdona que te use de mensajero pero necesito encontrar a Chronos… Bueno, en realidad a Ahleinne.

—Ninguno de los dos está en este mundo.

—Pues nada, gracias.

Ishtar dirige sus pasos al comedor, que está repleto de gente. Entre la multitud distingue las anchas espaldas y la coleta de pelo negro de Troj. Coge algo de comida y se sienta con ellos. Jerox y Brigitte están muy callados. Levantan la vista cuando llega y la saludan.

—¿Cómo estás? —pregunta Brigitte.

—Lo sobrellevo.

Cenan en silencio sumidos en sus pensamientos. Cuando Troj y Jerox se marchan, Brigitte se gira.

—Cuéntame —le dice a Ishtar.

Ella duda.

—Vamos, llevas dándole vueltas toda la noche. —Brigitte le coge una mano entre las suyas.— Suéltalo.

—En el mundo de las sombras absorbiste a mi hermano. —No es una pregunta.

—Si las cosas son lo que parecen, sí.

—¿Y cómo funciona?

—Pues no lo sé. No he vuelto a verlo… Pero tu hermano ya no está. Solo absorbo su miedo y hasta eso termina por desaparecer.

—Gracias por todo.

—¿Te quedas, te vas, quieres que me quede, quieres que me vaya…?

—No, tranquila.

Ishtar se levanta y se marcha al bosque. Dejar las lisas y pulidas baldosas atrás regala a la felínida un instante de calma. El contacto de la planta de sus pies con la tierra fresca, la hierba acariciándole la piel, el viento revolviéndole el pelaje… Una esfera de luz dorada aparece en el claro ante ella.

—Acompáñame —retumba la voz de Chronos.

La luz se expande hasta abarcarlo todo y cuando se atenúa, Chronos la observa. Ishtar mira a su alrededor con curiosidad porque ya no están en el bosque. Parece que ambos están suspendidos en mitad del universo, rodeados por una maraña de hilos dorados de luz finos como telarañas que resaltan contra el fondo negro. Chronos levanta una garra y señala con ella uno de los caminitos de luz.

—Esto es el tiempo —dice Chronos—, el tiempo de todos y cada uno de los seres conscientes que pueblan este mundo.

Al fijarse con más atención, Isthar se percata de que no son uniformes. Las líneas son delgadas como hilos en un extremo pero anchas como caminos en el otro. Cuando vuelve a mirar al dragón, este tiene su garra tendida hacia ella. Ishtar la toma y Chronos la conduce hasta posarse sobre uno de los hilos de luz en su parte más ancha.

—Este es tu tiempo. En este mismo instante concreto en el que estamos tú y yo. —Se da la vuelta para señalar un camino que se hace más y más estrecho conforme se aleja.— Detrás está todo lo que ya has vivido. Y esto es todo lo que te queda por vivir.

Con el brazo abarca todo el ancho del camino donde la luz dorada se bifurca en decenas de pequeñas ramificaciones.

—No lo entiendo.

—Cuido del bienestar de todas y cada una de las vidas ya vividas. Velo porque todas transcurran como deben hacerlo y nada las altere. Sin embargo, su futuro, tu futuro es incierto.

Chronos se da la vuelta y empieza a caminar por el tiempo de Ishtar. Conforme retroceden va estrechándose poco a poco. A ambos lados de la luz, como si fueran los cuadros de una galería, van surgiendo escenas nebulosas de la vida de la felínida. Ishtar se ve a sí misma de niña arrojar el bastón con furia tras fracasar por enésima vez en un ejercicio mientras su hermano se pavonea orgulloso por su éxito. Cuando se fija mejor, ve la silueta de Kratos tras ella, aunque no recordaba que hubiera estado presente. Un poco más atrás Zaret y ella están sentados en un prado tomando el sol en paz. Junto a ellos la blanca figura de Aeris los protege con sus alas y no son los únicos momentos en los que aparecen los dragones. En todos los momentos importantes en los que una emoción poderosa se manifestaba, uno de los dragones cuidaba de ella de una forma u otra.

Cuanto más atrás se remonta en el pasado más estrecha es la línea de su tiempo más equilibrios tiene que hacer Isthar para mantenerse sobre ella y más frágil parece su aspecto.

—Cualquier cambio, por pequeño que sea puede alterar o destruir el tiempo de una criatura, pero cuanto más atrás se produzca ese cambio, más fácil es que sus efectos sean catastróficos. Por eso velo cada instante por cada una de las preciosas vidas que pueblan la tierra.

Chronos se detiene en el nacimiento del camino. Donde deberían aguardar felínidos celebrando la llegada al mundo de uno de los suyos, solo hay un dragón verde junto a una pequeña dragona recién nacida también de un intenso color verde. Ishtar observa la escena perpleja. Se parece a Ezzio, pero su color es más oscuro, sus escamas tienen otro diseño. La pequeña dragona se alza tambaleante curioseando a su alrededor. Ventus inclina la cabeza hasta tocar la cabecita con el morro y la dragona resopla de contento. Ishtar aparta la vista de la escena y se vuelve hacia Chronos.

—Quiero ver a Zaret. Su vida. Su tiempo. Llévame hasta ellos.

El dragón asiente y la lleva hasta una línea no muy lejos de allí. Ishtar observa su propia línea desde allí y no puede evitar darse cuenta de que el tiempo de Zaret se trunca. Se ensancha pero no se ramifica. Se termina.

—Llévame a ver la del monje.

Chronos niega muy serio.

—Algunos seres han cambiado tanto, se han transformado tantas veces que no podemos saber quiénes fueron en origen. Yo no puedo.

El dragón devuelve a Isthar a la linde del bosque donde estaba. La felínida permanece sola de pie, tratando de asimilar las revelaciones de Chronos. Pensaba que tener la certeza de lo que le ocurrió a Zaret la aliviaría, pero confirmar que su vida terminó solo ha servido para dejar un enorme vacío donde antes estaba la esperanza. Después de un largo rato toma echa a andar hacia el castillo. Una vez en su habitación, saca del baúl las ropas con las que partió de su tierra. Están bastante gastadas y remendadas en varios sitios pero espera que sea suficiente. Se ata el bastón de Zaret a la espalda y llama a Chronos.

—Solo una cosa más —pide—. Llévame a cuando me despedí de Zaret.

Ishtar y Chronos regresan a su propia  línea, tan solo unos meses atrás. Ante ellos se extienden las Montañas del Fin del Mundo al amanecer. El sol apenas está saliendo y la mitad del cielo aún aparece cubierto de estrellas. Al borde del camino un monje felínido aguarda paciente sentado en la posición del loto. A lo lejos se ve a una figura que se le acerca. Es una felínida ataviada con ropas de viaje, un petate y su bastón amarrado a la espalda.

—Pensé que no te vería —dice al felínido que la aguarda sentado en el suelo.

—¿Y no despedirme de mi pequeña hermanita? —responde jocoso mientras se incorpora.

Ishtar enarca una ceja ante ese comentario y Zaret se echa a reír.

—Toma —dice y le tiende un paquete pequeño envuelto en telas—. Es mi daga. Llévatela como recuerdo.

—No puedo…

—Insisto, cógela. Te traerá buena suerte y así te acordarás de mí.

—Ni que te fuera a olvidar… —Ishtar desenvuelve el paquete y se ata la daga al cinto.

Entonces Zaret se pone serio y la abraza con fuerza.

—Cuídate mucho, Isht —susurra en su oído.

Cuando por fin se separan, ella se aleja por el camino, rumbo a la batalla. Entonces, la Ishtar del presente echa a correr y se arroja en brazos de su hermano.

—¡Ey, ey, ey! ¡No me ha dado ni tiempo a echarte de menos!

Ishtar le abraza aún  más fuerte.

—No te preocupes. Volveremos a vernos. Ya lo verás. Todo irá bien.

—Te quiero, Zar.

Zaret le sonríe cuando se separan y hace el amago de revolverle el pelo, pero ella lo esquiva.

—Ahora ¡márchate! Ese ejército no va a detenerse solo.

Ishtar sonríe con tristeza y se aleja, siguiendo sus propios pasos. Al poco, Chronos la lleva de vuelta a la extraña luz del plano del tiempo. Se encuentran de nuevo en el camino de Ishtar, en el momento presente. Ante ellos se abre un abanico ramificado de pequeños hilos. Chronos la mira.

—Escoge tu camino.

Fin del capítulo 30

Cronos deja a Isthar de vuelta en el bosque. Los sonidos de la naturaleza la envuelven de nuevo. La cabeza le da vueltas con todo lo que ha averiguado. Los dragones acompañando a todos los seres, la extraña revelación de su propio origen y la muerte…