El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Antes de abandonar el palacio, una figura encapuchada detiene a Brigitte sujetándola del brazo con su mano enfundad en un guantelete. Viste una armadura de cuero oscuro tachonado sujeto al cuerpo con correas…

Capítulo 31

Cronos deja a Isthar de vuelta en el bosque. Los sonidos de la naturaleza la envuelven de nuevo. La cabeza le da vueltas con todo lo que ha averiguado. Los dragones acompañando a todos los seres, la extraña revelación de su propio origen y la muerte de su hermano giran a toda velocidad en su mente como un torbellino de pensamientos.

—¡Basta! —grita.

Unas cuantas aves asustadas alzan el vuelo de las copas de los árboles, pero recupera el control de sí misma. Los problemas hay que afrontarlos de uno en uno, conforme vengan y de lo más concreto a lo más abstracto, así que primero aún tiene que hablar con Ahelinne.

—¿Ahleinne? —la llama.

—¿Ish… Isthar? ¿Dónde estás? Puedo oírte pero no verte.

—Estoy en el bosque.

—Aquí no hay ningún bosque.

—Podemos comunicarnos entre nosotras, entre todos los elegidos y los dragones.

En mitad del claro se abre un portal del que emerge un dragón dorado que no es Cronos, aunque se le parece.

—De nada —dice el propio Cronos y el portal desaparece.

—Gra…gracias —masculla Ahleinne.

Isthar retrocede alarmada y ante su cara de sorpresa, el dragón dorado se transforma en la semielfa.

—¿Cómo estás?

—Da igual como esté —responde Ishtar desganada.

—Lo siento mucho. ¿De qué querías hablar? —pregunta Ahleinne cambiando de tema.

Ishtar la mira muy seria.

—Si vuelve a pasar algo en lo que tengamos que tomar una decisión, déjanos tomarla.

—No había ninguna decisión que tomar —responde Ahleinne firme pero calmada mientras le sostiene la mirada decidida.

—Sé lo que tuviste que hacer, lo duro que fue…

—No había otra opción. Yo solo seguí una orden porque era la única forma de que las cosas cambiaran.

—Tomaste la decisión de no contárnoslo. Si era lo que había que hacer, lo habríamos hecho ¿o es que no confías en nosotros? —pregunta Isthar y Ahleinne le lanza una mirada dolida.— Nos enfrentamos a la Sáhara del futuro para salvarte y tú nos traiciones. Igual que cuando no sabías si contarme lo de Zaret en la prueba del fuego. Podíamos haberlo fastidiado todo porque no sabíamos lo que iba a pasar. Podíamos habernos equivocado. Todo podría haber salido mal… Si nos cuentas las cosas, las podemos afrontar. Si no, nos explotan en la cara.

—Tienes razón —Ahleinne baja la cabeza apenada. Ishtar siente pero no ve unas alas oscuras que las arropan en ese instante.

Isthar acompaña a Ahleinne hasta el límite del bosque. La felínida parte hacia el castillo dispuesta a confirmar algo que le rondaba la cabeza desde que volvieron del campamento y que Ahleinne ha traido de vuelta a su memoria.

—¿Ventus? ¿Puedo hablar contigo?

En su mente resuena la poderosa voz del dragón de la naturaleza.

—Ven, no estás muy lejos. Sigue la linde del bosque y no tardarás en verme.

Isthar echa a andar y al girar un recodo del camino se encuentra con Ventus echado tranquilamente sobre la hierba fresca. Ishtar hace una inclinación respetuosa y se arrodilla junto al dragón.

—Verás… Me preguntaba si es posible que algunas tengamos más afinidad con unos elegidos que con otros.

Ventus asiente con la cabeza.

—En ese caso, ¿podríamos combinar nuestros poderes?

Una profunda arruga cruza la frente de Ventus cuando frunce el ceño.

—Eso es algo peligroso que preferimos no saber.

—¿Pero se podría llegar a hacer?

—Ese conocimiento es prohibido.

Necesito que vengáis al bosque. Tenemos que hablar —escucha la voz de Sáhara en su mente.

Algo frustrada por el rechazo de Ventus, Isthar se levanta y se marcha. Le parece una insensatez negarse a explorar un tipo de poder que está claro que el enemigo posee y los elegidos no. El conocimiento no garantiza la victoria pero la ignorancia sí es una derrota segura.

Cuando abro los ojos me parece estar de vuelta en nuestro barco, pero la sensación dura apenas un instante. Creo que estuve soñando con ello pero el recuerdo se desvanece cuanto más trato de retenerlo. Sacudo la cabeza frustrada. Estoy en la Ciudad del Viento y no podría haber un sitio en el que me apeteciera estar menos. Poco a poco las conversaciones que mantuve ayer con los dragones regresan a mi memoria y un oscuro pensamiento me golpea con fuerza. ¿Cómo murió Zen si allí ya no había nadie?

Me levanto y me visto a toda prisa. Paso por el comedor para no ir con el estómago vació y salgo a caminar. Necesito poner mis pensamientos en orden. Una hora más tarde mis pasos me han llevado al bosque y he tomado una decisión. Llamo a todos los demás. Tienen que saberlo.

—Necesito que vengáis al bosque. Tenemos que hablar.

Por suerte, son Brigitte e Ishtar las primeras en llegar. Una cosa es saber que tenemos que trabajar en equipo y otra muy distinta es quedarme a solas con Ahleinne y Rajhmar. Dudo mucho que pueda perdonarlos nunc, pero es algo que tengo que apartar a un lado. Ahora los necesito. Los últimos en llegar son Rauros y Kotaka. Extrañamente la túnica de la kitsune va ondeando a su alrededor a pesar de que no hay viento.

—Ayer estuve indagando sobre Alamuerte, sobre Jaraxux y sobre todo lo que sucedió hace 10 000 años —comienzo cuando ya están todos.

—¿Y qué descubriste? —pregunta Kotaka.

—Hace 10 000 junto a un río de lava Kalambur, Elrond —según digo su nombre me pregunto qué fue de él porque nadie lo menciona, pero al seguir con la historia ese hilo de pensamiento desaparece— y Zen se enfrentaron a Jaraxux junto a un río de lava para evitar que Alamuerte despertara. Sin embargo y a pesar de sus esfuerzos, el dragón de la destrucción despertó aunque el mundo sobrevivió gracias al sacrificio de Kratos. Ayudado por Ventus absorbió todo el poder destructivo de su aliento y por poco le cuesta la vida. Y ahora llega la parte extraña. Alamuerte despertó y exhaló su aliento sobre el mundo. Sin embargo, tras eso Alamuerte ya no estaba, ni Jaraxux ni Kalambur. Solo Zen quedó en aquella sima con vida y solo durante unos breves instantes hasta que su cuerpo se consumió presa del fuego.

Un escalofrío me recorre al recordar el dolor de la carne calcinada.

—Si Alamuerte no estaba. Kalambur y Jaraxux, elegidos del fuego tampoco. ¿Cómo murió Zen? El único fuego que quedaba era el de Kratos.

Un espeso silencio se adueña del claro cuando pronuncio en voz alta mis sospechas.

—Pero… —comienza Isthar— eso no puede ser… Ellos, los dragones, son los padres de los elegidos. Lo he visto con mis propios ojos.

Esa declaración cae sobre mí como una losa. De la única cosa que estaba segura sobre mí misma era de mi familia, de quiénes eran y de que yo era quien era gracias a ellos.

—Podré llevar sus genes, pero mis padres son otros —hay mucha más amargura en mis palabras de la que me gustaría admitir.

—Cronos me lo mostró —afirma Ishtar—. Te guste o no son nuestros padres.

En ese instante la voz de Cronos retumba en mi mente, grave y poderosa.

—La puerta se ha cerrado para vosotros. Ya que no confiáis en nosotros, a partir de ahora estáis solos.

El eco triste de su voz permanece unos instantes en nuestras cabezas. Cuando desaparece deja tras de sí un extraño vacío. Los dragones se han marchado.

Fin del capítulo 31

Si no fuera tan grave la situación me haría hasta gracia. La cara de perplejidad de Brigitte y Rahjmar, el miedo pintado en las de Kotaka y Ahleinne, la incomprensión en Rauros y una indignación creciente en Isthar.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunta Brigitte.