El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Cuando me despierto aún no ha amanecido. Pienso en empaquetar mis cosas pero no llevo nada encima salvo mis armas y el laúd. Intento recordar cuando fue la última vez que llevé un macuto pero no lo consigo. Es demasiado pronto, me digo, ya lo recordaré más tarde, pero ni yo misma me lo creo. Las cosas ya no son lo que eran.

Capítulo 34

Cada vez que una de las rocas en llamas impacta contra el suelo, deja un cráter del que surgen seres hechos de magma que se agrupan en hordas comandadas por extraños demonios en llamas. En apenas unos segundos el campo de batalla es un caos. Los dragones que volaban sobre nosotros parecen decididos a interceptar tantos meteoritos como puedan para mantenernos a salvo. Muchos de ellos caen a tierra malheridos.

Ahleinne se transforma en dragón y avanza hacia Cael. Rahjmar arroja su jabalina de rayo y yo disparo para cubrir su carrera, pero con un ademán desganado desvía ambos proyectiles y con una sonrisa torcida alza los brazos hacia Ahleinne. Gira ambas manos bruscamente y las alas de la dragona se retuercen con un sonoro crujido. Ni siquiera ha tenido que tocarla.

Ezzio revolotea casi a ras de suelo con las alas rotas perseguido por una horda de esos seres de magma, tratando de alejarlos de un dragón caído, pero hay demasiados. Ivor y sus generales nos contemplan inmóviles sin hacer siquiera el ademán de atacar. Supongo que esperan que el fuego de Cael acabe con nosotros… Un momento. Fuego. Magma. Agua. Apagar el fuego. Me llevo la mano al pecho y sonrío cuando tanteo el frasco donde duerme mi pequeño elemental.

—Ayúdanos —susurro—. Acaba con el fuego.

El tapón de la botella salta con violencia y de él surge un mar entero que barre el suelo apagando todo el fuego. Los monstruos de magma se apagan y quedan convertidos en grotescas estatuas de piedra negra y los demonios huyen de la ola que viaja a toda velocidad por toda la hondonada, encargándose de cada nuevo meteorito que estalla. Siento una oleada de gratitud hacia el no tan pequeño elemental. De momento no tendremos que ocuparnos de ese problema.

Ahleinne sigue en el suelo ante Cael, que la mira con desprecio, aunque no la ha vuelto a atacar, pero nadie parece dispuesto a darle un motivo para que le haga más daño. Asomando por encima del hombro del mago aparece de pronto la sombra de un gorro picudo de brujo que lo empuja desde la roca con tanta fuerza que vuela por encima de Ahleinne y va a caer ante nosotros. Desde la roca nos mira Jax con una gran sonrisa.

Sin dudar un instante Kotaka salta sobre él y le clava su bastón con odio. Además de todo lo que nos ha hecho, intentó quitarle su magia, así que no me entrometo en la descarga de golpes que le propina. En el suelo el mago se hace una bola para tratar de protegerse, pero la kitsune no le da tregua. Finalmente, Brigitte aparece a su lado desde las sombras y lo atraviesa con sus dagas. Jax salta desde la roca dando una pirueta en el aire.

—¿Por qué? Uno de los mejores magos que jamás he conocido, mi inspiración… ¿y te unes a Alamuerte y a ese? —pregunta al mago con su vocecilla infantil mientras apunta con el dedo a Ivor—. ¿Tus últimas palabras?

Cael levanta la cabeza lo que le permite el peso de Kotaka, que aún sigue encima de él. Mira a Jax con los ojos casi fuera de sus órbitas y la boca sanguinolenta abierta en una mueca de locura que pretendía ser una sonrisa.

—Solo quería… saber. Investigar… Pero me enganché a la muerte.

El mago hace ademán de levantarse pero Jax le pone la mano en la cara y una onda de energía acaba con su vida. El cielo se despeja al instante y regresa la luz a la sima. El elemental acaba con los últimos restos de fuego y regresa a mí a duras penas. El pobre está hecho polvo. Su apariencia normalmente cristalina está ahora turbia y agitada. Espero que pueda recuperarse.

—Gracias, nos has salvado. Ahora descansa. —Acerco el frasco y regresa a él casi con impaciencia y lo vuelvo a guardar, protegido de los golpes.

Muerto Cael la cúpula parpadea y desaparece. Ahora podemos centrarnos en Jarax… Ivor y los suyos. Ivor se pone a salvo de un salto al otro lado del río de lava. Sus generales cierran filas ante él mientras nos observan. Me vuelvo hacia Lila que tiene los ojos fijos en su hermana Aria y la provoco con un pequeño truco de taberna.

—¿Qué pasa, Lila? ¿Tienes miedo de nosotros allí escondidita detrás una barrera? ¿Temes que te hagamos dañito?

Funciona. Le ha molestado y ya no presta atención a su hermana. Pasa el peso de un pie al otro, mirándome con ira, así que sigo para darle tiempo a Aria a que llegue hasta ella.

—¿O es que tienes miedo de que nos hayamos quedado con la hermana buena?

Soy vagamente consciente de que a nuestro alrededor están pasando cosas. Isthar lucha con el impostor, Rahjmar se enfrenta al hombre de agua y su gato de hielo, Brigitte y Aridia aparecen y desaparecen ayudando donde pueden… y entonces caigo cuenta de que el tigre de fuego no está por ninguna parte. Me recorre un escalofrío y lo busco con la mirada está trepando por la pared vertical y ya casi lo tenemos encima.

—¡Rauros! ¡Cúbrenos!

Rauros asiente y empieza a levantar su muro de hielo para protegernos. Silbo a toda prisa y disparo con la ballesta en el instante en que la pantera se abalanza sobre nosotros. El virote le atraviesa certero el cráneo y el animal cae desplomado. Parece que Aria ha conseguido abalanzarse sobre Lila, pero tiene las de perder. Vuelvo a levantar la ballesta y tarareo una melodía sencilla de tres notas. No estoy segura de haber acertado porque están a demasiada distancia, pero Lila se aparta de su hermana. ¡Bien! Oh, demonios, nada de bien.

Lila se ha enfadado. Alza su muro de ramas que arroja una lluvia de flechas sobre nosotros. Nos tiramos al suelo para tratar de protegernos. Noto un dolor lacerante en un hombro. El muro de Rauros ha parado casi todas las flechas, pero una me ha herido en el hombro y Rauros tiene otra clavada en el muslo. Me asomo para ver qué está pasando. Todo el suelo a nuestro alrededor ha quedado regado de flechas y doy gracias por el muro de Rauros. Aridia está parada delante de nosotros con el arco alzado como si acabara de disparar. A lo lejos, Lila ha caído y su hermana se arrodilla junto a ella. Otro problema menos.

Al otro lado del campo de batalla, Isthar y el falso Zaret están enzarzados en una lucha vertiginosa. Los golpes de ambos se suceden tan deprisa que no soy capaz de distinguir más que un borrón. Entonces, de pronto su movimiento se detiene e Isthar se mira el costado. Zaret le ha clavado su daga profundamente.

Isthar da dos pasos hacia atrás, tambaleándose. Zaret alza su bastón para golpearla pero no llega a bajarlo. Ante él ha aparecido Aridia que le ha clavado sus dos dagas en el pecho. Aridia desaparece y reaparece Brigitte, que se acerca a ayudar a Isthar. Kotaka conjura un cono de fuego contra el falso Zaret que lo envuelve en llamas. El monje mueve el brazo alrededor de su cabeza concentrando todo el fuego de Kotaka y da la impresión de que lo absorbe con una mano, que adquiere el color del hierro al rojo vivo. Sonríe malévolamente y dirige todo el fuego que ha recogido contra Ishtar y Brigitte. Brigitte empuja a un lado a Ishtar y desaparece en las sombras, pero el fuego golpea a la felínida. Sin embargo, Isthar se pone en pie, desenfunda la daga de su hermano y de un salto se la clava al falso Zaret en el pecho con rabia y la empuja hasta que el monje cae de rodillas.

—Esto es por Zaret —dice—, por el verdadero Zaret.

Cerca de donde estamos Rahjmar pelea solo contra el tipo de agua y su gato y parece estar desenvolviéndose bien. Clava su hacha en llamas en el pecho del hombre que cae al suelo del golpe, pero el gato se abalanza sobre él y le clava los dientes en el cuello. Rahjmar no puede respirar. Alzo la mano hacia el gato tratando de repetir lo que hice aquella vez en el campamento. Me concentro en la esencia que compartimos, trato de encontrar el agua y de nuevo me invade la misma sensación de agua afilada. Abro la mano con violencia y un sonoro crack me dice que la mandíbula del gato se ha roto. Rahjmar es libre.

A mi lado Brigitte alza el arco y dispara a Lila que se estaba levantando, pero Aria desvía la flecha con su escudo.

—Es mía —dice y mirando a Lila añade—: Te dije que me dejaras ayudarte.

Aria tensa el arco y dispara a bocajarro. El cuerpo de Lila cae al suelo y su hermana se arrodilla a su lado, con todo su ser convulsionando por el llanto.

En cuanto Rahjmar recupera el aliento, vuelve a alzar el hacha y golpea con todas sus fuerzas el cuerpo del hombre de hielo que estalla en mil pedazos. El gato intenta huir pero lo detengo. Siento cada pequeña parte de su cuerpo, desde las afiladas uñas a la punta de las orejas.

—Rauros, cúbrenos. Voy a acabar con él.

Rauros se prepara para protegernos y yo me acerco al gato que está inmóvil. Entonces, poco a poco noto cómo su esencia fluye hacia mí como el torrente desbocado de un arroyo de montaña tras el deshielo. Gota a gota absorbo su poder y el gato desaparece.

Solo queda el desconocido de la armadura blanca. A su alrededor están desperdigados los cadáveres de los generales. Beorn, el enano de las montañas yace sin cabeza, Leónidas está boca abajo inmóvil y en ese instante ejecuta a Esmeralda cortándole la cabeza con su espada. Un águila se abalanza sobre él haciéndole perder el equilibrio y acto seguido una figura se materializa ante él atravesándolo con una espada. Lo primero que pienso es que es Aridia, aunque lo del águila me desconcierta, pero no. Brigitte está un poco más allá así que no puede ser ella. Es una figura encapuchada que no reconozco vestida con una túnica blanca sobre la que se ciñe una cota de malla.

—Lo siento, pero salir del mundo de las sombras es difícil. He venido a recuperar mi identidad —nos dice señalando con la hoja ensangrentada de su arma a un sorprendido Ivor—. Soy Jaraxux.

¿Cómo? Espera… ¿qué? Antes de que me dé tiempo a procesar lo que ha dicho, salta al otro lado de la sima y sujeta al maldito Ivor por el pelo manteniendo la espada bien pegada a su cuello. Mátalo. Arrójalo a la lava y que sienta una fracción de todo el dolor que ha causado. Jaraxux (el nuevo) obliga a Ivor a caminar hasta el precipicio. La luz anaranjada de la lava los baña a ambos, dando la impresión de que se encuentran al borde del atardecer.

—¿Y bien? —pregunta Jaraxux—. ¿Quién se va a sacrificar?

Maldita sea, lo había olvidado. Solo la muerte de un corazón puro y un corazón malvado arrojados a la sima sellarán a Alamuerte en su encierro.

Ahleinne echa a correr hacia el precipicio. Ha recuperado su forma humana pero está malherida. Isthar reacciona y unas ramas se enredan entre los pies de la semielfa haciéndola caer cerca del borde. Ahleinne forcejea impotente tratando de llegar, pero las ramas se lo impiden. Las lágrimas corren por su cara y yo me alegro. No importa lo que hizo, no quiero que muera.

Entonces me doy cuenta de que estoy prácticamente en el filo del abismo. No lo pienso y salto. Dije que seguiría con esto a cualquier precio y comprendo que era verdad. Ivor se precipita conmigo al río ardiente, sonriendo. Si hubiera podido elegir, la suya no habría sido la última cara que hubiera querido ver, pero supongo que la vida no es justa. Al menos sé que mi muerte valdrá para algo, tendrá sentido. Cuando la lava nos absorbe, algo negro sale de ella y un pensamiento inquietante es lo último que se me pasa por la mente, ¿por qué sonreía Ivor?

Fin del capítulo 34

Isthar arranca el puñal del cuerpo de su hermano con rabia. No era Zaret, nunca fue Zaret y sin embargo, siempre tuvo la esperanza de que siguiera allí, en alguna parte. Pero ahora su cuerpo yace sin vida a sus pies…