El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Aridia se desvanece ante la puerta de Kalum. Brigitte se acerca a la ventana para mirar dentro, pero Ishtar no espera y directamente abre la puerta y entra. Furiosa, mira a Aridia que juega a lanzar el puñal al aire con una sonrisa burlona.

—Devuélvemelo —reclama Ishtar.

Capítulo 4

Aridia asiente y el orco alza el hacha y la hunde en la arena con fuerza. Todo empieza a temblar y el monstruo emerge con furia. Trog echa a correr. Ahleinne convoca luz que se dispersa al golpear al gusano en la cara. El gusano se mete dentro de la tierra y cuando vuelve a emerger, atrapa a Jerox con sus mandíbulas. Ishtar salta para golpearlo pero también la atrapa con sus mandíbulas inferiores. Un momento… Creo que el bicho parece saber dónde estamos en todo momento. Miro a Rahjmar y por su cara me doy cuenta de que ha tenido la misma idea que yo. Trata de acercarse sigilosamente al monstruo pero de pronto la bestia lo descubre y lo atrapa con su tercer par de patas o mandíbulas o lo que sean esas horribles protuberancias. Los tres se debaten para escapar de la presa, pero sus esfuerzos son completamente inútiles. ¿Qué diablos podemos hacer

Ahleinne invoca rayos de luz para herir a la bestia pero no solo es inútil sino que quienes resultan dañados por ellos son Jerox, Ishtar y Rajhmar. Trog echa a correr hacia el monstruo. Veo mi oportunidad, tengo que comprobar mi teoría. Me adapto al paso del orco y camuflo mis pisadas en las suyas. Mientras él salta hacia la boca para liberar a Jerox, llego hasta el cuerpo del bicho y le hundo lo más profundamente que puedo mi espada en su cuerpo. Escucho un sonido siseante y el monstruo se ruge. Al retirar el arma, se forma una capa de hielo alrededor de la herida. Aridia aparece de ninguna parte y libera a Ishtar, que al caer golpea en la herida congelada del monstruo con su bastón. Al entrar la madera en contacto con el cuerpo del monstruo, estalla en llamas. La bestia se retuerce y ruge de nuevo. Enfurecida, se esconde bajo tierra llevándose a Rajhmar con ella.

—No os mováis —digo—. Este bicho detecta las vibraciones del suelo.

Nadie se mueve. Sufrimos un instante de pánico por Rajhmar. No sabemos qué hacer. Entonces, Ishtar y Brigitte se miran —en serio, ¿qué clase de comunicación suprasensorial tienen estas dos?— y parece que hayan tenido una idea. Ishtar se prepara para lanzar a Brigitte lejos, llamar la atención del monstruo con la caída y pasar a las sombras para escapar, pero calcula mal el salto y cae donde estamos las demás. Instante de pánico. Demasiado tarde para hacer nada. El monstruo sale de debajo de nosotras. Brigitte desaparece e Ishtar da una voltereta para ponerse fuera de su alcance pero a las demás nos levanta por los aires y salimos disparadas en todas direcciones.

Brigitte observa cómo el gusano, alertado por su caída, sube hacia la superficie y lanza a las demás por los aires. Detrás de él, una figura mucho más pequeña parece correr por los túneles que va dejando a su paso.

—Tenemos que darle tiempo a Jerox —grita Aridia.

Nos miramos. Trog y Aridia están en posición de ataque, inmóviles, a la espera. Entonces, todos juntos, echamos a correr hacia el monstruo. Loco por la vibración no sabe dónde atacar. Vemos cómo zarandea a Rajhmar entre sus fauces tratando de determinar dónde estamos. Trog es el primero en llegar. Lo lanza por los aires en el instante en que Jerox aparece, atrapándolo panza arriba en su red. Después llegamos los demás. Nuestras armas se hunden en la carne del monstruo, que se retuerce de dolor. Finalmente, se queda inmóvil. Liberan a Rajhmar y lo curan. Mientras tanto, me acerco a la cabeza del bicho, le arranco la gema y la sostengo en alto. Rajhmar trata de llevarse una pieza de carne pero parece que su sangre es algún tipo de ácido, porque grita de dolor cuando se le derrama en las manos y le deja unas quemaduras muy feas. Con cuidado, Kotaka se acerca y guarda un poco del líquido en unos frascos, pero parte le empapa también las manos y lanza un gritito de dolor.

—Nos vamos —dice Aridia.

Cuando llegamos a casa de Kalum lo vemos trabajando en el jardín. Se incorpora y el alivio es palpable en su expresión.

—¿Lo habéis conseguido? —pregunta.

Por toda respuesta, le muestro la gema que aún llevo aferrada en la mano con una gran sonrisa de orgullo.

—¿Qué tal? —pregunta en dirección a Aridia.

—Esta vez sí —contesta ella con una sonrisa.

Regresamos al campamento cansados pero contentos. Kalum, Aridia, Trog y Jerox nos acompañan. Pienso que adornando ciertas partes y modificando ligeramente otras puede quedar una estupenda gesta épica con la que engrosar mi repertorio. Camino tarareando entre dientes una posible melodía. Puede quedar bien.

Cuando llegamos algo no va bien. Los sonidos que salen del campamento no son los habituales de entrenamiento. Escuchamos gritos, carreras y entrechocar de metales. Uno de los guardias se acerca arrastrándose hasta nosotros. Parece muy herido.

—Jara… Jaraxux está aquí —balbucea y se desploma a nuestros pies. Está muerto.

—Tened cuidado —dice Kalum muy serio.

Definitivamente algo no va bien. Desde el otro lado de los muros nos llega el fragor de una auténtica batalla. Si Jaraxux está aquí, podemos darnos por muertos. A pesar de todo, entramos. Aridia desaparece, Trog carga y Jerox tensa el arco. El panorama que nos encontramos es desolador. Vemos a los instructores tirados en mitad de la plaza. Están muertos.

Frente a nosotros, una lancera a lomos de una pantera ensarta con su arma a Errecé, el mida que nos dio la bienvenida el primer día junto a Ivor. Cuando cae al suelo, la pantera se abalanza sobre él y le arranca la cabeza. No muy lejos de allí, Rexxar, el general raptor, cae de rodillas atravesado por la espada blanquecina de un hombre vestido de oscuro a quien acompaña un extraño felino de dientes azules. En el instante en el que la espada toca su piel, el saurio se congela y cae desmoronado. Melton carga su arco y dispara a un hombre —creo que es un hombre, aunque no puedo verle bien la cara— que viste una armadura completa de un blanco inmaculado con adornos rojos. Sin embargo, la flecha nunca llega a darle, porque el hombre desaparece convertido en una especie de neblina. Cuando retoma su forma, está junto al centauro y le atraviesa el pecho con sus dos espadas. Ishtar ve cómo Iliadel se enfrenta a un hombre que parece humano pero que tiene cuatro pares de brazos en el torso. Este extraño ser porta no uno, sino varios símbolos de monje. Cada vez que el elfo intenta golpearlo, no llega a tocarlo y el contacto con el aire hace saltar chispas. De pronto y sin previo aviso, Iliadel estalla en llamas y su cuerpo se consume a una velocidad imposible.

Sin embargo, el peor de los combates se lleva a cabo en el medio de la plaza. Ivor pelea a muerte con un demonio que blande una pesada hoja que parece hecha de fuego y carbón. Cuando el demonio intenta cortarlo por la mitad, Kalum se arroja al combate interponiendo sus hachas en la trayectoria y salvando a Ivor, que se retira malherido. Entonces, el demonio parece percatarse de nuestra presencia y todos sus aliados se vuelven a mirarnos, incluso la pantera.

Al otro lado del campamento, Khael, el único instructor que vemos con vida, parece estar sumido en una especie de trance, inmóvil sobre la empalizada.

Ahleinne conjura una esfera de luz sobre el hombre de hielo. Cuando llega a un palmo de su cabeza, se disuelve sin llegar a tocarlo y podemos ver durante un instante una especie de barrera blancuzca que parece rodearlo. Brigitte desaparece.

A su alrededor, todo es caos. Las sombras y las luces se mezclan unas con otras sin orden ni concierto. Delante de ella ve cómo Aridia ha desenfundado sus espadas y está enfrascada en una pelea con alguien. Un poco más allá, un rastro de luz se dirige hacia el resto del grupo. Se mueve apenas a un palmo del suelo. Brigitte alza el arco y dispara, pero la flecha atraviesa lo que quiera que sea eso y se clava en el suelo.

Hacia nosotros se acerca una neblina que flota a la altura del suelo. Ahleinne trata de esquivar la niebla de un salto pero se queda corta y la niebla comienza a trepar por ella y rodearla. Nos preparamos para defenderla. Rahjmar carga con el escudo contra ellos, pero una explosión de viento que parece brotar de la niebla lo arroja lejos de nosotras a la izquierda mientras hace volar a Ahleinne hacia el otro lado. Brigitte reaparece.

Solo hemos tardado cinco minutos en separarnos. Kalum estaría orgulloso de nosotros si no fuera porque seguramente esté demasiado ocupado con el tipo de la espada de fuego.

Rahjmar trata de volver con nosotras pero una flecha se le clava en la pierna, anclándolo en el suelo. Intenta moverse pero es incapaz de separar el pie de la arena. Parte la flecha y comienza a caminar con dificultad. Parece como si la pierna le pesara y tiene que arrastrarla. Ante él se alza un remolino de niebla que le corta el paso.

Ishtar y Kotaka van a cubrir a Ahleinne pero el suelo se vuelve resbaladizo bajo sus pies y pierden el equilibrio. Se ha convertido en una capa de hielo. Cuando logra recuperarse, Ishtar está delante del monje. Instantáneamente, da un mortal hacia atrás y se aleja. El monje levanta la mano y le hace un gesto para que se acerque, invitándola al combate, pero ella lo rehúye. Aprovechando un descuido, el hombre de hielo se coloca a su espalda y la atrapa, poniéndole la hoja de su espada en el cuello.

Rajhmar levanta su hacha y atraviesa la columna de niebla que prende en llamas. Sorprendido, mira el hacha. La niebla en llamas desaparece y en su lugar hay un hombre sacudiéndose el fuego de la ropa con cara de enfado. Rajhmar no pierde el tiempo y arremete contra él, pero el hombre desvía su ataque y le clava una espada.

La lancera carga contra nosotros. Cargo la ballesta y apunto a la pantera, tratando de encontrar un tiro claro. Mientras se acerca, no puedo por menos que admirar la belleza del animal. El virote silba en el aire y se clava directamente en una de las patas. La pantera tropieza y su jinete cae rodando al suelo. Cuando se yergue veo claramente que me mira irritada. A gran velocidad carga tres flechas en el arco y me apunta. No tengo dónde esconderme. No hay cobertura posible. Definitivamente no fue buena idea cabrearla. De pronto una luz desciende sobre su mano y ella grita de dolor. Suelta la cuerda del arco y las flechas caen al suelo mientras sacude la mano. No me lo puedo creer. ¿Ha sido una señal de que tenemos el favor de los elementos? Estaba muerta y nos daba por muertos a todos, pero algo lo ha impedido. Tal vez tengamos una oportunidad de ganar esta batalla.

Ahleinne lanza un grito de dolor. Se ha distraído y el gato de dientes azules acaba de cerrar sus poderosas mandíbulas en torno a su pierna. Kotaka lo golpea con su bastón para que la suelte. Brigitte vuelve a desaparecer en las sombras.

Frente a ella ve a Aridia. Está de rodillas en el suelo. Unas sombras le sujetan los brazos y la dejan completamente a merced de una figura con capucha que alza una espada para clavársela. Brigitte no duda. Alza el arco y dispara. La silenciosa flecha se dirige rauda hacia su destino y se clava con fuerza en el cuerpo del desconocido. Las sombras desaparecen y Aridia con ellas. 

Veo cómo Aridia es expulsada de la nada contra el suelo. Golpea la arena con fuerza y no se levanta. Cómo odio este lugar.

—¡Levántate, maldita sea! —le grito y alzo una mano hacia ella para curarla.

Se incorpora y justo en ese instante aparece un portal de la nada frente a ella del que sale un rakshasa. Me viene a la memoria su historia y algo me dice que ese miserable debe de ser Khan. Aridia se alza y sus ojos despiden un fulgor rojizo. La marca de su brazo brilla tan intensamente que desde donde estoy puedo distinguir con toda claridad el contorno del dragón.

—¡Acaba con ese desgraciado! —le grito.

Una sonrisa feroz se extiende por su rostro y se lanza contra él. Ambos desaparecen en un portal de sombras. Cuando se esfuman, me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo sin prestar atención a nada más. Doy gracias de seguir entera.

Ishtar golpea al hombre de hielo con su bastón y una llamarada le cubre la cara. Instantáneamente se alza frente a él un muro de hielo. Es tan denso que no se le ve. Ishtar no duda y embiste el muro con su bastón. La lengua de fuego lame la superficie y poco a poco va cediendo.

Por el rabillo del ojo percibo movimiento justo a tiempo para ver cómo la lancera tiene los brazos alzados y del suelo comienzan a levantarse raíces. Cada una de ellas sostiene una flecha que dirige hacia nosotros. Me percato de que algunas no están orientadas como las demás. Siguiendo la trayectoria, veo que se dirigen a Jerox y Trog que luchan de espaldas a nosotros un poco más allá. No queda tiempo.

—¡Jerox! ¡Trog! ¡A vuestra espalda! —grito y rezo para que no sea demasiado tarde.

Ruedo para tratar de ponerme a salvo de la lluvia de flechas detrás del hombre de viento que está despistado, pero no lo consigo a tiempo y varias de ellas se me clavan. Miro a mi alrededor y por suerte, Brigitte y Rahjmar se han librado.

Ahleinne conjura una tromba de agua sobre el monje. A priori parecía una buena idea, pero no ha servido de mucho más que para refrescarle. El monje la embiste y ella lo para con su espada, pero no tiene manera de parar el ataque de sus múltiples brazos que descargan una y otra vez sus golpes sobre ella a una velocidad de vértigo.

—El viaje no ha servido de nada… No encontraré a mi madre… —murmura.

Sus palabras son como un susurro traído con el viento. Son tan débiles que dudo si me lo habré imaginado. Entonces, su brazo comienza a emitir un resplandor rojo y la marca del dragón destella con fuerza. Ahleinne se yergue y los golpes del monje no parecen afectarla. Lo encara decidida y de pronto, vemos como dos hojas afiladas la atraviesan desde atrás, asomando por su pecho.

Fin del capítulo 4

—¡No! —gritamos al unísono.

Todo a nuestro alrededor parece detenerse. El sonido de la batalla se atenúa. Solo vemos el rostro de sorpresa de Ahleinne. Tiene los ojos muy abiertos y su boca dibuja una pequeña y perfecta “o”. Corremos hacia ella sin importarnos la pantera, el hielo o el fuego, pero una extraña luz desciende de las alturas y lo inunda todo, cegándonos.