El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

—¿Qué diablos haces aquí? —le pregunta Jaraxux.
Un hacha se estrella a sus pies, la recoge y la vuelve a lanzar. Brigitte recoge el brazo de Kotaka de la arena y mira a su alrededor. Están en mitad del Círculo de las Sombras.

Capítulo 40

Después de quedarme sin voz me siento un poco mejor. Al menos, ya no tengo la sensación de que vaya a explotar de pura frustración. Estoy cansada. Muy cansada. Han sido demasiadas cosas para un solo día, para una sola vida… Miro a mi alrededor. Este bosque es precioso Me pregunto si podría utilizar mis nuevos poderes para hacer esas cosas tan chulas que hacen los demás. He visto cientos de veces a Ishtar sacar ramas del suelo… ¿Podré? Me concentro y siento pequeñas semillas bajo la tierra. No sé muy bien qué hacer. ¿Las animo a salir? ¡Parece que funciona! ¡Oh, dioses, qué divertido es esto! Noto cómo los brotes se aceleran, buscando la luz del sol. Una maraña de ramas surge de la tierra frente a mí, pero me drena la energía qué cansado es esto.

Me apoyo en un árbol cercano y de pronto siento todo el bosque a mi alrededor. Cada planta conectada con la tierra, cada pequeño ser en sus madrigueras asustados. Me siento muy culpable por ello, he debido de darles un susto tremendo. Empiezo a entender por qué Isthar pasa tanto tiempo aquí. Esta conexión… Esta sensación de pertenecer al mundo, de estar conectado con él me da cierta paz.

Intento que las lianas que cuelgan del árbol crezcan un poco más y se enrosquen entre ellas para formar un columpio en el que sentarme. No me creo que funcione. Me encaramo y lentamente me balanceo con los ojos cerrados. Huele a verde, a vida y a humedad. Los sonidos regresan poco a poco a la normalidad y no tardan en invadir el aire los correteos de los insectos y los murmullos de los pájaros. Una bandada alza el vuelo un poco más allá, seguros de que ya ha pasado el peligro. Me pregunto si podría volar como ellos…

Cuando estoy en lo alto del balanceo salto sin pensarlo mucho. No sé si yo peso menos o el aire de mi alrededor se arremolina para sostenerme, pero la realidad es que me mantengo flotando. Es una sensación muy extraña. Intento subir despacito, pasar las copas de los árboles y llegar a las nubes a ver qué se siente, pero lo hago a una velocidad vertiginosa. Al caer la noche aún no he conseguido dominar los cambios de dirección, ni de velocidad ni absolutamente nada, pero al menos ya no me mareo. Cuando poso los pies en el suelo echo mucho de menos el aire.

Echo a caminar hacia el campamento y con cada paso que doy regresan a mí toda la ira y la frustración. Al quinto paso, el mundo desaparece a mi alrededor.

—¿Qué haces aquí? —escucho la voz de Aridia a mi derecha.

Pánico. ¿Qué ha pasado? ¿Qué diablos hago en el mundo de las sombras?

—¿Por qué me traes? —le increpo.

Aridia me mira perpleja.

—Brigitte, ¿por qué has mandado a Sáhara al mundo de las sombras? —le pregunta Aridia.

—¿Cómo? Yo no he sido.

—Yo tampoco he sido, así que arréglalo. No puede quedarse aquí.

Brigitte se concentra pero no sucede nada.

—No puedo —responde Brigitte.

Aridia se me queda mirando con cara de atontada. Debe de estar hablando con Brigitte. O eso o le ha dado un aire. Espero por mi bien que sea lo primero.

—Concéntrate y da un paso —dice de repente.

—¿Que haga qué?

—Concéntrate y da un maldito paso, Sáhara.

Qué mal genio. Ni que la culpa fuese mía. Me concentro, cierro los ojos y doy un paso deseando con todas mis fuerzas salir de ese lugar y no regresar jamás.

Mi pie toca el suelo. Me quedo con los ojos cerrados un poquito. Si no ha funcionado no quiero saberlo. Escucho el ulular de un búho y respiro aliviada. Abro los ojos para confirmar que he vuelto al bosque. ¡Qué alegría! El alivio da paso rápidamente a la curiosidad. Si Aridia y Brigitte no han sido, ¿habré sido yo? ¿Eso quiere decir que no solamente tengo los poderes del agua, el viento, el fuego y la naturaleza, sino que también podría utilizar las sombras, el hielo y el tiempo? Me paro ante un charquito en el suelo. No quiero jugar con las sombras y el tiempo me parece demasiado peligroso. Eso nos deja solo uno.

Alzo una mano y una capa de fino hielo se extiende por la superficie del agua hasta cubrirla por completo.

—¡Sí! —dejo escapar un grito de satisfacción.

Me pregunto si… tal vez… Me muerdo el labio. No, es demasiado peligroso. Pero… ¿y si funciona? Me tienta demasiado como para dejarlo pasar. Intento manipular el tiempo para que el charco regrese al momento anterior a que yo lo congelara.

Ahleinne observa a cada uno de los elegidos a través de pequeños portales en lo alto de la torre. Ishtar habla con Ventus, Rahjmar, Kotaka y Brigitte beben en la taberna y Sáhara prueba sus nuevos poderes. La ha visto jugar con las plantas, volar por los aires, pasar a las sombras y congelar un charco. El fuego ya lo ha utilizado antes, así que solo le queda una cosa por probar y es lo suficientemente curiosa e inconsciente como para no dejar de hacerlo.

—Sáhara, ten cuidado —escucho la voz de Ahleinne en mi cabeza.

Me sobresalto y miro alrededor, pero no parece haber nadie. ¿Será posible que sepa lo que voy a hacer? ¿Cómo?

—¿Cuidado con qué? —me hago la loca. No puede saber que estaba intentando utilizar el poder del tiempo.

—No hagas…

—¿Qué? ¿Nada que tú no harías? —Me parece insultante que me prevenga precisamente ella.

—Sé lo que quieres hacer —estupendo. No le bastaba con traicionarme sino que me controla también. ¿Tan poco digna soy de confianza?

—¿Ahora también me espías? Déjame en paz.

En lo alto de la torre, Ahleinne cierra el portal de Sáhara apenada.

Fin del capítulo 40

Malditas sean ella y su estirpe y maldita sea yo cien veces por albergar esperanzas. Cada vez que creo que podría ser posible, que quizá haya una esperanza, que tal vez…