El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

Después de quedarme sin voz me siento un poco mejor. Al menos, ya no tengo la sensación de que vaya a explotar de pura frustración. Estoy cansada. Muy cansada. Han sido demasiadas cosas para un solo día, para una sola vida…

Capítulo 41

Malditas sean ella y su estirpe y maldita sea yo cien veces por albergar esperanzas. Cada vez que creo que podría ser posible, que quizá haya una esperanza, que tal vez… ella se empeña en recordármelo todo. Que es imposible. Que su deber está por encima de todo lo demás. Que todo se terminará para mí más pronto que tarde…

Alejo todos esos pensamientos de mi cabeza porque no me ayudan. Mi vista se detiene en el charquito congelado. No me importa lo peligroso que sea. Si tengo acceso a este poder es porque puedo usarlo y sería una temeridad no tratar de dominarlo. Podría explotar inconscientemente en el momento más inoportuno. No. No puedo permitirme errores. Me concentro en el charco y trato de sentir el flujo del tiempo como si de una corriente familiar se tratase, pero en lugar de descongelar el charco, aparece flotando ante mí un pequeño portal circular. No, no es un portal porque no podría traspasarlo. Es más bien una ventana a la que puedo asomarme y al otro lado veo a Brigitte sentada a una mesa de madera, bebiendo. Perpleja, rodeo la ventana y la examino. Sus bordes dorados ondulan en el aire como si no pudieran estarse quietos. A que me he cargado algo… Ayayayayay. No tengo ni idea de qué es esto ni de cómo controlarlo. A ver, piensa. ¿Es el pasado? ¿El futuro? Espera. Hace un momento Ahleinne sabía lo que ibas a hacer. ¿Y si estoy viendo el presente?

—¿Brigitte? —pregunto en mi cabeza mientras observo a través de la ventana.

—¿Sáhara? —la Brigitte que veo hace un gesto, pero bien podría haber sido una casualidad.

—¿Estás en una taberna? —pregunto.

—Eh… ¿Sí? —la Brigitte que veo frunce el ceño desconcertada mientras deja la jarra en la mesa y mira a su alrededor. ¡Toma!

—¿Acabas de mirar a tu alrededor después de dejar la jarra en la mesa?

—Eeeeeh… ¿Sí? ¿Estás aquí? —Brigitte abre mucho los ojos y vuelve a mirar a su alrededor.

—No exactamente —me río—, pero no te preocupes. Era solo curiosidad.

Está bien saber que Ahleinne puede mirar no solo a través del tiempo sino del espacio. Bueno, Ahleinne y ahora aparentemente yo también. Pero si solo había cuatro elementales, ¿cómo es posible que tenga también el dominio del tiempo y de las sombras? Echo a andar hacia el campamento pensando que Jaraxux aún tiene muchas preguntas que responder.

Ishtar vagabundea por el campamento preguntándose una vez más qué sentido tiene todo esto y si algún día las cosas volverán a la normalidad. Sumida como está en sus pensamientos casi pasa por alto la figura de Jaraxux recostado en un poyete de piedra muy malherido. Apenas tiene fuerzas para mantenerse erguido. Junto a él, un azor de ojos rojizos lo observa atentamente, casi con expresión preocupada. De dos zancadas, Ishtar se coloca a su lado y lo examina.

—¡Jaraxux! ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Por toda respuesta, él intenta incorporarse pero fracasa estrepitosamente. El azor bate las alas obligándolo a tumbarse de nuevo. Ya de cerca la felínida puede apreciar que está lleno de cortes y magulladuras por todas partes, la túnica está rajada y manchada de sangre en muchos lugares y tiene una herida muy fea en el costado que no deja de sangrar.

—Ventus —invoca Ishtar en su mente—. Jaraxux está muy malherido. Necesito que Ezzio venga para curarlo pero no sé si llegará a tiempo… ¿Podría curarlo yo como hace él con su aliento?

—Claro —responde la voz tranquila de Ventus—, pero necesitas abrazar tu forma de dragón.

Ishtar abre mucho los ojos. Le viene a la mente lo que pasó la última vez, cuando Ahleinne los transformó a todos y arrasaron aquel barco que los atacaba… pero lo desecha rápidamente. No puede pararse a pensar en si debe hacerlo o no. La vida de Jaraxux pende de un hilo.

Desde su atalaya, Ahleinne observa cómo Ishtar mira fijamente su anillo, tratando infructuosamente de alcanzar su forma de dragón. La elegida del tiempo se concentra para ayudarla, pero en contra de su voluntad, nota cómo su poder alcanza no solo a la felínida, sino a todos los elegidos a los que observa a través de sus portales.

En la taberna, Brigitte da vueltas a la conversación con Sáhara mientras bebe. Cada día está más rara, y baraja seriamente la posibilidad de que algo la trastocara cuando cayó en la sima. Todo eso de la heroína elemental… ya era inestable antes, pero encima con toda esa presión… Y si lo que dijo Jaraxux era cierto… Que matar a Alamuerte la matará o la convertirá en ella…

De pronto la taberna se ha vuelto mucho más pequeña. El banco y la mesa a los que estaba sentada se ha hecho añicos y la jarra ha derramado la cerveza que quedaba por el suelo junto a su pata.

—¿Pero qué…?

—¡Mirad! ¡Mi brazo! —grita Kotaka, aunque su voz es mucho más grave y potente que de costumbre.

Brigitte la mira y ve que, efectivamente, la dragona blanca que tiene enfrente y que acaba de hablar con la voz de Kotaka tiene sus cuatro patas intactas. Frente a ellas, un dragón de un rojo brillante como el rubí la mira desde donde hace un instante estaba Rahjmar. Levanta la pata y las señala.

—Je, je, je —se ríe con una voz profunda y gutural.

De pronto, un enorme eructo sale de su garganta acompañado de una brutal llamarada que prende fuego a la taberna. A su lado, Kotaka da un respingo y sopla para tratar de apagar las llamas pero solo consigue avivar el incendio.

—Creo que he bebido demasiado… —murmura Brigitte.

A su alrededor, la taberna está completamente envuelta en llamas.

Ya desde antes de llegar al campamento veo cómo una columna de humo negro se alza desde uno de los laterales. Echo a correr temiéndome lo peor. Nos han encontrado. Kalambur y Alamuerte han llegado y yo no estaba para detenerlos.

—No, por favor —ruego corriendo lo más rápido que puedo.

Traspaso el arco de entrada a toda velocidad. No hay guardias, pero no soy capaz de acordarme de si los había cuando me fui. Estoy cada vez más y más nerviosa.

—No puede ser, por favor, por favor —elevo una plegaria no sé muy bien a qué dioses.

Doblo en la plaza para enfilar la vía principal que cruza el campamento de este a oeste y me adentro entre las construcciones de madera siguiendo el humo. Conforme me acerco, empieza a espesarse y calentarse el aire, pero solo huele a madera quemada. No sé qué esperaba, pero me alivia. Tal vez solo haya sido un incendio fortuito.

Por fin me encuentro ante la pira en llamas de lo que era una taberna. La misma taberna en la que me refugié mi primera noche, aquí cantando a coro con otros bardos. Siento una pequeña punzada al pensar en que ninguno de ellos está ya. No los conocía. Ni siquiera recuerdo sus nombres ni sus caras. Por suerte, antes de que me atrape la angustia otra vez, me distraen tres dragones saliendo del incendio. El rojo va dando tumbos y apenas puede ponerse en pie. Una dragona negra y otra blanca caminan a ambos lados tratando de evitar que se caiga.

Todo el miedo se convierte en pura rabia e invoco una enorme ola que se descarga sobre el fuego consumiéndolo casi al instante. Apenas deja en pie la estructura de vigas carbonizadas de lo que fue el establecimiento y hasta eso acaba por venirse abajo por el peso del agua. Sin mediar palabra, me doy la vuelta y me voy. No quiero saber nada de esto.

Fin del capítulo 41