El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

—¡No! —gritamos al unísono.

Todo a nuestro alrededor parece detenerse. El sonido de la batalla se atenúa. Solo vemos el rostro de sorpresa de Ahleinne. Tiene los ojos muy abiertos y su boca dibuja una pequeña y perfecta “o”. Corremos hacia ella sin importarnos la pantera, el hielo o el fuego, pero una extraña luz desciende de las alturas y lo inunda todo, cegándonos.

Capítulo 6

No hay castigo peor que ese malnacido demoníaco pudiera haberle dado a Kalum. Ahora su alma quedará para siempre atrapada hasta que alguien destruya a quien ultrajó su cadáver. No podrá reunirse con sus seres queridos. Hasta que ese monstruo no muera, Kalum no tendrá reposo.

Ivor se nos acerca lentamente. No hay rastro de Khael. Tampoco del demonio.

—Esto no tenía que haber pasado —nos dice—. Dadle un entierro digno.

No le entiendo cuando habla. No entiendo lo que dice. ¿De qué está hablando? ¿Entierro? ¿Digno? ¿No ha visto lo que ha pasado? ¿Qué esperaba, que nos aplaudieran? Escucho a Rajhmar gritar de pura rabia y frustración. Me saca de mis pensamientos y me acerco. Me gustaría poder gritar con él, sacar toda esta rabia que tengo dentro, pero no me sale nada. Solo puedo abrazarlo y prometerle algo que me prometí a mí misma en el instante en que ese desgraciado le cortó la cabeza a Kalum:

—Lo mataremos.

Aridia apenas puede ponerse en pie. Jerox la sostiene durante todo el camino hasta la casa de Kalum. Entre Trog y Rahjmar transportan el cuerpo amortajado de Kalum. El resto arrastramos los pies detrás. Nadie dice una palabra. No entiendo qué es lo que ha pasado. ¿Kalum ha muerto? Pero… eso es imposible, ¿no? Era… es… inmortal. ¡No puede morir! No es posible. Definitivamente no puede ser. Es el héroe de La destrucción de Gheredar y de otros cientos de historia. No puede haber muerto. ¡Es un héroe! Los héroes no pueden morir… Noto cómo las lágrimas corren por mis mejillas. No puedo contenerlas. Cierro las manos en puños y la rabia me vuelve a invadir. Son todo mentiras. Bellas mentiras entretejidas para que parezcan verdades, pero mentiras al fin y al cabo.

Cuando llegamos a la casa, Rahjmar y Trog dejan el cuerpo en el suelo. Jerox aún sostiene a Aridia y nos pide que la llevemos dentro y descansemos mientras preparan el cuerpo. La casa parece oscura y vacía sin la figura del imponente orco de acá para allá, cocinando, en el jardín… Me resulta hasta gracioso que lo que recuerde de él sean cosas tan cotidianas y tan poco apropiadas para una leyenda sobre un gran guerrero orco… Y toda la rabia regresa. Son todo mentiras. Estúpidas y absurdas mentiras que solo sirven para llenarle la cabeza de pájaros a los más jóvenes y mandarlos a morir a la guerra. Las lágrimas se me agolpan en los ojos y apenas puedo ver nada, pero no puedo retenerlas.

Aridia se pone lentamente en pie. Se lleva las manos al cuello y se quita un colgante que lleva puesto, mientras se acerca a la pared donde hay una especie de caja fuerte.

—Me preparaste para este momento… —dice—, pero yo no sé si estoy preparada.

Duda, pero finalmente la abre. Del interior saca un retrato de Kalum y lo coloca entre su mujer y su hijo. Cuando lo hace, se escucha un clic y parte de la pared se desplaza, dejando a la vista un arsenal de armas muy elaboradas. Cada una de ellas lleva una etiqueta con un nombre. Del fondo de la pared sale una mujer semitransparente de piel verde y rostro amable. Es idéntica a la orca del cuadro que aún cuelga de la pared.  Se inclina hacia Aridia y le acaricia tiernamente la cara.

—Tranquila, lo recuperaremos —le dice, y Aridia cierra los ojos ante ese contacto. Después se gira hacia nosotros—. Soy Zafiro la esposa de Kalum. Kalum no solo tenía el poder de ser inmortal. También podía ver el interior de las personas, ver el auténtico motivo que las mueve y por eso creó esto para vosotros.

Toma de la pared un hacha con dos cabezas. Una de ellas tiene labrado a lo largo de todo el metal llamas ondeantes; la otra, geométricos cristales de hielo.

—Rahjmar —dice Zafiro y se acerca al bárbaro—. Tuya es la furia.

La mitad del hacha estalla en llamas, pero la mitad helada permanece inmutable. La inclina levemente hacia un lado y las llamas desaparecen.

—Pero la calma a veces es reconfortante. —La otra mitad del hacha se ilumina con un resplandor azulado mientras la parte llameante se mantiene opaca—. Encuentra tu equilibrio y encontrarás tu fuerza.

El hacha emite entonces un resplandor azulado y naranja y Zafiro las separa. La mitad del hacha está envuelta en llamas y la otra mitad la cubre un hielo azulado y brillante que da escalofríos solo de mirarlo. Cuando se extingue el fulgor, vuelve a unirlas y se las entrega.

Se vuelve a la pared y descuelga una gran espada con una elaborada empuñadura que recuerda a las alas de un ave… o de un ángel. Se vuelve y camina en dirección a Ahleinne. El arma tiene tres oquedades labradas en la empuñadura.

—Ahleinne —dice Zafiro y blande la espada ante ella—. Kalum sabía que tu madre estaba contigo en todo momento, velando por ti.  ¿Me permites?

Zafiro tiende su mano en dirección a la espada de Ahleinne. Dubitativa, ella se la entrega. Zafiro toma cada espada en una mano y lentamente las acerca. Entonces se produce un estallido de luz y ambas se funden en una bella arma.

—Los que ya no están nos protegen. Siempre estarán con nosotros —le dice, mientras le tiende el arma.

Regresa una vez más a la pared y en esta ocasión toma con delicadeza un arco. Cuando la luz de las velas incide sobre su superficie le arranca reflejos irisados en mil tonos de verde.

—Brigitte —dice, mientras tiende el arco hacia ella—, este es el arco del bosque. Si te encuentras rodeada de vegetación, jamás te faltará la munición ni errarás el tiro. Aridia vio en ti la ira. Kalum, la calma. Como en la naturaleza, ambas habitan en ti y pueden hacerte poderosa, siempre que las controles y no sean ellas quienes te controlen a ti. Halla la paz en tu interior.

Cuando Brigitte coge el arco, podemos ver que toda la madera está cuidadosamente labrada con escamas. Al moverlo para verlo mejor casi da la impresión de que se trata de una serpiente que podría deslizarse sinuosa entre sus manos al primer descuido.

Cuando levantamos la vista del arco de Brigitte, Zafiro ya está ante Ishtar sosteniendo un sencillo bastón de madera cuyos extremos están tallados con delicadeza y esmero.

—Ishtar —dice Zafiro mientras le entrega el bastón—. Kalum entrenó a tu hermano antes de conocerte y siempre tuvo claro quién era el hielo y quién el fuego. Él transmitía tranquilidad y calma hasta en el momento más caliente.

Inclina el bastón hacia uno de los extremos que comienza a emitir una luz azulada, similar a la del hacha de Rahjmar. Parece tener dos filos encajados formando una cruz.

—Sin embargo tú —continúa—, tienes el fuego en la mirada.

Inclina el bastón hacia el otro lado para mostrar una elaborada cabeza de dragón que se enrosca sobre la madera como si fuera serpiente. Emite un extraño resplandor rojizo.

—Por eso creó esto para ti. —Coloca el bastón en horizontal sobre las palmas de sus manos y ambos extremos brillan a la vez—. Este bastón es el equilibrio entre vosotros.

Se acerca a la pared que cada vez está más vacía y toma otro bastón, más pequeño que el anterior. Me asalta la idea de que no quiero nada. No hay nada que pueda darme que llene el vacío que ahora mismo siento.

—Kotaka —dice Zafiro—. Durante vuestro entrenamiento Kalum os entregó armas especiales a todos vosotros. A todos menos a ti. Eso pudo dolerte, tal vez, pero algo de este poder lleva tiempo forjarlo.

Le entrega un bastón de madera retorcida coronado por una cabeza de animal con cuernos. Entre las astas flota un cristal que brilla con una intensa luz azul cielo. Cuando las manos de Kotaka tocan la madera, la intensidad de la luz aumenta y llena por completo la sala. Cuando se retira, hay un pequeño dragón de color azul hielo flotando junto a Kotaka. La mira con aire risueño y juguetón.

—Una maga tiene que estar siempre protegida —dice Zafiro con una sonrisa.

Solo quedan dos armas en la pared. Zafiro descuelga un pequeño artefacto de apenas un palmo de tamaño y se acerca a mí. De nuevo me asalta casi con furia el pensamiento de que no quiero nada, que nada de esto va a devolver al mundo al lugar en el que debería estar, que todo esto no tiene ningún sentido. Pero no digo nada. No tengo fuerzas para decir nada. Simplemente espero a que venga.

—Sáhara —dice y tiende su mano hacia mí—, dame tu mano.

Extiendo la mano derecha y me la toma entre las suyas. Es un contacto extraño. Puedo ver a través de ella pero la siento tan sólida como si estuviera aquí. Con suavidad me coloca el artefacto en la muñeca y ajusta las correas. Puedo ver que hay unas notas escritas en su superficie. Parece una partitura.

—No hace falta que la música se toque con un instrumento. La verdadera música nace del corazón —dice.

En mi mente resuenan involuntariamente las notas mientras las leo y siento que un grito mudo se me congela en la garganta. Pienso en Kalum, en su muerte. En lo cerca que hemos estado de la muerte. En toda la gente que ha muerto hoy y en toda la que morirá más adelante. Pienso en mis padres, en que quizá no vuelva a verlos nunca más. No puedo cantar. No sé si seré capaz de hacerlo nunca más. Sin embargo, esa melodía sigue dando vueltas en mi cabeza, como una serpiente. No puedo sacármela y muy sutilmente y con más fuerza después me descubro silbándola. El sonido parece activar un mecanismo porque lo siento vibrar en mi muñeca y se despliega una pequeña ballesta.

—Donde quieras que la flecha vaya, allí irá —dice Zafiro.

Ya solo queda una daga en la pared. Zafiro la observa un instante antes de tomarla por el mango. El arma parece hecha a su medida, como una extensión de su propio brazo. Mira a Aridia y se acerca a ella con la daga en la mano.

—Aridia —le dice. Su tono es casi maternal—. Kalum te acogió, te entrenó y te quiso como a su propia hija. Kalum no fabricó esta arma para ti, pero sabes a quién pertenece.

Aridia desenfunda una de sus dagas y se la ofrece a Zafiro. Ella cierra la mano de la elfa sobre la empuñadura y sus ojos se tornan rojos, igual que lo hicieron horas antes en el campo de batalla.

—Él dejó un mensaje para ti. —Levanta la daga y se la ofrece. Tiene una piedra verde en la empuñadura—: “Tú tienes tus Rubíes, yo te entrego a mi Zafiro”.

Aridia toma la daga con la otra mano y se pone tensa. La daga de la derecha emite un resplandor rojizo y la de la izquierda, verdoso. Cuando levantamos la vista de las armas, uno de los ojos de Aridia es rojo. El otro, verde.

—Los dos estaremos siempre contigo —dice y le da un beso. Después, se aleja—. Kalum lleva esperando este momento mucho tiempo, pero se lo han arrebatado. Él esperaba encontrase con su hijo y conmigo. Sin embargo, no sabe que su hijo sufrió el mismo destino que él. Mientras Jaraxux viva, ninguno de los dos podrá descansar. A mí ya no hay nada que me ate a esta tierra. Por favor, recuperad a mi marido y a mi hijo y permitidles descasar. Buena suerte.

Su silueta se esfuma lentamente y la habitación se queda en silencio. Las armas ya no brillan y su aspecto queda reducido al de mortíferos y bellos objetos de metal común. Los ojos de Aridia también han vuelto a la normalidad y mira con una mezcla de tristeza y desconcierto las dagas que sostiene en ambas manos. Una solitaria lágrima rueda por su mejilla.

Zafiro

Nos ponemos en pie y salimos fuera. En el huerto, Trog y Jerox han terminado de cavar y se alza ante ellos un montículo de tierra coronado con un hacha. Ambos clavan sus armas en el suelo y se arrodillan ante la tumba. Aridia los imita y uno tras otro le presentamos nuestros respetos. Trog es el primero en tomar la palabra:

—De pequeño jugaba a ser el gran Orco Inmortal de las canciones y leyendas, soñaba con llegar a ser algún día tan poderoso como él. Crecí y entrené duro, siempre más y más duro, para ser como tú. Quien me iba a decir que llegaría a conocerte y entrenar junto a ti. Gracias Kalum por todo lo que me has enseñado. Vengare tu muerte y te devolveré tu alma.

Un silencio se extiende por el lugar. Entonces Jerox intenta hablar pero las palabras se le atascan en la garganta. Finalmente, lo consigue:

—Yo… yo… —suspira—, yo nunca he creído en el reinado por sucesión. Si algún día reinaba en Telaraña quería que fuera porque mi pueblo veía en mí un líder justo y valiente al que seguir. Por eso vine aquí. Estaba perdido y nadie me tomaba en serio hasta que te conocí. Gracias por enseñarme el camino. Conseguiré ser el Rey que tú veías en mí.

Su declaración comienza con la cabeza alta, pero al terminar, la ha enterrado entre las manos. La mirada de Aridia no se aparta del montículo cuando toma la palabra. Su voz es casi un susurro.

—Lo has sido todo para mí, me has enseñado todo lo que sé. A sobreponerme a la ira y al rechazo, a ser inteligente y a entender que hay mucho más allá de las personas que nos rodean. Hay un mundo, una historia, una vida, un sentido. Sin yo saberlo me has estado preparando para este momento… —Su rostro pasa de la tristeza a la seriedad y de esta a la ira. Casi entre dientes continúa—: Juro que no te defraudaré, acabaremos con Jaraxux y te liberaremos. Te lo prometo.

Rahjmar es el primero de nosotros en tomar la palabra. Su hacha está clavada en la arena y él tiene hincada una rodilla en el suelo. Su rostro es una máscara de ira.

—Me enseñaste que había otra forma de hacer las cosas. Que lo que hago puede poner en peligro a los demás. Que a veces es mejor pararse a evaluar la situación antes de lanzarte al combate. Te prometo que mataremos a Jaraxux y recuperaremos tu alma.

Kotaka está arrodillada junto al sepulcro, con los hombros hundidos. El dragón está enroscado sobre sus hombros y tiene la cabeza apoyada en su pecho.

—No pude hacer nada. Estaba allí y fui incapaz de hacer nada. —El dragón apoya el morro en su mejilla. Ella lo mira y le acaricia la cabeza—. Pero te prometo que me haré más fuerte.

Ahleinne tiene la cara surcada por las lágrimas que le ruedan inagotables por las mejillas.

—Me he pasado toda mi vida buscando algo y sólo al conocerte lo encontré. Te lo debo todo.

Brigitte está seria. Tiene una mano apoyada en su arco, la rodilla en la tierra y la cabeza gacha. Cuando Ahleinne termina de hablar, se yergue y mira fijamente a la tumba.

—Cuando arrasaron mi pueblo pensé que ya no quedaba nada más por lo que luchar, nadie que me importara ni a quien defender. Estaba sola. Sin embargo, me hiciste ver que siempre habrá quienes necesiten mi protección. —Nos mira a todos—. Contad conmigo.

Ishtar está de rodillas sobre la hierba, escuchando con los ojos cerrados. Cuando termina, mira a Brigitte y le sonríe. Después, su rostro recupera su habitual expresión tranquila.

—A veces el destino puede ser cruel y sin sentido —dice—, pero al igual que te unió a mi hermano, ahora me ha traído hasta ti. Prometo que no dejaré que tu muerte haya sido en vano.

Vagamente me doy cuenta de que todos han hablado ya y de que debería decir algo, pero las palabras se me han atascado en la garganta. Me resultan ásperas, forzadas, totalmente fuera de lugar aquí. Aquí no tienen cabida las canciones. No caben las mentiras. Este es un lugar de héroes de verdad, de historias reales, de personas reales que dan su vida para proteger a los suyos. De lealtad, de valor y de nobleza.

—Yo vine dispuesta a convertirme en el mejor bardo que jamás hubiera existido en Voldor. —Me sorprendo del sonido de mi propia voz. No recuerdo haber empezado a hablar—. Quería escribir una gran historia, la mejor de las historias. Quería fama y gloria. Que mi nombre pasara a la historia… ¿Cómo pude ser tan necia? Tú nos acogiste aunque no lo merecíamos. Nos enseñaste aunque tal vez no fuera la mejor idea. Nos diste esperanzas. Y luego diste tu vida por salvarnos a pesar de que no nos debías nada… Yo te juro, Kalum, que aunque me cueste la vida, os liberaré a ti y a tu hijo del bastardo de Jaraxux.

Los efectos de la lluvia de meteoritos se hacen patentes conforme nos vamos acercando a la empalizada. El campamento está desierto. No hay guardias. No sabemos qué habrán hecho con el resto de soldados, pero sus cuerpos ya no están. Los restos de sangre en la arena son los únicos testigos de la batalla. Ascendemos por las escaleras hasta el cuartel central. Las puertas están abiertas y nadie nos impide el paso. Al entrar, nos cruzamos con otra partida de guerreros que se despiden de Ivor y nos hacen una reverencia al salir. Son una orca, un rakshasa al que acompaña un pequeño gato, una centaura, un felínido y un enano. No sabemos quiénes son.

Ivor nos da la bienvenida. Está sentado en la misma silla que la última vez, pero todas las demás a su alrededor están vacías. Su ausencia le pesa como una roca sobre los hombros.

Ivor

—Bienvenidos y gracias por venir. Primero, quisiera deciros que nada de esto tenía que suceder. No sé cómo los seguidores de Alamuerte descubrieron el campamento y nos atacaron.

¿No lo sabes? ¿De verdad? Me gustaría gritarle. ¡Mandasteis bardos a todos los rincones! ¡Proclamasteis en todas direcciones vuestro desafío! “¡Derrotaréis a Alamuerte!”, decíais, “Venid aquí a probar vuestra fuerza”. Era una maldita invitación abierta. “Ven, Jaraxux, destrúyenos cuando aún no nos hemos organizado”. Pero no tengo fuerzas. Todo esto me da igual. No tengo ganas de buscarle un sentido. Creo que ha seguido hablando, pero no lo he escuchado.

—Reclutaremos un nuevo ejército, esta vez con mayor discreción, pero vuestra misión, si la aceptáis, será otra. Tenéis que ganaros el favor de los elementos. Sin embargo, debo advertiros. Ha sucedido algo con lo que no contábamos, algo impensable. Los soldados de Jaraxux controlaban los elementos.

Lo sabemos. Lo vimos y lo sufrimos. Empiezo a pensar que Ivor no sabe nada de nada. No tiene ni idea de lo que significa todo esto. Escuchó una profecía –si es que lo hizo– y ya se creyó con derecho a desafiar al universo. Maldito iluso. Desearía cogerlo por las solapas y zarandearlo. En qué pensaba, por el amor de los dioses, mandando a niños a la guerra… Me dan ganas de vomitar. Quiero salir de aquí.

—¿Aceptáis la misión? —nos dice. Detecto casi esperanza en su mirada. Necesito salir de aquí.

Todos asienten. Que asientan. Si esto me lleva un paso más cerca de destruir a Jaraxux, lo daré. Asiento también.

—En ese caso, el primero de ellos es la naturaleza y Araxx, su custodio.

—¿Araxx? —preguntan a un tiempo Jerox e Ishtar—. ¿No estaba muerta?

—No, no lo está —responde Ivor—. Tenéis que ir a Quelizantor a ver al nuevo regente. Su nombre es Jax.

—¿Quién es Jax? —pregunta Kotaka.

—Os lo contaré más tarde —responde Ishtar y Ivor asiente—. Ahora debemos ponernos en marcha.

Antes de salir, Ishtar se acerca a Ivor y pregunta por Khael. Ivor dirige una mirada al otro lado de la sala y vemos cómo el mago se encuentra atado y amordazado flanqueado por dos guardias.

—La magia se apoderó de él —dice por toda explicación.

Ojalá se hubiera muerto, pienso para mis adentros, pero luego una idea más oscura la sustituye. No, ojalá que viva una vida larga y cargue con la culpa hasta el fin de sus días. Ojalá su estupidez le pese como una soga al cuello que lo estrangule día tras día hasta que sea incapaz de soportarlo. Ojalá pague cada segundo que permanezca consciente por lo que ha hecho y no encuentre descanso jamás.

Fin del capítulo 6

Dos días nos lleva llegar a Quelizantor. Las noches de primavera resultan cálidas en estos bosques, así que las pasamos al raso. Aun así, encendemos una buena hoguera en la que calentar la cena. No tengo hambre, pero me obligo a comer y a beber igualmente. Estar deshidratada y desnutrida no me ayudará si nos vuelven a atacar. Al terminar, Ishtar toma la palabra…