El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

No le entiendo cuando habla. No entiendo lo que dice. ¿De qué está hablando? ¿Entierro? ¿Digno? ¿No ha visto lo que ha pasado? ¿Qué esperaba, que nos aplaudieran? Escucho a Rajhmar gritar de pura rabia y frustración. Me saca de mis pensamientos y me acerco. Me gustaría poder gritar con él, sacar toda esta rabia que tengo dentro, pero no me sale nada. Solo puedo abrazarlo y prometerle algo que me prometí a mí misma…

Capítulo 7

Dos días nos lleva llegar a Quelizantor. Las noches de primavera resultan cálidas en estos bosques, así que las pasamos al raso. Aun así, encendemos una buena hoguera en la que calentar la cena. No tengo hambre, pero me obligo a comer y a beber igualmente. Estar deshidratada y desnutrida no me ayudará si nos vuelven a atacar. Al terminar, Ishtar toma la palabra:

—Jax fue uno de los que se enfrentaron a Araxx. Era el discípulo de Ivor —hace una pausa—. Hace un año, mi hermano Zaret y cuatro aventureros más partieron con él de Quelizantor acompañados de un araina llamado Gael, el hijo de Araxx.

Uno o dos de los presentes sueltan un “oh” de sorpresa, parece que después de todo no todo el mundo lo sabía, pero el tono de Ishtar es de tristeza cuando pronuncia su nombre. Siento que me mira, como invitándome a aportar algo pero no levanto la vista del fuego. Me vienen a la mente retazos de La balada de Gael, del Cantar de Zarety de otras historias pero soy incapaz de hilarlos. Cada vez que lo intento, las palabras me rehúyen y las notas se alejan. Ojalá termine de hablar pronto y pueda irme a descansar. No creo que pueda dormir, pero al menos estaré a solas con mis pensamientos. Parece que se da por vencida conmigo y retoma el relato. Menos mal.

—Juntos derrotaron a Araxx y evitaron que destruyera Araina, pero Gael no logró salir. Dio su vida para proteger a los demás.

—Entonces —interviene Brigitte—, ¿no valió de nada lo que hicieron?

—No destruyó Araina —responde Ishtar con cierto recelo.

—Pues vaya héroes… —rezonga Brigitte y arranca una mirada de odio del habitualmente afable rostro de Jerox.

—Consiguieron que no despertase y destruyera todo, Brigitte —añade Ishtar en un intento de devolver la conversación a su cauce.

—¿Tan poderoso es ese Araxx? —pregunta Ahleinne.

—Ella —responde Ishtar— es un híbrido de araina y araña.

—Parece que lo que está pasando ahora es inevitable —dice Rajhmar.

—Hicieron lo que pudieron —sale en su defensa Kotaka.

—Y lo hicieron bien —añade Ishtar.

—Alguien pudo resucitarla después de que la mataran —añade Kotaka—. No es imposible si se tiene el suficiente poder… Y desde luego hemos visto que a Jaraxux no le falta.

—Eso es cierto —interviene Rajhmar—. Además, ahora tiene muchos seguidores.

—¿Tan poderoso es? —vuelve a preguntar Ahleinne.

Esta vez es Jerox el que toma la palabra.

—Ella solita arrasó Araina, mató a su padre y casi mató al mío. El poder de su mente es enorme. Puede controlar a cualquiera que se le acerque, volverlos locos…

—El propio Jax fue controlado por ella —añade Ishtar.

—Tal vez él sepa cómo enfrentarse a ello —dice Brigitte.

La conversación continúa un rato más pero ya no le presto mucha atención. El crepitar del fuego me resulta de alguna forma reconfortante y me permito perderme en la danza de sus llamas. Tal vez haga la primera guardia esa noche o la última, no lo sé, pero no pego ojo. Cuando nos ponemos en marcha noto en el cuerpo cada uno de los minutos pasados en vela que se añaden uno tras otro al nudo que me aprieta el estómago. Sin la música… ¿qué me queda?

 

Llegamos a Quelizantor a la mañana siguiente. Dos guardias flanquean las enormes puertas de la ciudad. No nos quitan los ojos de encima mientras nos aproximamos. Imagino que un grupo de guerreros armados acercándose a tu ciudad siempre es motivo de preocupación. Nos dan el alto a unos metros de la entrada.

—¿Quiénes sois y qué os trae a la ciudad?

—Venimos buscando a Jax. Somos del campamento —dice Brigitte señalando hacia el camino.

—Esperad… —nos dice titubeando uno de los guardias. Es humano y debe de rondar los treinta—. ¿El campamento? ¿Qué ha pasado?

—Nos atacaron. Fue una masacre. Somos los pocos supervivientes que quedan —responde Rajhmar.

El otro guardia, un kitsune mucho más joven que su compañero, abre los ojos desorbitadamente.

—¿Y mi hermano? ¿Habéis visto a mi hermano? ¿Qué le ha pasado?

—¿Cómo se llamaba? —pregunta Brigitte, pero juraría que lo hace por pura cortesía.

—Jerome. Se alistó hará unos meses. Es un poco más joven que yo… —conforme habla, su voz va perdiendo fuerza.

—No queda nadie más que nosotros —le dice Rajhmar sombríamente.

El joven se desmorona. Su compañero nos franquea el paso y nos indica cómo llegar al palacio de Jax. Ojalá pudiera arrodillarme junto a ese muchacho y decirle que todo va a salir bien, que la muerte de su hermano no ha sido en vano, que todo tiene un sentido… Pero no lo creo. Todas las muertes han sido en vano y solo es cuestión de tiempo que Jaraxux nos encuentre a todos y nos mate uno por uno. O que despierte a Alamuerte y arrase el continente. ¿De qué sirve todo este sufrimiento? ¿Para qué tanta muerte?

La ciudad está animada, hay gente en las calles, música en las tabernas y las tiendas están abiertas. ¿Cuántos padres y madres aún no saben que tendrán que llorar a un hijo? ¿Cuántos hijos habrán perdido a su padre o a su madre? Noto que me hierve la sangre. Si no controlo estos pensamientos acabaré haciendo alguna estupidez, pero cada vez van a peor.

Brigitte, Kotaka y Ahleinne levantan la cabeza y ven a un rakshasa encaramado al tejado de uno de los edificios más altos de la ciudad. Parece otear el horizonte con curiosidad. Cuando pasamos, nos observa.

Ante nosotros se alza la escalinata del palacio. Antaño debió de ser de un blanco inmaculado y el sol debía de arrancarle hermosos colores al atardecer, pero ahora es completamente negra, como si una gran bola de fuego la hubiera calcinado. Parece una metáfora perfecta de lo que siento. A veces la ironía del universo me sobrepasa.

Las puertas del palacio están abiertas y los guardias nos observan pero no nos impiden el paso, así que atravesamos el enorme recibidor y llegamos a lo que debe de ser la sala de audiencias. El sonido de la música nos llega antes de que entremos. La habitación es de techos altos y está poblada de columnas. Un kitsune la atraviesa dando saltitos al ritmo de la música de un conjunto de bardos que tocan en uno de los laterales. Lleva un sombrero picudo y un bastón coronado con una enorme luna menguante. Es muy pequeño. En ambos sentidos. Es muy bajito y parece joven.

—¡Hola! —nos saluda efusivamente sin detenerse—. Sois… ¿Quiénes sois?

—Hola —dice Brigitte—. Venimos buscando a Jax.

—¡Anda! ¡Qué casualidad! Yo soy —nos dice con una gran sonrisa.

Se me cae el alma a los pies. No tengo ganas de discutir con un crío hiperactivo. ¿En qué carajos estaría pensando Ivor al dejar a un niño al mando de la ciudad? Esto ya no es una cuestión de inconsciencia. Empiezo a pensar que es un maldito loco y nadie se ha dado cuenta todavía.

—¿Tú eres el gobernador de Quelizantor? —pregunto con más amargura de la que me gustaría.

—El regente —puntualiza Jax irguiéndose con orgullo.

—¿No eres demasiado joven para ser Jax? —pregunta Ahleinne.

Jax la mira interrogante.

—¿Cómo te llamas?

—Ahleinne.

—¿No eres demasiado vieja para ser Ahleinne?

La cara de confusión de Ahleinne es casi cómica.

—Yo maté a Araxx —dice Jax y su declaración nos pilla por sorpresa.

—¿Cómo? —pregunta Ishtar—. ¿Tú mataste a Araxx?

Mira que lo dudo. Este niño tiene más pinta de que se quedó asustado en un rincón o que ni siquiera estaba allí.

—Sí —responde él—, con mi daga de emergencia. Estaba todo perdido y en el último segundo, ¡zas! Le clavé mi daga al monstruo.

Ilustra su explicación risueño con mímica, sosteniendo una daga invisible y matando con ella a un monstruo gigante que tampoco existe. Se para en mitad de un salto y mira a Ishtar.

—¡Anda! ¡Tú también tienes una daga de emergencia! —le dice mientras señala la daga de su hermano.

—Queremos encontrar a Araxx —dice Brigitte.

—Pues yo no sé dónde está —contesta Jax encogiéndose de hombros—, pero el medallón es la clave. He probado de todo para que funcione. He leído todos los libros de la biblioteca, recitado todos los conjuros habidos y por haber, rituales, pociones…

Su cara es la de un niño enfurruñado porque no puede resolver un rompecabezas. Dios mío, ¿de verdad que el sabio y magnificente Ivor está en sus cabales? No puedo, mira, no puedo con esto. Quiero salir de aquí.

—Como nada funcionaba, se lo hice llegar a alguien que a lo mejor podía descubrirlo. —Señala a Ishtar, que lo mira sorprendida y saca el medallón que le dio Ivor.

—¿Has probado a exponerlo a la música? —digo y me arrepiento en el mismo instante porque todos se giran a mirarme.

—¿A la música? —inclina la cabeza como si fuera un perrillo—. No, pero, ¿por qué no pruebas?

—Tienes un conjunto estupendo de bardos a tu disposición. Que toquen ellos —digo y me doy la vuelta, pero Jax no parece dispuesto a dar por terminada la conversación.

—¿Y qué les digo que toquen?

—El medallón te lo dio Gael, ¿no? ¿Eso no te dice nada?

—Um… —murmura—. Música araina… música araina…

Se lleva la mano a la barbilla pensativo como si tratara de recordar algo.

—No conocía a Gael lo suficiente para saber qué música le gustaba —dice mientras se encoge de hombros.

—Por la diosa. —Este niño me exaspera—. La balada de Gael, Jax, La balada de Gael.

—¡Ah! ¡Claro! —se da una torta en la frente y se dirige a sus bardos—: ¡Tocad La balada de Gael!

Los bardos comienzan a tocar las notas. No es la original, es un arreglo para varios instrumentos, pero aun así cada una de las notas se me clava como si fuera un puñal. Necesito desesperadamente salir de aquí. Cruzo los dedos para que funcione y podamos terminar con todo cuanto antes, pero sé que no va a funcionar. No es la canción, es quién la toca y cómo.

—Creo que deberías tocar tú, Sáhara —oigo la voz de Ishtar—, como la última vez.

Eso era lo que temía oír, pero no puedo tocar. No lo entienden. La música se ha marchado, se ha acabado. Ya no está. Tengo que salir de aquí. Tengo que salir. Necesito aire.

—Dejadme en paz —digo y me largo de allí.

—¿Qué le pasa? —escucho a mis espaldas, pero no me detengo. Quiero encontrar una taberna donde me sirvan hasta que caiga fulminada. Necesito dejar de sentir.

Ahleinne me alcanza al pie de las escaleras.

—¿Qué te pasa?

—Que me dejes en paz

—Pero Sáhara, ¿qué te pasa?

—¿Me quieres dejar en paz? —¿De verdad es tan condenadamente difícil de entender que quiero emborracharme hasta perder el sentido porque odio ese mundo de mierda?

Ahleinne me intercepta y me pone una mano en la cara. Eso es cruzar la línea. Le pego un bofetón.

—¡Que me dejes en paz! —grito y me meto en la primera taberna que veo.

No hay músicos. Gracias al cielo. Voy hasta la barra y pido un trago de lo más fuerte que tengan. Me lo llevo hasta una mesa. No voy ni por la mitad cuando alguien se me acerca. Joder, ¿ni diez minutos puedo estar sola? ¡Por el amor de dios, no quiero saber nada de nadie!

—¿Puedo sentarme? —Es Jerox.

Lleva cuatro jarras de cerveza en las manos y señala la silla vacía con una de ellas.

—Haz lo que te dé la gana —no tengo ganas de discutir. Cuanto antes diga lo que tiene tanta necesidad de decirme, porque ¡oh! seguro que es importantísimo y que me va a curar mi pobre alma rota, antes se largará y me dejará beber en paz.

Rahjmar e Ishtar llegan ante la puerta de la taberna donde los espera Ahleinne.

—¿Qué hacemos con ella? —pregunta el bárbaro.

—Dejadla. Necesita tiempo —responde Ishtar mientras observa a Sáhara a través de la ventana de la taberna. Rajhmar niega con la cabeza.

—No tenemos tiempo.

 

Brigitte se acerca al mapa de Voldor que hay en la sala. Comienza a examinarlo.

—¿Te importa si consulto algunos libros? —pregunta a Jax.

—Claro, claro —contesta con su vocecilla feliz—, como si estuvieras en tu casa.

Cuando Brigitte se aleja, Jax pasa la vista de Kotaka a Zippo y de Zippo a Kotaka.

—No entiendes nada de dragones, ¿verdad?

—No —responde Kotaka apenada—. ¿Tienes algún libro que pudiera leer?

—Tengo una biblioteca entera.

—Toma —dice Jerox y me pone dos jarras delante.

—¿Qué quieres?

Jerox bebe de una de las jarras antes de hablar.

—Gael siempre decía que la música estaba en todas partes.

—No lo entiendes, ¿verdad? No es que no quiera tocar. NO PUEDO. La música ya no está. Ha muerto. Se ha ido.

—La música nunca muere, o al menos, eso es lo que decía Gael. Todo lo que nos rodea es música, incluso las piedras.

No sé si partirle la cara o beber hasta que termine. ¿De verdad este me está diciendo qué es o deja de ser la música? Opto por beber. Apuro la mitad de la jarra y Jerox no se calla.

—Gael me enseñó que todo el mundo tiene música en su interior, hasta los más oscuros y que su misión era sacarla para descubrir lo mejor de cada persona.

Me bebo la otra mitad de la jarra y alargo la mano hacia la segunda. Con un poco de suerte me tumba y no tengo que seguir escuchando estupideces. Este tío no entiende nada. No entendió a Gael en su día y está convencidísimo de que sí. Ojalá pudiera ahogarme en el fondo de este vaso… Pero no. No solo no me tumba sino que tengo que seguir escuchándolo.

—Recuerdo que se pasaba horas en la enfermería. —Estupendo, ahora pasamos a la fase de recuerdos felices de la infancia ay-qué-triste-estoy—. A veces ni siquiera tocaba, pero hacía salir música de las personas. Era un don que tenía.

—Parece un buen tipo —le digo. Lástima que no sea él quien esté aquí. Al menos estoy segura de que no diría tantas tonterías.

Doy gracias a la diosa cuando apura su segunda jarra y se marcha tambaleándose. Pido un par de jarras más y bebo hasta que el mundo comienza a girar a mi alrededor y dejo de ver.

Fin del capítulo 7

—Te has pasado —dice Ishtar a Aridia.

—No tenemos tiempo para autocompasiones —responde con desprecio.

Ishtar se queda velando a una Sáhara inconsciente en la primera posada que encuentran para que descanse. Los demás se dirigen al palacio.