El resurgir del dragón

Crónica: El resurgir de Alamuerte

—Te has pasado —dice Ishtar a Aridia.

—No tenemos tiempo para autocompasiones —responde con desprecio.

Ishtar se queda velando a una Sáhara inconsciente en la primera posada que encuentran para que descanse. Los demás se dirigen al palacio.

Capítulo 9

No tengo la sensación de haberme caído al suelo como los demás, sino que estoy de pie en medio de lo que parece el fondo de un precipicio. A ambos lados se alzan rocosos acantilados y en el centro, una preciosa ciudad. Los demás están también aquí. Escuchamos una voz en el viento que nos atrae hacia los acantilados. Caminamos un centenar de pasos hasta que nos topamos de bruces con Araxx. Desenvainamos las armas pero algo no va bien. Parece desmayada. Su cuerpo de araina cuelga con los brazos caídos. Parece que algo, una especie de viento o de perturbación la está reteniendo en su letargo. Seguimos la dirección de la perturbación: es otro araina.

—¡Gael! —exclama Jerox y se arroja hacia él.

—Habéis tardado —dice como si hablar le supusiera un gran esfuerzo.

Está de rodillas en el suelo y apenas puede sostenerse.

—Ella no es vuestra enemiga, sino lo que hay en su interior. Cuando fuimos a por ella con tu hermano —dice dirigiendo la mirada a Ishtar— supe que algo no iba bien. Que no me estaban contando toda la verdad, así que mientras el techo de la cueva se derrumbaba sobre nosotros, nos encerré aquí. La verdad es que Araxx está atrapada en ese cuerpo y nos está protegiendo. Siempre nos ha estado protegiendo.

Cuando termina de hablar, la perturbación se desvanece y Gael cae en brazos de Jerox. Al mismo tiempo, algo extraño sucede donde estaba Araxx. No hay ni rastro de la araña gigante, solo el cuerpo de una araina que cae al suelo, pero notamos un intenso temblor bajo nuestros pies. Algo enorme, peludo y monstruoso se alza entre los acantilados sobre nosotros.

—¡Osáis enfrentaros a la reina araina!

Sus patas se elevan muy por encima de nuestras cabezas sosteniéndola a ambos lados del valle. Ishtar se prepara para atacar, Ahleinne conjura su luz divina y Rajhmar arroja una jabalina con precisión a una de las patas. Levanto la mano derecha y silbo cuatro notas precisas. Un virote sale volando y se clava en uno de los ojos de la bestia. Brigitte desaparece.

—¡Dentro de la araña hay miles de arañitas! —grita cuando vuelve a aparecer—. No dejéis que salgan.

Ishtar salta apoyándose en la pared para darse impulso pero no calcula bien y se cae al vacío, más allá de la araña, en lo que parece un barranco aún más profundo que donde estamos. Por el rabillo del ojo vemos cómo Zippo golpea insistentemente la cabeza del bastón de Kotaka, como si intentara decirle algo. Se coloca debajo y lo empuja hacia arriba y hacia abajo. Kotaka entonces sujeta el bastón con ambas manos y lo clava en el suelo. Un resplandor rojizo inunda el lugar y la esfera azulada se torna fuego. Zippo revolotea excitado a su alrededor y mueve la cabeza hacia la araña gigante. Entonces Kotaka murmura unas palabras y dirige un enorme cono de fuego hacia el monstruo. Zippo da un chillido de triunfo y se mete en medio del torrente de llamas. Unas gotas de agua caen al suelo y el pequeño dragón emerge convertido en una bestia de fuego que escupe una temible llamarada.

Ahleinne lanza un rayo de luz contra la criatura, Brigitte dispara con su arco y Rajhmar dispara otra jabalina. En ese instante vemos cómo la araña se retuerce y ensarta al bárbaro con su enorme aguijón trasero arrastrándolo lejos de nosotros entre sus patas.

Cargo otro virote y silbo. El proyectil entra por uno de los ojos del monstruo y sale por el otro. La araña gigante tiembla y cae. Demasiado tarde para que podamos hacer nada por Rajhmar, vemos cómo el monstruo se desploma hacia el abismo llevándose al bárbaro con él. Brigitte ve un destello donde estaba Rajhmar. Ya no está. Ella también desaparece.

Al otro lado del barranco, Aridia sostiene a Rajhmar en el vacío. Brigitte se acerca al borde y ve que Ishtar se está incorporando. Tiene una idea. Mira a Aridia y esta parece comprender. Aridia y Rajhmar se arrojan al vacío, Brigitte también salta y los tres regresan a la luz justo a tiempo para colgarse del borde con ayuda del bastón de Ishtar.

Ishtar lanza un grito de sorpresa cuando un peso inesperado la hace tambalearse hacia el abismo.

—¡Ayuda! —grita desesperada mientras el peso de los tres la arrastra.

Inmediatamente corremos hacia ella. Me paro en el filo de la pared. No vamos a llegar y saltar es un suicidio. Se van a caer. Piensa. Piensa. Piensa. Piensa.

Algo destella de lado a lado del barranco. Parece una telaraña. Tal vez podrían cruzar por ella. Si es lo suficientemente resistente para sostener a la mole que acaba de caer, seguramente lo sea para que puedan cruzar. Kotaka también lo ha visto y lanza una bola de fuego que lo calcina. Estupendo. Acaba de quemar literalmente su única salida. En qué diablos estará pensando.

Maldita sea. Se van a caer. Piensa. Piensa. Piensa. Tengo una idea y rezo para que salga bien. Descuelgo la cuerda del lateral de mi mochila y anudo un extremo al virote. Sostengo el otro extremo con firmeza. Respiro hondo y silbo. Necesito poner toda mi atención en dar las notas correctas. No quiero matar a nadie por accidente.

¡Sí! El proyectil se ha clavado en la pared y parece firme. Lo han visto. Ishtar se agarra a él y comienza a cruzar.

—¡Uo, uo, uo! ¡Ayuda! —grito esta vez yo. No tengo fuerza para sostenerlos y me estoy resbalando hacia el abismo.

Kotaka, Brigitte y los demás se acercan a ayudar y entre todos mantenemos firme la cuerda mientras los cuatro cruzan. Estamos todos a salvo, menos mal. Bueno, Rajhmar parece estar en las últimas, pero Ahleinne se apresura a curarlo. Esta debe de ser ya la cuarta o la quinta vez que le debe la vida a la semielfa.

Regresamos con Jerox, que sostiene a Gael entre sus brazos. Ahleinne se acerca a ellos y recita un ensalmo. No sé qué será pero le ha devuelto un poco de vitalidad a Gael. Ahora que están juntos, veo el enorme parecido entre ambos. Bien podrían ser hermanos. Jerox está mirando más allá de nosotros y de pronto pone cara de espanto.

—¡Tía! —grita y echa a correr.

Se arrodilla junto al cuerpo de Araxx y comienza a pasar las manos sobre él recitando algo. Gael se incorpora con cierta dificultad, pero tiene mejor aspecto. Me mira. Instintivamente retrocedo un paso. No quiero tener esta conversación. Con él no.

—Veo que mi laúd ha encontrado un nuevo dueño —dice mirándome pero no hace amago de cogerlo. En cambio, añade—: ¿Por qué no se lo dejas a ella?

Kotaka se sorprende al saber que estamos hablando de ella. Mi primera respuesta es no. Nadie toca el instrumento de un bardo y mucho menos se le obliga a prestárselo a otros. Jamás. Pero él es el legítimo dueño del laúd, creo, y es una leyenda. ¿Cómo llevarle la contraria? Lentamente me lo descuelgo y recelosa, se lo acerco a Kotaka. ¿Por qué tenía que ser precisamente a la que quema cosas?

—Trata de tocar —le dice Gael y percibo en su cara que trata de contener una sonrisa.

Kotaka mira el instrumento, dudando. Los dragones se ciernen sobre las cuerdas sin dejarla tocar, pero alarga un dedo entre ellos y trata de rasguear una de las cuerdas. Para mi sorpresa, uno de los dragones se mueve y le muerde un dedo. A su lado Zippo bufa y Gael se ríe.

—Solo aquellos que son capaces de sacar la música de su interior pueden tocar este instrumento.

—Jerox y yo —dice señalando a su primo— nos criamos juntos en Telaraña. Yo no conocí a mi madre. Lo único que recuerdo es que asesinó a mi padre, aunque ya he descubierto la verdad sobre aquello, y mi tío Jarox me acogió junto a ellos. Siempre hubo cierta rivalidad entre Jerox y yo. Todo el mundo quería que yo fuera un gran guerrero, pero eso estaba lejos de lo que yo deseaba. Yo no quería ser ni un guerrero, ni un explorador, ni manejar el arco ni manejar la espada.

»Yo sentía en mí y en todas partes, la música. Solo veía música a mi alrededor, en los árboles, en los animales y en la gente, veía lo mejor de cada uno. Todos guardaban música en su interior aunque no lo supieran. Aunque se negaran a sacarla. Pero eso no era lo que Telaraña quería de mí. Me obligaban a entrenar. Jerox y yo entrenábamos juntos todos los días, pero siempre que podía, cogía mi laúd y me paseaba por las calles de Telaraña. Una tarde acabé por casualidad en la enfermería. No recordaba haber estado nunca allí, pero una vez que entré, ya no pude dejar de ir. Tocaba para ellos, tratando de dar esperanzas a aquellos que no las tenían, de aliviar el dolor de los que sufrían sus heridas y de paliar la desesperación de aquellos que perdían a sus seres queridos. De alguna forma, mi música devolvía a aquellas personas algo de lo que necesitaban, les daba esperanza.

»Un día decidí fabricarme mi propio laúd. Llegué a un árbol dispuesto a talar el tronco para extraer un buen trozo de madera pero no fue necesario. Desprendí un fragmento con las manos, como si el árbol me lo estuviera regalando. La tomé entre mis dedos y poco a poco le fui dando forma sin darme cuenta. De pronto tenía este laúd entre las manos. Lo encordé, lo afiné y toqué. Con el tiempo y la práctica me di cuenta de que este instrumento conectaba la música que yo veía y nuestro mundo. De alguna forma me permitía cambiar las cosas a través de la música.

»Un día, llegaron a Telaraña las noticias del despertar de Araxx y se decidió escoger a quien fuese a luchar contra ella. Había dos candidatos. Uno era yo. El otro era, obviamente, el príncipe de Telaraña, Jerox. A mi tío le pareció una gran idea organizar un gran combate entre los dos para probar de una vez y para siempre que su primogénito era el mejor. Nunca me tuvo en gran estima. Pensó que nunca sería capaz de ganar a Jerox en un combate. Todo el pueblo de Telaraña clamaba por su príncipe. Se lanzó a la arena dudando. No me malentendáis. Jerox es una de las mejores personas que conozco. Es honrado, leal y, sobre todo, justo. Él no pidió ese combate, no lo quería, pero el honor le impedía echarse atrás. Por esa misma razón, hubiera sido una deshonra y una falta de respeto negarme a combatir. Sin embargo, tampoco iba a seguir sus reglas.

»Entré en la arena sin más arma que este laúd y todo fueron carcajadas. Me senté en mitad de la arena y comencé a tocar. Las carcajadas subieron de volumen mientras cantaba hasta que de pronto, la multitud enmudeció. Palabra por palabra la canción se iba convirtiendo en realidad.

A nuestro alrededor el valle desaparece y estamos en mitad de una arena de combate rodeada por un graderío desde el que un centenar de arainas animan a su príncipe. A un lado, Gael toca su laúd sentado en el suelo. Al otro, Jerox carga su arco y dispara. Escuchamos silbar las flechas y pasar entre nosotros. Pasan tan cerca que al rozarnos, duelen. La muchedumbre grita enfervorecida el nombre de Jerox, pero Gael, impasible, espera su destino sin dejar de tocar. De pronto, un muro se eleva del suelo, protegiéndolo, y las flechas se estrellan contra él. El público enmudece. Tres guerreros se alzan junto a Gael mientras relata la gesta de tres poderosos guerreros, tres hermanos, que luchaban a muerte contra su enemigo para defender su pueblo. Los tres guerreros cargan contra Jerox, que les dispara y los hace desparecer. Entonces, una enorme piedra se materializa sobre Jerox, que se agazapa para evitar el daño, pero la piedra cae y lo atraviesa. Cuando levanta la vista, Gael está delante de él y tiene el filo de sus espadas en su cuello. El bardo mira desafiante a Jarox y dice:

—Creo que he ganado. —Envaina sus espadas y ayuda a un confuso Jerox a levantarse del suelo.

La arena se desvanece y regresamos al desfiladero de Araxx algo desorientados. Gael me devuelve el laúd. Un murmullo a nuestra espalda nos llama la atención. Jerox ayuda a Araxx a incorporarse y se nos acercan. La mujer nos mira. Parece cansada. Levanta una mano y acaricia el rostro de su hijo.

—Las historias tienen poder, sirven a un propósito. Por eso a veces no son como las cuentan. Gael tardó mucho tiempo en descubrir la verdad porque tenía que ser así —dice Araxx suavemente—. Jarox les hizo competir por la misma razón por la que él y yo lo hacíamos. Era lo normal. Crecimos luchando por quién iba a ser el heredero al trono. Yo deseaba el poder por encima de todo y por eso me entrenaba constantemente para mejorar. Un día me encontré en el bosque con un enano que desprendía un aura especial. Él me ofreció ser la guardiana de la naturaleza. Como no podía ser de otra manera, acepté. El trono de Telaraña se me antojaba una niñería en comparación con aquello, así que me hice a un lado y dejé que Jarox se quedara con él. Construí un santuario protegido en el que conservarlo y a donde pudieran acudir aquellos que se consideraran dignos de obtenerlo.

»Un aciago día se presentó en la cueva un tiefling acompañado por una arquera y su pantera. Él iba armado con una gran espada llameante. Dijeron que estaban allí para pasar la prueba de la naturaleza, pero fracasaron y me negué a dárselo, así que comenzaron una batalla. Al poco, supe que no iba a ser capaz de contenerlos. No había visto tal ferocidad en la vida. Estaba completamente sobrepasada y solo me quedaba una opción. Conocía el poder de la naturaleza y sabía de lo que era capaz y lo que podría hacer en malas manos, así que lo abracé. Debía proteger el santuario a toda costa.

»La Naturaleza tomó la forma de la araña que acabáis de ver y juntas nos enfrentamos a ellos y los hicimos huir. Después de aquello y durante un tiempo manejé a la araña, pero llegó un punto en que su mente demostró ser mucho más poderosa que la mía. En un momento de lucidez, acudí a mi hermano en busca de ayuda, pero cuando llegué, lo encontré junto al cadáver de nuestro padre. Aquellos dos ladrones habían llegado a Telaraña antes que yo y amenazaban su vida si no les entregaba el poder de la naturaleza. Fracasé como guardiana y se lo entregué. No podía dejar que hicieran daño a mi hermano también.

»Decidimos que aquello no debía saberse. Yo cargaría con la culpa y me encerraría en el santuario tratando de reprimir a la bestia todo el tiempo que fuera posible. Tarde o temprano me sobrepasaría, pero cuando ese momento llegó, unos aventureros, entre ellos mi propio hijo, consiguieron derrotarla. Gael se sacrificó y se encerró conmigo aquí para mantenerme a raya durante todo un año a la espera de aquellos que pudieran liberarnos. Sin embargo, debo deciros que, si bien vuestro esfuerzo no ha sido totalmente en vano porque nos habéis liberado, no queda ya ningún poder de la naturaleza que entregaros. Aquella mujer se lo llevó. Tampoco obtendréis el fuego, ni el agua, ni el viento. Los elementos están en nuestra contra.

»Mas no desesperéis. Como sabiamente mi hijo descubrió, dentro de nosotros hay algo más. Yo no solo era la guardiana de la naturaleza.

Mira a Kotaka.

—¿Conoces algo sobre dragones?

Parece que la ha pillado por sorpresa y ella duda.

—Umm… No.

—Existen seis dragones elementales, aunque solo sabemos dónde se hayan cuatro de ellos. El poder que ostentan va más allá del que pueden entregar los guardianes de los elementos, pero tanto más difícil es obtener su poder. En vuestro interior noto cómo late la llama de su fuerza, así que deberéis encontrarlos y superar su prueba. Cerrad los ojos.

Cerramos los ojos. Antes de abrirlos, noto cómo la brisa me acaricia la cara. Es suave y conocida. Huele a casa. Abro los ojos al borde de un escarpado acantilado. Ante mí se extiende la inmensidad del mar. Solo hay calma. Cómo lo echaba de menos. Es como soltar las velas después de una dura tormenta en la que temiste que el casco se partiera por la mitad, pero la calma regresa y un ligero viento parece darte la enhorabuena por haberlo superado. Mi mente regresa al barco. A las travesías. A los puertos y las canciones. A la calidez y la protección de mis padres. Ojalá no me hubiera ido. Ojalá nunca hubiera escuchado la leva. Ojalá no hubiera visto morir a toda aquella gente del campamento de formas horribles. Ojalá Kalum no hubiera muerto por mi culpa. Porque ahora sé que ha sido todo culpa mía. Porque decidí que tocar La balada de Gael para impresionar a Jerox era una buena idea. Tuvieron que saberlo. No pudo ser casualidad que aquella barda estuviera por allí. Tuvo que verlo.

La mar se pica. Nubes oscuras se ciernen sobre la costa y los rayos destellan a lo lejos. El oleaje cobra fuerza y se estrella contra las rocas. La espuma me salpica la cara Un enorme torbellino se forma a lo lejos. Abro los brazos y las gotas de lluvia me resbalan por el pelaje de la cara. Al menos esta furia me resulta conocida. Sé que es mortal pero también sé que pasa. Siempre termina pasando y regresa la calma. Este pensamiento me inunda de una tranquilidad que hacía mucho tiempo que no sentía y poco a poco, la mar se calma conmigo.

Cuando bajo los brazos, veo que algo bajo la superficie sigue el movimiento. Una enorme sombra emerge de la inmensidad. El kraken.

—Algún día controlarás el océano —me dice con una voz profunda y poderosa que conmueve cada fibra de mi ser como si se tratase de la voz de un viejo amigo—. Mientras tanto, tuyo es el poder del mar.

Abrimos los ojos. Sin que nos demos cuenta, Araxx ha ido retrocediendo hasta el borde del precipicio por el que la enorme araña se despeñó y antes de que podamos hacer nada, se deja caer de espaldas con una sonrisa en los labios.

—Ahora soy yo el nuevo guardián y vosotros debéis marcharos. —Una lágrima rueda por la mejilla de Gael—. Encontraréis a los dragones en Voldor. En el norte del bosque habita la Naturaleza. En la Punta Tempestad, el Agua. En la Punta Voranor, el Viento y en Yngevil, el Fuego. Es todo lo que puedo hacer por vosotros. Encontrarlos a todos y demostrar que sois dignos de su poder es ya cosa vuestra. Es hora de que volváis al mundo real.

Fin del capítulo 9

Despertamos en el suelo del palacio de Quelizantor. Jax nos observa impaciente, pasando el peso de un pie a otro. Gael ha venido con nosotros. Araxx no.

—¿Cuánto…? —pregunta Brigitte— ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?