Nena’ der Súh es, o mejor dicho, va a ser una partida de Dragonas y Bandoleras (D&D 5.ª con licencias literarias varias) ambientada en Andalucía en un imaginario y anacrónico siglo XVI que podréis ver en directo en Twitch a través del canal de Pifias de Novatos, ya os iremos avisando de cuando. Empezará como las aventuras de unas hermanas que intentan recuperar lo que les pertenece por derecho, pero a saber cómo termina. Y ahora, sin más preámbulos, os dejo con Macarena Morales de la Cruz, hermana mayor, cabeza de familia y el personaje que llevaré en esta aventura.

Jose Luis Giner, Gitana

Después de más de siete años sin noticias, había llegado una carta de la Compañía de Caii diciendo que padre había desaparecido. Que lo daban por muerto.

Dejé la carta en el aparador y me asaltó de improviso el primer recuerdo que conservo: yo dando tumbos entre altísimas viñas retorcidas hacia una figura borrosa vestida de blanco que creo que era madre. Después vino el segundo, de cuando me mostraron a la pequeña y arrugada Rocío recién nacida entre suaves sábanas de algodón. Luego recordé las carreras que echábamos entre los viñedos cada vez más bajitos a medida que íbamos creciendo, las peleas con ramas de madera entre Candela y Rocío y a la pequeña Almu llorando tras haberse llevado un palazo por meterse en medio queriendo jugar. Había nacido antes que Rocío pero siempre fue la más inocente con su carita redondita y aniñada. Recuerdo perfectamente las noches de primavera alrededor de una hoguera, cuando Candela cogía una guitarra que apenas le daban los brazos para abarcar y acompañaba los cánticos a coro de madre y padre mientras Almu bailaba alrededor del fuego haciendo sonar sus castañuelas con alegría. A veces Rocío se les unía cantando. Yo acompañaba con las palmas. Curiosamente es una de las cosas que más echo de menos. Sin ellos el silencio arrastra sus zarcillos por todos los rincones de la casa.

Rocío nunca fue mujer de la tierra, así que no me sorprendió que marchara. De Candela supe entenderlo porque lo suyo siempre fue la jarana. Pero Almu, ¡ay!, eso sí me cogió por sorpresa. Supongo que, como padre, tampoco ellas podían vivir en una casa llena de fantasmas. Él marchó al Nuevo Mundo “En busca de fortuna”, dijo. Yo creo que más bien huía del pasado y buscaba un lugar donde el recuerdo de madre no lo persiguiera. Espero de corazón que lo encontrara.

Yo ya me ocupaba con madre de llevar la hacienda, así que al menos en eso las cosas no cambiaron mucho, pero hacerlo sin ella me costó más de lo que creía. Crecí de golpe y un par de palmos la estación en que murió.

—Padre, no puede seguir así —le dije una tarde al llevarle la cena al cuarto.

Habían pasado varias semanas desde la muerte de madre y temía que la pena se lo llevase también a él.

—Tienes razón —respondió cansado—, tienes razón.

La mañana siguiente bajó a desayunar. Parecía haber envejecido varios años y cuando hizo el anuncio, su voz no mostraba rastro alguno de emoción.

—Me voy al Nuevo Mundo.

Los sonidos de la mesa cesaron al instante. Almu se quedó con el pan a medio camino, la boca abierta y la mermelada goteando. Rocío miraba muy seria a padre, de pie ante la puerta. Candela tenía la vista fija en el plato. Él dijo algo de que ya éramos mayores, que no lo necesitábamos para llevar la hacienda y que mandaría a buscarnos cuando se hubiera establecido. Un conocido de la Compañía de Caii le había dicho que allende el mar los aguardaba la tierra prometida, donde las rocas eran oro y los ríos, plata. Padre no fue el primero que encontró en el Nuevo Mundo la manera de escapar de una vida que lo atrapaba. Otros antes que él dejaron a sus familias aquí y se embarcaron en una gran aventura que los sacara de la pobreza o de la monotonía, pero de verdad esperaba que padre volviera.

Era la mano fuerte y callosa que me quitaba las legañas recién levantada y me ayudaba a atarme los cordones de las botas cuando aún no sabía. Era el que aupaba a una Rocío aún demasiado pequeña para subir sola al potrillo pero con coraje suficiente para querer hacerlo. Era el brazo firme que paraba los golpes cuando nos enseñaba a pelear. “No necesitarás que un hombre te defienda si sabes defenderte sola”, decía.

Con los años me he ido dando cuenta de lo poco ortodoxa que fue nuestra educación. No sé si fue porque la hacienda nos proporcionaría una dote suficiente para no tener problema en elegir marido o porque a madre y a padre les preocupaba poco que nos casáramos o no, pero nunca nos educaron como mujeres de bien al uso. “Coser es útil” decía madre “pero también lo es montar al galope sin abrirte la cabeza contra el suelo y saber cuándo un sinvergüenza está tratando de timarte en un trato”. Cuánta razón tenían y qué poco les escuchaba para lo mucho que los echo de menos ahora.

De pascuas a ramos recibía alguna carta de mis hermanas contándome sus andanzas, sus amoríos y sus pendencias. Yo les respondía contándoles que nada había cambiado en casa, que todo marchaba como siempre había marchado y que allí las esperaba siempre que quisieran volver aunque algo me decía en el alma que eso no iba a suceder.

De vez en cuando pasaba por la hacienda algún viajero solicitando refugio. Su presencia restaba algo de monotonía a mis días solitarios. No es que estuviera sola, la casa estaba llena de criados, pero después de toda la alegría que habían albergado aquellas paredes, parecía ahora oscura y silenciosa. Ana me decía siempre que lo que yo necesitaba era un marido bueno y alumbrar un puñado de hijos que devolvieran la risa a la hacienda. Había sido nuestra cocinera los últimos treinta años y había asistido en mi nacimiento y en el de todas mis hermanas. Yo siempre le decía que sí, que sí con la cabeza y me marchaba escuchando cómo murmuraba por lo bajo algo parecido a “Te quedarás para vestir santos, niña”.

Tampoco es que me faltaran proposiciones o rechazara la idea del matrimonio. Había asistido a las bodas de muchos de los hijos de los jornaleros de la hacienda y de algunas de las muchachas del pueblo, todos felices e ilusionados con sus nuevas vidas y pensaba que estaría bien tener algo así para mí; pero después regresaba a casa y me centraba de nuevo en las barricas que había que encargar, el vino que había que embotellar aquella semana a más tardar, las lluvias que se resistían a aparecer y el otro millar de cosas del que había que ocuparse. Así que la idea de mi propia boda quedaba desplazada siempre a luego. La semana siguiente, la siguiente estación y los pretendientes se cansaban de esperar y dirigían sus atenciones a otras mujeres más dispuestas.

Busqué en el escritorio las últimas cartas de mis hermanas. Debía escribirles lo antes posible para que no se enteraran de la noticia por boca de otros. Esperaba que siguieran en el último lugar desde donde escribieron o podían pasar meses hasta que las localizara y no teníamos tanto tiempo. La lectura del testamento se haría a finales del otoño, cuando el galeón de la Compañía de Caii regresara trayendo con él el documento de las últimas voluntades de padre y debían estar todas presentes. No, definitivamente tenía que encontrarlas.