No soy un buen ejemplo de máster, ni siquiera un ejemplo aceptable. De primeras, no me gusta dirigir. Tengo demasiadas expectativas de lo que me gustaría hacer y soy muy consciente de que me quedo muy atrás, por lo que me frustro. Me influye demasiado mi estado de ánimo, no soy capaz de dejarlo al margen. Me enfado si las cosas no salen como yo quería porque le tengo demasiado cariño a las historias que creo, especialmente cuando tengo que improvisar por algún imprevisto porque me doy cuenta de que lleno esas escenas de tópicos y elementos demasiado manoseados. Y me da una rabia tremenda.

Sé que hay algunas cosas que se me dan bien, como buscar agujeros en las tramas y rellenarlos. Disfruto mucho creando historias complejas y personajes completos que luego cobran vida con las interacciones de los jugadores. Me gusta buscar el porqué de las cosas, que todo tenga sentido y esté hilado para luego poder improvisar a partir de ello.

Pero también construyo PNJ superpoderosos que pueden aplastar a los jugadores y lo hago a sabiendas de que se van a desmadrar y voy a tener que hacerlos desaparecer porque su presencia en la trama le quita todo el sentido. Solo me gusta interpretar gente o loca o enfadada, que son los únicos que se me distinguen. El resto de mis PNJ son todos iguales. A veces describo demasiado las cosas, a veces demasiado poco. No tengo un término medio aunque me sé de memoria la teoría de lo que debería hacer.

Por eso y por otro puñado de cosas, soy más bien un buen ejemplo de qué cosas no hacer. Si me ves masterear probablemente pienses que hay muchos másteres ahí fuera muchísimo mejores que yo, y tienes toda la razón, pero alguien tiene que hacerlo; que supongo que es otra de las razones por las que sigo aquí. Mastereo porque hay demasiados jugadores y muy pocos másteres. Si quiero rol, tengo que buscarme la vida. Pero también me gusta. Cuando en las partidas los jugadores se divierten, se interesan y se implican, me siento muy feliz.

Por eso intento aprender de todas las personas que me masterean y a las que veo masterear, aunque luego nunca esté contenta de mi desempeño en partida. Eso es algo que me carga mental y emocionalmente. Luego llego aquí y con toda mi cara explico cómo hacer tal o cual cosa como si realmente supiera de lo que estoy hablando, pero la realidad es que no tengo ni la más remota idea. Voy dando palos de ciego partida tras partida en busca de la fórmula que funcione en esa historia, con ese grupo; a sabiendas de que será algo aleatorio y puntual que seguramente no vuelva a funcionar. Y cuando creo que lo he encontrado, resulta que no y tengo que volver a empezar… No sé, a veces pienso que no estoy hecha para esto. Luego llega una partida en la que veo disfrutar a los jugadores y me devuelve la energía; pero enseguida aparece otra que claramente es un fracaso y es un bucle infinito que no me deja respirar.

Con el paso del tiempo estoy empezando a poder relativizar tanto los éxitos como los fracasos. Especialmente estos dos últimos años en los que he tratado con un montón de jugadores y de másteres, me han permitido dar salida a una parte de esa presión autoimpuesta, pero también me han hecho darme cuenta de que no voy a librarme de ella. Sé que el éxito o fracaso de una sesión depende de muchos factores y la mayoría no tienen que ver conmigo, del mismo modo que sé que no le debo nada a nadie. Si mastereo es porque quiero, porque necesito contar algo, sacar algo de mi cabeza y llevarlo al mundo. Es cierto que me gustaría más secuestrar un buen máster y que trabajara para mí, pero hasta que eso pase, me conformaré con seguir haciéndolo lo mejor que pueda.

Dicho todo esto, no sabía si publicar o no esta entrada. Lleva en borrador desde hace varios meses porque es una reflexión personal, incoherente e inconexa en algunas partes y algo confusa. Es algo a lo que le doy vueltas constantemente, algo íntimo mío, pero que publico primero, porque necesito desahogarme, y segundo, porque tal vez pueda servirle a alguien más que esté atrapado en esta espiral de dolores de cabeza. Si es el caso, me doy con un canto en los dientes. Ya que yo no puedo, que alguien saque provecho de mi sufrimiento y se ahorre un poco del suyo.

Supongo que la conclusión de todo esto es que la autocrítica es necesaria para mejorar, ya no solo como máster, sino como persona. Revisar tus creencias, tus opiniones, todo lo que das por cierto; no cerrarte a las opiniones ajenas. Pero ojo, no cerrarte a las opiniones ajenas no quiere decir que aceptes todo. No. Nunca. Jamás. Por encima de mi cadáver. Contrasta lo que te dicen con lo que tú crees, con lo que sabes, ponlo en perspectiva, examínalo desde diferentes ángulos y valora si tiene sentido. Entonces, y solo entonces, acéptalo. De igual manera, contrasta contigo misma lo que piensas, lo que crees, tus opiniones. Ponte en perspectiva. A veces tienes que salir de ti para ver que lo que pasa no es tan terrible. Esa partida no salió tan mal, todo eso no es un desastre, la historia está bastante bien.

Así que la autocrítica: bien. El automachaque salvaje: mal.