Imelda regenta una modesta zapatería en uno de los extremos del pueblo. No es un pueblo grande, así que estar en casi a las afueras no dista mucho de estar en el centro, pero así se asegura de que su establecimiento es de los primeros que los viajeros ven cuando entran por la Calzada Mayor. Y de todos es sabido que pocas cosas hay más importantes para un viajero que un par de zapatos. Fue una de las razones que la llevaron a decantarse por la zapatería y no por la herrería cuando colgó los hábitos, eso y que la diosa sabía que las fuerzas para levantar un martillo le fallarían más pronto que tarde.

Es frecuente verla sentarse en una banqueta frente a la puerta a clavar suelas, coser lengüetas y fabricar cordones. Suele decir que la luz natural logra mejores acabados y cortes más precisos, pero lo que no cuenta es que la oscuridad del taller la asfixia. Después de más de dos décadas viajando, encerrarse en un cuartucho cuya única ventilación es un tragaluz solo le trae malos recuerdos de pútridas celdas de reclusión. Así que siempre que el tiempo lo permite, saca el banco y el torno, se remanga falda y camisa dejando a la vista una piel tan pálida que parece mentira que pase tanto tiempo al sol y se pasa el día dale que te pego con el martillo.

No se sabe a ciencia cierta si colgó los hábitos por cansancio, por las heridas o por convicción (ni siquiera ella lo tiene claro), pero las gentes del pueblo saben que no tiene sentido molestarla con pequeñeces porque los echará de la zapatería con cajas destempladas si le piden milagros. Sin embargo, son conscientes también de que no se negará cuando todo lo demás haya fracasado y la esperanza se haya perdido. Solo en esas ocasiones Imelda descuelga el escudo de la pared, precede al enfermo hasta la habitación y reza a la diosa día y noche por él hasta que sana… o hasta que muere. En los años que han pasado desde que abrió la zapatería ha vendido varios miles de botas, ha liberado a tres poseídos, ha sanado a una niña y ha perdido a otra.

Los habitantes del pueblo respetan a doña Imelda, que es amable con quienes se acercan a pasar el rato en su compañía pero no tiene problema en espantarlos cuando se vuelven molestos. De vez en cuando se acerca a la taberna a cenar, sobre todo si ha llegado alguna troupe al pueblo con números nuevos y canciones viejas. Siempre está dispuesta a hablar, especialmente si le compran un par de zapatos. No son especialmente buenos pero tampoco muy caros.

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