La aldea no tenía nombre. ¿Para qué? Si todos los que en ella vivían ya la conocían. Rara vez nadie preguntaba por él y los pocos viajeros que lo hacían, recibían la simple respuesta de “El Hogar”. Para los curiosos, el Hogar se encontraba en algún punto entre la frontera norte de la meseta de Gurudas y la tundra helada de Vasun, al pie de la inhóspita cordillera de Zirilaz, a quienes ellos llaman familiarmente El Recoveco.

El Hogar parecía el campamento provisional de unos viajeros que se hubieran acuartelado en aquel lugar durante generaciones pero que estuvieran dispuestos a marcharse en cualquier momento. Se decía que eras antaño, cuando los Peregrinos aún saqueaban Voldor, un pequeño grupo de esclavos logró huir de la tenebrosa Vajra en busca de una vida mejor. Enfurecidos por su marcha, los Peregrinos usaron su inmenso poder para levantar el suelo más allá del bosque de Ambar y crear una inmensa cordillera que les cerrara el paso. Sin embargo, con lo que no contaban era con que los astutos esclavos se aprovecharían de las recién nacidas montañas para ocultarse en ellas durante décadas haciendo suyos los pasos, las grutas y los recovecos. Tanto se acostumbraron a aquellos escapados terrenos que terminaron por nombrarlos, a falta de otra palabra mejor, El Hogar, puesto que tampoco tenían uno al que volver.

Incluso tres milenios después de la partida de los Peregrinos, las casas del Hogar aún parecían listas para ser recogidas en pocos minutos. Todos aquellos años de huida habían hecho cautos y veloces a los esclavos de las montañas, por lo que sus asentamientos siempre eran provisionales y cambiaban con frecuencia de lugar. Sin embargo, si uno se fijaba bien, podía darse cuenta de algunos detalles sutiles: unas jardineras con bayas crecidas en un lateral, más puertas de madera que de tela e incluso alguna que otra chimenea de piedra. Todo ello revelaba al ojo avispado que los habitantes del Hogar hacía mucho tiempo que vivían allí.

En una de aquellas casas con chimenea nació Brigitte una noche de primavera. Hija única de dos de los habitantes más respetables de la aldea, creció como crecen los niños que no tienen preocupaciones, chapoteando en el barro y haciendo trastadas con otros niños, con esa infantil certeza de que el mundo permanecerá siempre inmutable. Sus padres eran queridos y respetados por todos, dos pilares en los que apoyarse para crecer y bajo los que cobijarse en la tormenta. Padre cocinaba, madre cazaba. Padre construía y planificaba, madre dirigía y recolectaba. Y Brigitte crecía.

No podía decirse que Hogar tuviera un sistema de gobierno como tal. Más bien cada cual hacía lo que le convenía sin molestar demasiado a los vecinos. En el caso de las infrecuentes disputas, los padres de Brigitte solían mediar a falta de nadie más que se ofreciera a hacerlo, dirigiendo una suerte de consejo conformado por la mayoría de habitantes de la aldea. Y les iba bien. La tierra era tosca pero fértil si se empeñaban lo suficiente en cultivarla y la caza era abundante en el bosque aunque tampoco nadie se internaba demasiado. Ni siquiera los jóvenes decididos a probar su valía caminaban más allá de dos o tres kilómetros espesura adentro para cobrarse la presa que les daría el título honorífico de cazadores de Hogar.

Con cada cambio de estación llegaba a Hogar Bosco, un mercader hipótido bonachón y tenaz que surtía a la aldea de baratijas, maravillas y alguna que otra necesidad. Si pedías a Bosco la cosa más extraña que se te ocurriera, solo tenías que esperar a la siguiente estación, pues con toda seguridad la traería consigo. En realidad Bosco había ido a parar a Hogar por pura casualidad cuando en mitad de un aguacero torrencial se separó de la caravana con la que viajaba desde Tridestrin a Quelizantor. Exhausto, empapado y solo continuó caminando por el bosque en busca de cualquier asentamiento en el que poder descansar y la suerte quiso que diera con sus huesos en Hogar. Apenas cabía en el reducido espacio de la cabaña de Brigitte cuando lo llevaron casi desmayado por el esfuerzo, pues sacaba una cabeza a casi todos los miembros de Hogar. Tan solo el menor de los hijos de uno de los picadores lo igualaba en altura.

Decidieron que se quedaría allí de momento pero en cuanto amainara la tormenta, padre reuniría a un grupo de constructores para levantar una casa de huéspedes adecuada a su tamaño. Mientras tanto, madre enseñaba a Brigitte como descubrir el mal que aquejaba a aquel extraño visitante.

—Debes prestar atención y tener cuidado —decía—. Primero tienes que averiguar si es agua o comida lo que necesita, si ha sido envenenado o afectado por poderes mágicos o si solo está cansado. Si es agua, sus labios estarán agrietados y secos, puede que hasta despellejados. La piel de nuestro huésped es más dura que la nuestra, pero no parece seca. Tampoco parece que le falte comida. En sus alforjas traía comida y bebida de sobra.

Madre iba señalando cada cosa mientras Brigitte la escuchaba atentamente. No había rastro de sequedad en los labios de aquel enorme hipótido y efectivamente sus pertenencias tenían comida y bebida para algunos días más. Tampoco curiosearon demasiado, era una grosería cacharrear entre los enseres de un desconocido. Ya le preguntarían cuando despertara.

—Ahora fíjate en sus pies. —Brigitte obedeció.— Debe de tratarse de alguien acostumbrado a caminar, ya que lo hace descalzo. La piel grisácea de los pies es más tosca y dura que en otras zonas de su cuerpo pero no parece tener ni grietas ni heridas.

—¿Puede que sea un viajero que se perdiera en el bosque? —preguntó Brigitte.

—¿Por qué piensas eso?

—Bueno, tiene mucho barro entre las uñas de los pies y en la alforja hay maleza enganchada.

Madre le dirigió una gran sonrisa, orgullosa de la perspicacia de su hija.

—Es raro pero algunos viajeros extravían su ruta y acaban aquí. Les damos cobijo y los cuidamos hasta que se reponen, pero nunca se quedan ni tampoco volvemos a verlos. Algunos nos dejan regalos como compensación, como la flauta de madera que tiene la madre del herrero; otros nos lo agradecen con historias o noticias.

—Yo nunca había visto ningún viajero en la aldea.

—Claro que sí, pero no lo recuerdas. Eras muy pequeña. Creo que no contabas con más de dos o tres primaveras. El móvil de madera que cuelga sobre tu cama te lo hizo ella. Decía que le recodabas a su hija Chlöe.

Al otro lado de la estancia, unas mariposas de madera revoloteaban perezosamente colgadas del techo por finos hilos de lana.

—Pero estamos demasiado al norte —continuó— para ser lugar de paso para nadie. Transcurrirán muchos años antes de que nos visite nadie más.

Entre Brigite y su madre determinaron que con unos días de reposo, aquel extraño se recuperaría, pero para sorpresa de todos Bosco despertó completamente restablecido a la mañana siguiente. Les contó que era un mercader que se había extraviado en su viaje y les agradeció su enorme hospitalidad. Cuando descubrió que le estaban construyendo una cabaña para que estuviera cómodo se sintió completamente abrumado. Aunque insistió una y otra vez en que no era necesario, que no quería molestar y que partiría enseguida, al final no solo terminó por aceptar, sino que prolongó su estancia durante una semana entera. Bosco encontró en Hogar un lugar apacible y encantador en el que reposar y se pasó los días curioseando, hablando con sus habitantes y paseando por los campos, bosques y montañas. También realizó algunos trueques. Los habitantes de Hogar no tenían mucho ni estaban acostumbrados al regateo, pero Bosco fue honesto en todos los intercambios. Al final se llevó dos gruesas mantas de lana para sustituir las que se le habían estropeado en el viaje, un cinturón nuevo y un buen cuchillo del que se encaprichó cuando visitó la herrería. A cambio, Hogar recibió una flauta para la pequeña de los granjeros, un par de redomas de vidrio para la madre de Brigitte y un libro nuevo para el hijo del herrero.

La noche anterior a su partida, todo el pueblo se reunió para celebrar una gran fiesta. No solo despedían a Bosco, sino que también celebraban el paso a la madurez de varios de los jóvenes de la aldea, entre ellos, Brigitte. Sirvieron las presas que atestiguaban su destreza como plato de honor: varias perdices, conejos y liebres, un venado y un gran alce, cuya cornamenta habían colocado a modo de reconocimiento ante su cazadora, Brigitte. Aquellas astas servirían para elaborar buenas puntas para sus flechas en el futuro, pero esa noche era su trofeo y motivo de orgullo.

Comieron y bebieron con alegría, cantaron canciones y contaron historias antiguas que Bosco escuchó con la misma atención fascinada de los niños, con sus pequeñas y redondas orejas completamente inmóviles. Por fin, cuando llegó el momento de despedirse, Bosco se acercó al padre de Brigitte.

—Os habéis portado conmigo mejor de lo que nunca habría podido soñar y estaré en deuda con vosotros eternamente.

El padre de Brigitte hizo amago de hablar pero Bosco prosiguió.

—Por ello, me comprometo a venir al inicio de cada estación para traeros todo aquello que necesitéis. Apenas tenéis vidrio, a la herrería le vendrían bien algunos metales y puedo conseguir algunos artilugios que os servirían bien a todos. Sin embargo —dudó—, son caros.

—Ya has visto que no tenemos mucho. Cultivamos y criamos animales con nuestras manos, cazamos en el bosque y si acaso sacamos algo de hierro y sal de la montaña, pero nada más.

Bosco sonrió.

—Por media libra de sal cruzaré cada estación el bosque de Ámbar y os traeré todo lo que me pidáis, siempre que sea capaz de conseguirlo.

El padre de Brigitte se sorprendió.

—¿Por sal?

Bosco rió con ganas.

—La sal es más valiosa que el oro hoy día, amigo.

—En ese caso, que sea una libra de sal por cada uno de tus viajes.

Brigitte tenía entonces trece años y durante más de una década Bosco cumplió su palabra religiosamente. Siempre llegaba la primera semana tras el cambio de estación, unas veces al principio, otras veces al final, pero nunca se retrasaba más de siete días. Sin embargo, aquel año el solsticio de invierno llegó y marchó, y la semana siguiente pasó sin rastro alguno de Bosco. En la aldea empezaron a preocuparse porque le hubiera pasado algo. Cruzar el bosque no era sencillo y Bosco corría aquel peligro solo por el placer de verlos, puesto que todos sabían que sus intercambios comerciales eran tan solo una excusa. Claro que la libra de sal le venía bien. Él mismo había contado en alguna ocasión que gracias a ella podía llegar más lejos y mucho más rápido de lo que lo había hecho nunca, pero habría vuelto a Hogar de todos modos.

Finalmente, al atardecer del undécimo día tras el solsticio, Bosco apareció. Los campos fueron los primeros en verlo. Traía muy mal aspecto y mandaron aviso a Brigitte. Ella y su madre salieron al encuentro de la comitiva y los escoltaron hasta la casa de huéspedes que ya se había convertido en el hogar de Bosco durante sus breves estancias. Extendieron las mantas sobre la cama y lo tumbaron. A la mente de Brigitte acudieron recuerdos fragmentarios de aquella primera visita del mercader casi quince años atrás, pero su aspecto era mucho peor que el de entonces. Estaba cubierto de sangre de la cabeza a los pies. Tenía cortes y heridas, por toda la piel, algunas de las cuales aún goteaban. La ropa la traía hecha girones y no había ni rastro de su mercancía. Todo apuntaba a que lo habían asaltado por el camino y nadie se explicaba cómo el anciano mercader había sido capaz de llegar tan lejos en aquellas condiciones.

Brigitte y sus dos aprendices lo limpiaron con mucho cuidado y fueron uno a uno curando los cortes. Cosieron las heridas más profundas y aplicaron ungüentos de lavanda y caléndula en todas ellas para tratar de parar las hemorragias. Por suerte, descubrieron aliviados que gran parte del espeso líquido granate que cubría su piel no era sangre, sino aquel particular sudor que desprendía el hipótido especialmente en verano. El esfuerzo tenía que haber sido sobrehumano.

Esta vez, Bosco no despertó al día siguiente. Ni al siguiente. Pasó tres días durmiendo profundamente mientras los aprendices de Brigitte, dos niños de apenas diez años, se turnaban para controlar que no le subiera la fiebre y mantener limpias las heridas. Eran los hijos de un picador viudo y una pareja de carpinteros a los que Brigitte enseñaba un poco de todo. Por fin, al cuarto mediodía despertó, confuso y desorientado. Aún tardó un día más en reponerse y poder relatar lo sucedido.

Un grupo de asaltantes se le había echado encima en el bosque cerca ya de la aldea. Le habían quitado todo y lo habían abandonado en mitad de la espesura, dándolo por muerto tras la brutal paliza. No pudo verlos bien, pero juraba que no eran “de este mundo”. Contaba que eran abominaciones, monstruos o diablos salidos de las profundidades del más terrible de los reinos. Todo Hogar se asustó. El bosque de Ambar nunca había sido seguro del todo, pero en los últimos años algo malvado parecía emanar de los árboles. Si podían evitarlo, los habitantes de Hogar no se acercaban a los árboles y cada vez les parecía peor idea enviar a los niños al bosque a cazar.

—Debatiremos en otro momento el replantearnos la Prueba de la Caza —cortó la algarabía de voces el padre de Brigitte—. Ahora por lo pronto, debes descansar y reponerte, Bosco. Cuando recuperes fuerzas, pensaremos en lo que hacer.

El mercader se mantuvo una semana completa en la cama, bebiendo caldo de verduras y durmiendo la mayor parte del tiempo. Cuando se sintió con fuerzas para marcharse acudió a ver a los padres de Brigitte.

—Es demasiado todo lo que habéis hecho por mí y por eso me cuesta tanto pediros otro favor.

Estaban los cuatro sentados alrededor de la mesa de comer en la pequeña cabaña con la chimenea de piedra. Brigitte y sus padres escuchaban con atención. Padre puso una mano sobre la de Bosco.

—Este es tu hogar y todo Hogar es tu familia. No temas pedir ayuda cuando la necesites.

Bosco agachó la cabeza, abrumado una vez más por tanta gratitud.

—Debo volver a Quelizantor cuanto antes para avisar al Gremio de Mercaderes que las rutas del bosque de Ambar, al menos en el norte, ya no son seguras… pero no me atrevo a regresar solo.

—No te preocupes —dijo madre—, pediremos voluntarios que quieran acompañarte de vuelta a la ciudad. No estarás solo.

De este modo se convocó una asamblea aquella noche al acabar la jornada y se propuso el problema. Bosco debía regresar a Quelizantor y necesitaba que un grupo armado lo acompañara para que no lo volvieran a asaltar. Serían tres días de camino, una jornada y media para ir y otra jornada y media para volver.

—¿Voluntarios? —preguntó el padre de Brigitte.

Solo hubo tres: una herrera de mediana edad, un joven cazador y Brigitte. Le resultaba emocionante la idea de ir por primera vez a la ciudad a ver qué había. Bosco les había contado historias de los festivales y las justas, de los enormes edificios construidos en piedra y del bullicio de un día de mercado, pero quería verlo con sus propios ojos. No es que Brigitte tuviera ansias de aventura, ella era feliz en la aldea; pero le había picado la curiosidad ver qué había un poco más allá y este viaje de tres días parecía la oportunidad ideal. Ir, echar un vistazo y volver.

Armados con arcos y bien pertrechados para el camino, partieron los cuatro hacia Quelizantor. Pronto constató Brigitte que el bosque profundo no se diferenciaba en nada del que ella conocía. Sí, los árboles parecían más viejos y sí, había un poco menos de luz y tal vez un poco más de musgo en los troncos, pero era el mismo bosque. Caminaron durante todo el día sin cruzar más que un par de frases. Iban tensos y alerta, atentos a cualquier ruido extraño, pero las horas pasaron sin sobresaltos. Al caer la noche, acamparon. Era uno de los primeros días cálidos de la primavera, así que se alegraron de no tener que encender una fogata. Comieron algo y montaron guardia por turnos mientras los demás descansaban, aunque nadie durmió demasiado bien. Casi al medio día del segundo día, avistaron las murallas de la ciudad.

Quelizantor se alzaba en mitad de un inmenso claro en el bosque. Entre la linde y las murallas había una explanada más grande que todo Hogar, cubierta de tenderetes con toldos de decenas de colores.

—¡Vaya! ¡Es día de mercado! —cacareó Bosco alegre.

El tono desenfadado del mercader les permitió relajarse. Habían llegado sanos y salvos. Aún tenían que volver, pero de momento podían disfrutar de la novedad.

—¡Solo en el mercado debe de haber dos veces más gente que en todo el pueblo! —exclamó la herrera con la boca abierta.

Quelizantor

Atravesaron la fila interminable de tenderetes y cruzaron las puertas abiertas de la ciudad hasta una enorme plaza que se abría a los pies de una gran escalinata. Todo en aquella ciudad parecía hecho para gigantes. En lo alto de las escaleras, una amplia quemadura ennegrecía el  blanco de los escalones. A ambos lados del edificio soldados con vistosas armaduras y coloridos estandartes tomaban nota a una fila de gente. Bosco se detuvo un instante a escuchar lo que proclamaba un alguacil.

—Al parecer —dijo—, el general Ivor está convocando una leva en todo Voldor para formar un gran ejército que derrote a Alamuerte.

—¿Alamuerte? —preguntó Brigitte.

—Es una vieja leyenda. Se dice que Alamuerte es el dragón de la destrucción. Fue derrotado antes incluso de que los Peregrinos llegaran a estas tierras y duerme desde entonces, pero el General parece convencido de que va a despertar pronto y quiere reunir a cuantos más voluntarios mejor.

Brigitte se preguntó cómo sería vivir una aventura semejante. El riesgo, la gloria, la batalla… Todo aquello le parecían motivaciones ajenas a ella completamente. No sentía esos deseos de grandeza. Ella era feliz con su vida.

Abandonaron la plaza y acompañaron a Bosco hasta el Gremio de los Mercaderes, donde les ofrecieron comida y bebida y un lugar donde reposar antes de ponerse en marcha de nuevo. Allí probaron por primera vez la carne de pescado y un queso que no estaba hecho con leche de cabra, sino con leche de vaca. Tenía un sabor mucho más suave y era muy cremoso. No les disgustó.

Disfrutaron del descanso y cuando fue la hora de partir Bosco los llevó hasta la puerta. Fuera en la explanada algunos tenderetes habían recogido ya, pero seguía habiendo un ir y venir de gente constante.

—No creo que pueda agradeceros nunca lo suficiente todo lo que habéis hecho por mí —dijo Bosco.

—Ya lo sabes, Bosco, Hogar es tu familia —replicó Brigitte con una gran sonrisa.

El mercader hizo un puchero como si estuviera a punto de llorar y los abrazó a los tres.

—Gracias, gracias, gracias. Prometo llevaros algo singular la próxima estación. La maravilla más maravillosa que hayáis visto jamás.

—Está bien —dijo Brigitte entre risas—. Te estaremos esperando aquí el día después del equinoccio de primavera.

—¿Cómo?

—No vamos a dejar que te arriesgues cruzando ese bosque nunca más. El pueblo está de acuerdo. Un grupo de voluntarios te esperará en Quelizantor durante la primera semana de cada estación para escoltarte. Gracias a ti sabemos que podemos pagarlo —dijo guiñándole un ojo a la bolsa de sal que sabía que el mercader llevaba oculta bajo el jubón.

—Que-que-que sean dos maravillas pues —tartamudeó nuevamente abrumado—. Hasta dentro de una estación.

Los tres guardianes se marcharon despidiéndose con la mano del gran mercader que parecía a punto de echarse a llorar y se internaron en el bosque de vuelta a su hogar.

El camino de vuelta les pareció más corto que el de ida a pesar de haber salido casi al atardecer de Quelizantor. Volvían a ir tensos y en silencio pero su paso era más rápido, más seguro. Cuando acamparon al caer el sol aún les duraba el entusiasmo por lo que había visto en la ciudad. Tantísima gente junta, más productos de los que sabían nombrar y edificios más altos que los propios árboles. Volvieron a turnarse para hacer guardia durante la noche y descansaron bien pero antes del amanecer, los despertó la herrera.

—Despertad. Parece que hay una humareda que se levanta por encima del bosque desde el norte.

—Huele a chamuscado —murmuró el cazador aún medio dormido.

Brigitte olfateó el aire y arrugó la nariz. Era un olor a madera quemada con un regusto acre muy desagradable. Treparon lo más alto que les permitieron las endebles copas de los árboles para otear en la distancia y efectivamente, al norte se recortaba una columna de humo gris sobre el cielo del alba.

—Una fogata no se vería desde esta distancia —dijo Brigitte—. Deben de haber quemado parte del bosque. Tal vez deberíamos dar un rodeo.

Estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería alejarse uno o dos kilómetros a la izquierda para sortear lo que fuera aquello aunque les llevara un poco más. Sabían que llevaban buen ritmo y no les retrasaría demasiado. Después de hacer una pausa al mediodía para comer, el bosque les resultaba más familiar, los troncos se espaciaban cada vez más y pronto encontraron uno de sus senderos de caza. Animados, cruzaron la linde y en ese momento supieron que algo no iba bien.

Habían salido en la parte sur de los campos de cereal, pero no quedaba nada de los cultivos. La tierra estaba negra, completamente arrasada por el fuego. El miedo arraigó en el pecho de Brigitte. Los tres echaron a correr por la llanura, siguiendo el límite de los campos, corriendo tan rápido como les permitían sus agotadas piernas. Mucho antes de llegar a la primera línea de casas, fueron conscientes de que habían arrasado su hogar por completo.

De las casas solo quedaban escombros humeantes y una negra columna de humo se elevaba en el centro de todas ellas. Sus pies recorrían lentamente el trazado de calles que ahora estaban cubiertas de restos de piedra y madera quemada. Manchas oscuras salpicaban la tierra aquí y allá y aquel olor parecía vaticinar algo más terrible aún. En medio de la plaza ardían los restos de lo que la noche anterior debía de haber sido una gran hoguera. Entre las llamas casi apagadas se adivinaban los huesos quemados de los habitantes de Hogar. Brigitte se detuvo y vomitó.

Cuando se incorporó, la realidad la golpeó como un mazazo en el estómago y la dejó sin aire. Estaban todos muertos. Fue vagamente consciente de que el cazador se doblaba por la mitad a su lado y oyó el grito de un animal herido a lo lejos que debía de ser de la herrera. Aquello no podía estar pasando. Hacía unas horas parloteaban alegremente de cómo iban a impresionar a todos con las historias sobre la ciudad y ahora no quedaba nadie a quien contárselas.

—Debemos volver a la ciudad y pedir ayuda —dijo la herrera.

Brigitte la miró con los ojos vidriosos, sin comprender.

—¿Ayuda? ¿Para qué? No queda nadie… —su voz murió como si se resistiera a pronunciar aquellas palabras.

—Debemos avisar para que atrapen a los culpables. Nosotros no podemos hacer nada, pero los soldados seguramente puedan rastrear las montañas.

Aquella última palabra encendió algo en el recuerdo de Brigitte.

—Montañas… —repitió—. ¡Eso es!

Los otros dos la miraron sin comprender.

—¡Pueden haber huido a las montañas!

—Eso he dicho —dijo desconcertada la herrera.

—No, no, no, no —ametralló vehementemente Brigitte. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.— ¡Puede haber supervivientes! ¡Tenemos que ir a las montañas a buscarlos!

—Eso es una locura —dijo el joven cazador negando con la cabeza con los ojos fijos en la pira—. Aún en el caso de que alguien hubiera sobrevivido, nosotros solos no podríamos rastrear todo el Recoveco. ¡Es inmenso!

Brigitte se negaba a escucharlos. Aquella idea había prendido en su cabeza como un faro de esperanza y se aferraba a ella contra toda lógica.

—Si no queréis acompañarme, iré yo sola.

—¡Pero no seas insensata! Acompáñanos a Quelizantor y regresaremos con ayuda.

—No —se plantó—, no hay tiempo que perder. Pueden estar hambrientos, heridos o incluso puede que los estén persiguiendo. Si esperamos tres días, no quedará nadie más.

Su voz había ido subiendo en tono e intensidad hasta acabar en un grito agudo desesperado. Trataron de hacerla entrar en razón, pero fue imposible así que Brigitte partió sola hacia la cordillera de Zirilaz mientras sus dos compañeros se dirigían de vuelta a Quelizantor, justo en dirección contraria. Nunca volvió a saber de ellos.

Día tras día recorrió las montañas y con cada paso la vana esperanza que había albergado se iba disipando dejando tras de sí la desesperación más absoluta y cruel. Empezó a pensar que debía haber vuelto a la ciudad con los otros, pero cuando finalmente quiso hacerlo, descubrió que no sabía dónde estaba. Perdió toda noción del tiempo y de la orientación. Agotada, desesperada y sin apenas comida ni agua dio un día con un bosque y sin pensarlo demasiado, se internó en él. Un paso tras otro. Ya no tenía suela su calzado. Apenas podía llamarse ropa a lo que le cubría el cuerpo de tan sucia y raída como la llevaba. Cuando llegó a un arroyo, se despojó de todo y lo tiró. Confeccionó prendas nuevas con piel de sus presas y siguió caminando, sin rumbo. Ni siquiera sabía si caminaba en línea recta o en círculos. La verdad era que tampoco tenía a dónde ir. Ya no tenía hogar.

Y un buen día, tan súbitamente como empezó, el bosque terminó contra una muralla. Puso la mano contra la piedra sin entender qué sucedía. ¿Un muro de piedra en el bosque?

—Ah —dijo para sí con voz ronca—. Una ciudad.

Era vagamente consciente de lo que hacía aunque no era capaz de razonar. Sabía que tenía que seguir la muralla hasta la puerta pero no sabía por qué, así que sin apartar la mano del muro, comenzó a rodearlo. Aquella piedra resultaba agradable al tacto. Estaba fría y pulida aunque el viento y el agua ya habían empezado a hacer mella en su superficie. Brup, brup, brup, brup, brup. Los dedos de Brigitte subían y bajaban por los altibajos de cada enorme piedra haciéndole cosquillas en las yemas de los dedos. Al cabo de un buen rato, casi se chocó con uno de los guardias que custodiaban la entrada.

—Discuple, señorita —dijo él con una inclinación de cabeza y se apartó para dejarla pasar.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados como intentando averiguar quién o qué era, inclinó la cabeza imitando su gesto sin apartar la vista y después continuó su camino con la mano aún pegada a la piedra.

Deambuló sin rumbo por las calles de aquella ciudad, durmiendo en los callejones y comiendo lo que podía. Tenía la apremiante sensación de que debía buscar algo en la ciudad pero no recordaba qué. Sin embargo, aquel pensamiento la obligaba a quedarse allí y no volver al bosque.

Un buen día, alguien la llamó.

—¿Brigitte?

Ella se detuvo. Aquel sonido le resultaba familiar. Se dio la vuelta con lentitud y vio a un hipótido algo anciano. Entornó los ojos ladeando la cabeza, intentando averiguar de qué lo conocía.

—Brigitte, ¿eres tú? —El anciano se le acercó y la tomó de la mano.— ¿Qué ha pasado? Aún falta una semana para el equinoccio. ¿Por qué no estás en Hogar?

—¿Hogar? No tengo hogar, Hogar se quemó. Todos murieron…—dijo con una voz ronca que no parecía la suya y acto seguido, se desmayó.

Bosco puso cara de horror y Brigite a punto estuvo caer al suelo, pero una mujer que pasaba por allí logró sujetarla antes de que su cabeza golpeara los baldosines. Se formó un pequeño revuelo y entre varias personas ayudaron a Bosco a llevarla a su casa.

Cuando despertó, Brigitte no tenía ni idea de dónde estaba. El colchón y la almohada eran suaves y mullidos, la manta cálida y agradable al tacto y las paredes de aquella habitación parecían de piedra. Tampoco la ropa que llevaba le resultaba familiar, un camisón de algún tejido delicado muy distinto de las bastas piezas de cuero y lana que solía llevar. Se incorporó despacio. Al apoyar los pies en el suelo se percató de que lo sentía áspero al tacto, pero al mirar vio que no se trataba del suelo, sino de sus propios pies. Los tenía vendados. Con cuidado comprobó si se podía poner en pie y, aunque le dolía, lo que le hubieran puesto en las vendas lo mitigaba en gran parte. Se dirigió a la puerta y la abrió. En la sala que había al otro lado, Bosco esperaba leyendo lo que parecía un libro de cuentas.

Al verlo, algo encajó en su cerebro y recordó todo lo sucedido aquellas semanas atrás. Los recuerdos llegaron en tromba y tuvo que sujetarse contra el marco de la puerta. Bosco se levantó rápidamente y la ayudó a volver a la cama. Al igual que ella había hecho por él, la cuidó durante todo el tiempo que tardó en recuperarse. También le contó que había dado el aviso de lo sucedido pero que los guardias de la ciudad no habían encontrado nada más aparte de las ruinas. Ni culpables ni supervivientes. Extrañamente aquella noticia no la alteró. Solo era la constatación de lo que ella ya sabía y cuando se recuperó descubrió que no tenía nada que hacer. No había Hogar al que volver. Cuando Bosco hubo de marcharse de la ciudad, le ofreció acompañarlo como guardaespaldas “hasta que averigües tu propósito”, dijo. Iría con él en sus viajes para protegerlo y a cambio, él le pagaría un jornal y la comida. Brigitte aceptó.

Durante el resto de la primavera y parte del verano recorrieron el bosque de Ambar hasta Telaraña, la capital del reino Araina haciendo pequeños intercambios por el camino. Se detuvieron unos días allí y después atravesaron el Eidolon para cruzar las selvas Azules de Zafiria en dirección a las llanuras de Xarilia. Como le dijo Bosco, esta vez no viajarían a la capital del Imperio Mida aunque le hubiera gustado porque debían pasar a entregar un encargo a Yol-Xoc y después llegar cuanto antes a Shiras-Shirshin, en las montañas del Fin del Mundo. Debía llevar varios paquetes de incienso a los monjes del templo, pues ya se estaban quedando sin él.

Poco a poco Brigitte volvió a ser la que era. El viaje y la compañía de Bosco le devolvieron parte de la alegría que había perdido. El mercader parecía conocer todos los caminos y los mejores lugares para comer y dormir sin que los timaran. Mucha gente lo reconocía y en los pueblos celebraban su llegada con regocijo. Las primeras veces le recordaba demasiado a su propia experiencia en Hogar, pero de alguna forma logró llegar a disfrutar la felicidad de aquellos niños en busca de golosinas sin hundirse en la melancolía.

Cada vez que retomaban el camino, Brigitte le daba vueltas a su propósito. Nunca se había planteado otra vida que la de Hogar. Había nacido allí y siempre había dado por sentado que moriría allí. Así que ahora, por primera vez, repasaba sus opciones. Quedarse con Bosco era la más evidente. El hipótido le gustaba, pero también era consciente de que no seguiría en los caminos el resto de su vida. Ya estaba mayor. También podía quedarse en alguno de aquellos pueblos, pero no sabía si podría sobrellevar que le recordaran tanto a su casa. Otra opción era buscar una gran ciudad como Quelizantor y convertirse en aprendiz de algo. Bosco siempre le decía que si se decidía por aquello, la recomendaría para el oficio que fuera.

Pero la respuesta llegó como todas las cosas parecían llegar a la vida de Brigitte, de improviso y sin avisar. Cuando estaban a una semana de camino de la ciudad de Yol-Xoc se toparon de repente con un inmenso campamento militar que cuadruplicaba las dimensiones de la ciudad de Quelizantor. La empalizada era gruesa y medía al menos diez metros de altura. En lo alto había apostados guardias con ballestas armadas, listos para disparar, y cuando encontraron la puerta, descubrieron varias filas interminables de gente que aguardaba a ser interrogada por los guardias de la entrada.

Se detuvieron a observarlo todo. Engrosaban aquellas filas gentes de todas las edades, razas y estatus. En la misma fila aguardaban uno de tras de otro una karasu con armadura de cuero y una cimitarra al cinto; un mida con una túnica que parecía ribeteada con oro y un araina con una cota de malla oxidada en algunas partes. Aquel debía de ser el famoso campamento del general Ivor y toda aquella gente eran los voluntarios para unirse a su ejército. Creían en Ivor y estaban dispuestos a luchar contra Alamuerte para detenerlo.

Brigitte no supo qué fue, pero algo la llamó poderosamente hacia aquel lugar. De pronto una idea prendió en su mente. Ya que no había podido proteger a los suyos del desastre, haría lo que estuviera en su mano para detener el mal que quería destruir aquella tierra. Protegería a los inocentes y no permitiría que nadie tuviera que sufrir lo que ella vivió.

Y así se lo comunicó a Bosco. Le costó más de lo que había esperado despedirse del anciano mercader, quien antes de marcharse, levantó una lona de su carro y le entregó las dos maravillas que le había prometido tanto tiempo atrás para su regreso a Hogar: un precioso arco de madera labrada y un sencillo cinturón de cuero con una hebilla decorada con nácar del Marmarax.

—Y recuerda —le dijo mientras la abrazaba con sus enormes brazos—, Hogar es tu familia. No temas pedir ayuda cuando la necesites.