Contexto

Ishtar es uno de los personajes de la crónica «El resurgir de Alamuerte». Es una monje felínida con un gran sentido de la justicia y cierta dificultad para mantener sus emociones a raya. El concepto del personaje nació a partir de otro que fue creado para probar el sistema de El Resurgir del Dragón en un one-shot. Las historias de ambos están relacionadas, no solo porque son hermanos, sino porque ambos son monjes felínidos educados con los mismos valores que no dudan en acudir a la llamada de socorro cuando Voldor está en peligro. Sin embargo, Ishtar y Zaret son en esencia distintos. Mientras que Zaret es un personaje comedido, tranquilo y seguro de sí mismo (rozando casi la soberbia); Ishtar alberga grandes inseguridades, aunque no duda en dar rienda suelta a sus emociones, sobretodo cuando comprende que son la base de su fuerza.

Silencio.

Los primeros rayos de luz cruzan tímidamente la habitación desde la ventana. Al otro lado de la cama espera mi hábito. Me acompaña desde que entré al templo. Es humilde, pero sobretodo, cómodo. Tardo apenas media hora en llegar a las puertas de la gran sala de oraciones. Junto a mí está mi familia: mis cinco compañeros a los que confiaría mi vida y el destino del mundo si fuera necesario. Tarafi guía la oración hoy. Es nuestro maestro y líder espiritual, pero su hábito sigue siendo como el nuestro. No necesita apariencias para destacar. Desde el lado opuesto de la sala, una estatua de una joven noble vestida con sencillez nos observa y nos ofrece la paz con una rama de olivo: Eurana. Acudimos cada mañana a rezar ante ella para mantener fresco en recuerdo de que la libertad Voldor es un tesoro frágil que puede perderse en cualquier momento. Admiramos la belleza de la madre naturaleza mientras subimos a lo más alto de Las Montañas del Fin del Mundo, a pocos kilómetros del templo. En esta época del año las primeras flores comienzan a adornar las ramas de los árboles y los cervatillos dan sus primeros pasos en los prados.

Fortaleza.

Pierna derecha estirada, pierna izquierda levemente flexionada. Brazo derecho ligeramente por encima de la cabeza, brazo izquierdo estirado y puño cerrado. Espalda recta. Respiración pausada. Cambio de punto de apoyo, pierna derecha flexionada con la rodilla a la altura de la cadera. Espalda recta. Respiración pausada.

Una a una repetimos las posiciones como una suerte de danza perfectamente coreografiada mientras Tarafi controla que no cometamos ningún error. Con cada uno de los movimientos notamos cómo nuestro cuerpo se tensa y protesta. El esfuerzo que supone mantener equilibrios imposibles nos hace sudar, pero también nos fortalece y nos permite ganar resistencia, fuerza y estabilidad.

Desde tiempos inmemoriales, los maestros del templo de Shiras-Shirshin han utilizado este lugar para entrenar a los pocos elegidos que demuestran su valía y su compromiso. Desde lo alto de la cordillera Axajax, situada en el extremo más oriental de la península de Yugerten, se puede ver el largo e infinito mar de Marsarux.

Este entrenamiento constante durante largos años sumado al aislamiento absoluto del resto del mundo nos enseña a canalizar la energía de nuestros cuerpos y, tal vez con el tiempo, la energía de los demás.

Coraje.

Ya ha pasado un año. Ha llegado el día. Hoy probaré mi coraje. No puedo evitar pensar en cómo Zaret superó el ejercicio de una manera impecable, perfecta. Cerró los ojos, tomó aire, se impulsó desde el suelo e instantes después allí estaba, en lo alto del bastón perfectamente equilibrado. No dudó un solo instante, el bastón de entrenamiento parecía ser una extensión de su propio cuerpo. No puedo fracasar. No otra vez. Creo que no soportaría volver a caer y deshonrar a mi familia.

En unas horas será mi turno, así que por última vez me dedico a repetir uno a uno todos los pasos de la rutina y el entrenamiento que tanto he practicado.

—Has crecido mucho desde la última vez que te vi, cabeza de chorlito. —Una voz familiar suena de repente detrás de uno de los árboles.

—¡Zaret! ¿Qué haces aquí? Se supone que nadie puede entrar a esta zona de entrenamiento.

Si no fuera por ese equilibrio tan perfecto que siempre tiene lo habría derribado con mi abrazo. Pero no. Absorbe el impacto con elegancia y nos sostiene a los dos. De nuevo, mi hermano demuestra que su control es tan perfecto, tan medido… Y yo que soy incapaz de controlarme. Pero hacía tantos años que no lo veía… Desde que se marchó a recorrer Voldor como emisario de la tribu elegido por los maestros de Shiras-Shirshin. ¡Cómo lo echaba de menos!

—Cuando era un niño y entrenaba aquí digamos… —acerca su cara a la mía y baja la voz con aire misterioso— que descubrí ciertos… um… pasadizos, que conectaban todo el templo. ¿Creías que iba a perderme el gran día de mi hermanita?

—Llegas un año tarde —le contesto, un poco más apática de lo que me hubiera gustado.

Una sombra cruza brevemente su rostro. ¿Me lo habré imaginado? Su rostro parece tan afable como siempre cuando coloca sus manos en mis hombros.

—Eh, enana, mírame —dice mientras clava sus ojos en los míos muy intensamente—. Si alguien puede conseguirlo eres tú. No conozco a nadie más valiente y más cabezota. A ver, enséñame de qué eres capaz.

Cojo aire y me dispongo a ejecutar cada uno de los movimientos necesarios para realizar el ejercicio. Me concentro, consigo impulso e intento mantenerme en el aire con el único punto de apoyo del bastón. Pero algo va mal. Mis manos empiezan a sudar y pierdo el equilibrio. Me voy a caer. Zaret me está mirando. No voy a superar la prueba. Fracasaré. Otra vez. Deshonraré a mi familia. No me dirán nada, pero los habré deshonrado igual. Todos cargarán con el peso de mi fracaso. Zaret también. Caigo. Golpeo contra el suelo pero ahí no acaba la caída. Siento que me hundo en un profundo pozo de desesperación.

Unos brazos cálidos me rodean. Zaret se ha arrodillado junto a mí. El bastón está unos metros más allá, en el suelo, igual que yo.

—Isht, escúchame —murmura tan quedamente que si estuviera un poco más lejos, no lo escucharía—. Escúchame atentamente porque no lo repetiré. Siempre has sido la más fuerte de los dos. Nunca te lo he dicho, pero siempre he admirado tu fuerza interior, la ferocidad de tus ataques, cómo todos tus sentimientos afloran y te hacen más fuerte. Déjate llevar por esas emociones, no dejes que te afecten, contrólalas, utilízalas a tu favor. Siente cómo el miedo se trasforma en determinación, el valor en fuerza o la ira en poder.

Sus palabras me conmueven. Él siempre ha sido mi guía, mi inspiración, todo a lo que aspiraba en la vida, todo lo que alguna vez quise ser. Ni si quiera tengo palabras para describir lo feliz que me ha hecho verle junto a mí precisamente hoy. Zaret me ayuda a levantarme y me ofrece el bastón con solemnidad.

—Cierra los ojos —dice mientras sonríe.

Vuelvo a coger el bastón.

—Pase lo que pase estoy aquí. Siempre estaré aquí —me dice—. Inténtalo de nuevo. No volverás a caer.

Cojo aire y me vuelvo a impulsar. Mis manos vuelven a sudar.

—Concéntrate, siente ese miedo. Reconócelo. Siempre ha estado ahí. No es nuevo. Es un viejo amigo. Lo conoces.

Por un momento tiemblo y a punto estoy de caerme.

—Ahora acéptalo. Comprende que todos caemos, que todos fallamos. Que la verdadera derrota no es caer, sino no volver a levantarte. Deja que ese miedo fluya por todo tu cuerpo y transfórmalo. Siente cómo te hace más fuerte.

Me doy cuenta de que tiene razón. Entiendo a lo que se refiere Zaret. Siempre ha estado ahí. Siempre he tenido miedo de fracasar, de no ser lo suficientemente buena, de que Zaret se avergonzara de mí. Pero no lo hace. Me admira. De alguna forma ya no tengo tanto miedo a caer. No tengo tanto miedo a fracasar. No ha desaparecido pero ahora parece… menos importante. Redirijo toda mi atención al fino equilibrio que me sostiene en lo alto de bastón y cuando me doy cuenta estoy allí, perfectamente vertical. Zaret está unos metros más atrás, con una amplia sonrisa.

—Sabía que lo conseguirías.

El viaje

Han pasado casi seis años desde que terminé el entrenamiento con el maestro Tarafi. Desde aquel día ayudo en el entrenamiento a los nuevos elegidos de la tribu junto al maestro. También paso parte del tiempo en la ciudad oyendo las historias que los viajeros traen desde el resto de Voldor, así que fui una de las primeras en escuchar los relatos de los primeros bardos que trajeron historias de siete valientes aventureros que se enfrentaron a Araxx, la mítica criatura-araña que intentaba doblegar Araina. Para mi sorpresa, uno de ellos era un joven monje felínido llamado Zaret. ¿Que mi hermano había evitado que el gran monstruo araña despertase? Ojalá regresara pronto a la ciudad para escuchar de primera mano su historia.

Y desde luego que no decepcionó. Unos meses después regresó y la epicidad de aquella batalla narrada en primera persona por mi hermano era mucho más gloriosa que las historias que contaban en la plaza del pueblo. No me cansaba de escucharla noche tras noche y en cada reunión familiar que teníamos.

Las cosas en Voldor han estado tranquilas desde entonces, sin embargo, parece que no será así mucho más tiempo. Ayer llegó una comitiva de bardos a la ciudad proclamando a los cuatro vientos que los más valientes aventureros debían dirigirse al centro del reino para enfrentarse a la mismísima muerte.

Tras meditarlo unos pocos días, animada por las historias de Zaret y siguiendo las enseñanzas de nuestra diosa, Eurana, creo que ha llegado el momento de que yo también me una a esta misión. Todos los habitantes de Voldor están en peligro. Si está en mi mano que no mueran inocentes, allí estaré.

Daga de Zaret

Un largo viaje me espera, no sé qué peligros puedo encontrarme en esta aventura o si saldré con vida de ella. No temo enfrentarme a lo que el destino me depare. Llevo toda la vida preparándome para este momento. Es hora de partir.

—Ten. Lleva esto contigo —Zaret extiende las manos y coloca su daga sobre las mías. Los símbolos tallados a mano sobre la hoja negra resplandecen entre nosotros.

—¿Qué? —No lo entiendo—. Pero es tuya, Zaret, no puedo aceptarlo.

Él se limita a cerrar mi mano en torno a la empuñadura.

—Te protegerá igual que me protegió a mí. Llévala contigo.

Saca una vaina y la sostengo con la otra mano.

—Cuando te sientas sola, no dudes de ti misma. Estaré allí contigo. Siempre.

—Gracias, Zar —le digo mientras le abrazo.

—Cuídate, enana.

Ficha

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