Sáhara nació en el mar. Ayami, su madre era capitana de un barco que navegaba por los canales de Voldor comprando y vendiendo cualquier cosa que cayera en sus hábiles manos. Como la mayoría de rakshasas era inteligente y reservada. Observaba todo a su alrededor en silencio, pero cuando hablaba, había algo en su voz que impulsaba a los demás a escucharlo. El padre de Sáhara siempre decía que Ayami debía haber sido cuentacuentos. Se quejaba de que se estropeaba la voz gritándoles órdenes a los marineros y siempre que lo hacía, Ayami gritaba aún más fuerte.

Ayami partió de Vinramir para ver mundo en un pequeño mercante que atracó en la costa. Cuando avistó el barco desde la orilla sabía que no confiarían en ella así que se hizo pasar por una viajera humana para enrolarse. Sin embargo, el capitán no se dejó engañar por las apariencias y, amablemente, le pidió que se deshiciera del encantamiento. «Es de necios juzgar a los demás por su apariencia» dijo. Los años pasaron. Miles de historias se contaron en aquel barco, a la luz de un farol, sobre la cubierta recién encerada o en la estrechez de la bodega entre el bamboleo de las tormentas. Vio morir a muchos marineros, las gentes del mar mueren jóvenes, o eso decía el anciano capitán. Otros se marcharon y nuevos tripulantes los reemplazaron, pero ella sentía una profunda deuda de gratitud con el viejo gnomo que le impedía abandonarlo. A pesar de ello, nunca pudo comprender por qué a su muerte le legó el barco y el título de capitana, pero juró, mientras arrojaban su cadáver a las embravecidas aguas, que respetaría la última voluntad del viejo y no abandonaría aquel navío hasta que la muerte viniera a buscarla.

Tal vez fue eso lo que llamó la atención de Kai. Puede que intuyera, con esa capacidad que tenía de saber cosas que nadie había dicho en voz alta, que Ayami era del mar y nada ni nadie la ataría a tierra. Cuando puso un pie en la cubierta, solo quería llegar a Tridestrin para aprender historias y canciones de las gentes del río, pero a bordo del Ëndrra (‘El sueño’ en alguna extraña lengua que nadie recordaba) encontró mucho más. A diferencia de Ayami, Kai no ocultaba su origen rakshasa. Decía que, como buen artista itinerante, cuanto más llamativa fuera tu apariencia, mayor curiosidad despertaría en la audiencia y desde luego, el pelaje de Kai era de lo más llamativo, incluso entre los de su raza. Era blanco como la nieve recién caída en los primeros días del invierno. Contrariamente a lo que se podía esperar de un rakshasa, Kai era abierto, jovial y nada reservado. Conversaba con todo aquel que tuviera algo interesante que contar o quisiera escuchar alguna de sus innumerables historias. Fue así como se conocieron el uno al otro.

Una tarde de tormenta Kai subió a cubierta, incapaz de quedarse más tiempo encerrado en la bodega. El furioso oleaje hacía bandear la nave violentamente y en cuanto puso un pie fuera, se vio zarandeado de un lado a otro. A duras penas fue capaz de agarrarse a una maroma para no caer al mar. Echó un vistazo a su alrededor y no vio a nadie, lo que no lo sorprendió. Había que estar loco para abandonar la seguridad del casco y arriesgarse a caer al mar. Como si le leyera el pensamiento, otra ola azotó la nave, zarandeándola con fuerza, y fue entonces cuando se percató de que no estaba solo en la cubierta. En el puente de mando, asiendo con firmeza el timón, estaba la capitana. La expresión de su rostro era fiera, como si le mostrara los colmillos al mar y lo desafiara a que hiciera volcar su barco. Esa misma noche, cuando la tormenta amainó y las aguas se calmaron, atracaron en la costa para evaluar los daños. Todos los pasajeros y casi toda la tripulación descendieron a tierra para prender una fogata, secar las ropas y tomar una cena caliente, para variar. Cuando terminaron de cenar, Kai sacó su vihuela, un instrumento poco habitual, parecido al laúd pero sin panza y comenzó a cantar El tigre y el zorro. Era una balada rakshasa que narraba la historia de dos amantes, Tora e Inari. Él era rakshasa y ella, kitsune, por lo que su amor era imposible. Comenzaba con El anhelo de Tora, una melodía triste y profunda que conmovía en lo más profundo a quien la escuchara. Ayami, que acababa de descender a tierra para cenar tras comprobar que la nave no había sufrido daños, sintió que aquella voz la envolvía del mismo modo que lo hacía la suave caricia de la brisa marina. Era una canción difícil de escuchar fuera de Vinramir, ya que ningún rakshasa admitiría ante otras razas que uno de los suyos se enamorara de un kitsune. Sin embargo, la enseñaban a los pequeños para que recordaran siempre el amargo final de la historia: los enamorados se fugaban una noche de tormenta en una pequeña barca que terminaba engullida por el mar. Después de El anhelo de Tora, Kai entonó el Lamento de Inari, cuatro estrofas cargadas de amor hacia Tora pero también de amargura y tristeza por la incomprensión de sus familias. Cuando las últimas notas del Lamento dejaron de reverberar entre las rocas, Kai desgranó el primer acorde de La tormenta y Ayami echó a andar hacia el barco. No quería escuchar el desgraciado final de la historia. Sin embargo, cuando había dado unos pocos pasos, algo la hizo detenerse. Esa no era la melodía. La que sonaba parecía la melodía de La tormenta, pero no era amarga ni triste. Había algo en ella que revelaba rebeldía, ansias de lucha y deseos de libertad. Sin darse cuenta, desandó lo andado y se acercó al fuego. Ahora la voz de Kai le llegaba clara y podía ver su cara al otro lado de las llamas. Aquel rakshasa de pelaje blanco como la azucena la miraba fijamente mientras contaba un final totalmente distinto de El tigre y el zorro. Cantaba la hermosa huida de los amantes a través de la playa, cómo se echaban al mar en una pequeña barca a pesar de la tormenta y cómo la mar los alzaba en una ola y los ocultaba de la vista de sus perseguidores haciéndoles creer que habían muerto ahogados. Juntos llegaron a otras tierras donde a nadie le importaba quienes fueran y donde pudieron ser felices. Al terminar, los ojos de Ayami estaban fijos en los de Kai y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.

Por eso Sáhara nació en el mar.

La pequeña nació con un curioso mechón blanco en el pelaje de la cabeza. Kai siempre bromeaba diciendo que la culpa era de Ayami, que no había terminado de pintarla. A Sáhara le gustaba mirar el reflejo brillante de su mechón de la suerte en la superficie del agua. En todo lo demás, era prácticamente igual a su madre. Heredó de ella la potencia de su voz, el porte firme y los ojos despiertos. De su padre obtuvo el carácter alegre y la destreza musical. Prácticamente empezó a caminar al mismo tiempo que trepaba por el palo mayor. Aprendió a desenvolverse en el mar con Ayami y en tierra firme con Kai. En altamar correteaba por la cubierta, llevando materiales, haciendo recados o atando y desatando nudos, pero cada vez que paraban en un puerto, bajaba junto a su padre para oírlo cantar en las tabernas. A veces intercambiaba canciones por mercancías. Otras las intercambiaba por noticias o historias de lugares lejanos que le contaban los parroquianos. En raras ocasiones, ya había otro músico en el local. En esos casos él y Sáhara se sentaban discretamente en el fondo de la taberna, pedían algo de beber y, si se la sabían, coreaban la canción. Cuando todo terminaba, Kai se acercaba al músico, lo invitaba a una cerveza y entablaba conversación con él. Esas eran las noches favoritas de Sáhara, porque aprendía canciones nuevas, veía extraños instrumentos e incluso, en una ocasión, una barda mida encantó las llamas de la chimenea para contarle una antigua historia de batallas. Una noche, una adivina karasu se ofreció a leerles el futuro a cambio de que cantaran una canción de su tierra. A Sáhara le intrigó tanto que Kai no tuvo más remedio que aceptar. Cuando terminaron de cantar, la adivina se les acercó y le susurró algo a su padre al oído. Después se agachó junto a Sáhara y le dijo muy bajito: «Aún eres joven, pero algún día, escribirás la mayor epopeya jamás escuchada en las tierras de Voldor». Aquella idea jamás abandonó su mente. La mayoría de las veces, sin embargo, obtenían solo unas piezas de plata y un caluroso aplauso de la concurrencia que estallaba en vítores cuando las últimas notas del instrumento de su padre se desvanecían en el aire.

Cuando creció lo suficiente, Kai enseñó a la pequeña Sáhara a tocar y cuando demostró que tenía talento para ello, sus padres le regalaron una preciosa vihuela de cedro de un llamativo color marrón rojizo, con intrincados dibujos en el rosetón central. No fue hasta muchos años más tarde cuando Sáhara se dio cuenta de lo mucho que debía de haberles costado aquel instrumento tan hermoso. Desde aquel momento Kai ya no le permitió ser una espectadora. Tocaba con él en las tabernas, hacía los coros de sus canciones cuando era necesario y hacía representaciones tras las que la gente solía acercarse para alabar su talento y preguntarles sobre ellos. En algunas poblaciones eran los primeros rakshasa que pisaban aquella tierra y despertaban una gran curiosidad.

Sáhara demostró tener un don para las palabras que no tardó en meterla en líos. Una noche en una posada, después de que hubieran terminado de tocar, la posadera los invitó a quedarse a cenar con ellos, pues ya era tarde. Era una mujer amable pero recia, su marido era un hombre tranquilo con una permanente sonrisa en el rostro y tenían una hija que contaba con no más de dieciséis años. Por aquel entonces, Sáhara tendría unos veinticinco y empezaban a despertar en ella las pasiones de la juventud. La joven humana no había parado de mirarla desde que entraran en la taberna, fascinada por su apariencia y cuando terminaron de cenar pidió permiso para que ambas se retiraran un rato mientras los mayores hablaban. La joven, Oria, la tomó de la mano y la llevó a un pequeño patio interior al que daban las ventanas de algunas habitaciones. Allí se sentaron y comenzó a hacerle preguntas. Conforme Sáhara hablaba, sentía cómo Oria se acercaba más y más a ella, como si anhelara sus palabras. Entonces, sin saber muy bien por qué, tomó la cara de la chiquilla entre sus manos y la besó. Entonces escuchó un grito tras ellas: en la puerta del patio estaban los posaderos mirando con cara de horror la escena que se desarrollaba ante ellos. Sáhara se dio cuenta de que se había metido en un lío y se escabulló lo más rápido posible en busca de su padre. Ambos salieron corriendo de la posada dejando atrás los gritos e improperios que arrojaban los humanos y que los siguieron casi hasta el barco. Lejos de enfadarse, Kai parecía hasta casi divertido, pero a pesar de ello, reprendió duramente a Sáhara antes de subir. Le hizo prometer que no repetiría nada semejante con aquellos que se portaban bien con ellos, puesto que ya era suficientemente difícil que los dejaran tocar en las posadas siendo rakshasa. La expresión de su rostro se fue tornando más seria y triste al tiempo conforme aquellas palabras salían de su boca y Sáhara comprendió que en el interior de su padre habitaba una honda tristeza. Comprendió que su carácter abierto y jovial era un desafío a los prejuicios de todos aquellos que desconfiaban de él por su raza.

Después de aquello nunca más volvieron a la posada. Sin embargo, Sáhara continuó con sus correrías, eso sí, de manera más disimulada y nunca en las tabernas. Le gustaba seducir a todos aquellos jóvenes incautos que ponían los ojos sobre ella. A lo largo y ancho de la costa de Voldor cayeron en sus brazos muchachos y muchachas de todas las razas y clases sociales. En ocasiones abandonaba sus camas de madrugada (Kai ya se resignaba a no esperarla después de las actuaciones), dejando a sus amantes despertar desolados en la mañana. Otras veces tenía que salir corriendo cuando eran descubiertos e incluso a punto estuvo de que la atravesara un marido enfurecido con el acero de su espada por haber deshonrado a su esposa.

Una noche que no tenía nada de particular, desembarcaron en una de las muchas ciudades costeras de Voldor. Sin embargo, cuando entraron en la taberna notaron un bullicio extraño, el de las noticias frescas. Todo el mundo cuchicheaba y en las mesas la gente no paraba de hablar. Localizaron en la barra junto al escenario a un mediano bebiendo cerveza. A sus pies reposaba el estuche de un violín. Kai y Sáhara se acercaron y le preguntaron que a qué venía tanto alboroto. El mediano, de nombre Dante, puso cara de sorpresa, pues no creía que quedara en ningún rincón de Voldor una sola persona que no hubiera escuchado ya la noticia. Sáhara vio cómo entregaba un pergamino a su padre mientras les contaba que en el centro de Voldor se estaban reclutando voluntarios para un gran desafío. Nadie sabía aún de qué se trataba, pero se prometía a los aventureros enfrenarse a la mismísima muerte. De pronto, algo retumbó en lo más profundo de Sáhara. Las palabras graves, profundas e intensas de una extraña karasu resonaron con toda su fuerza en su mente: «Aún eres joven, pero algún día, escribirás la mayor epopeya jamás escuchada en las tierras de Voldor». La mayor epopeya… ¿Y si era esto lo que había vaticinado la adivina? Cuando aquella noche se despidieron de Dante con la promesa de llevar la nueva a las tierras rakshasa, Sáhara expuso a sus padres su deseo de unirse a los aventureros para acompañarlos allá donde fueran y componer la mejor historia que jamás se había cantado en lugar alguno del continente. Ayami y Kai se miraron, con una mezcla de preocupación, orgullo y miedo. Tras unos instantes, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito, se volvieron para mirarla.

–De acuerdo –dijo Ayami–, pero tienes que prometernos una cosa. Cuando la hayas escrito, volverás aquí y nos la cantarás.