Hoy os traigo una historia que creamos sobre la marcha una tarde sobre dos de los PNJ con más trasfondo y más peso en la trama de la partida de Vampiro: La Mascarada que llevábamos (y que terminó hace unos días #drama), Fletcher Henderson y Cyrine Laveau. Le pusimos de nombre provisional Zangre! (del porqué y de Rodrigo hablamos otro día) y con él se quedó. Hasta ahora no os habíamos hablado de ella porque tenemos unos jugadores muy cotillas y no queríamos desvelarles más de la cuenta.

La partida comienza plácidamente en Nueva Orleans en 2005 (no tuvimos en cuenta la Gehena) cuando de pronto se descubre una subasta clandestina de vástagos neonatos (los jugadores) en un antiguo teatro. Las fuerzas del Principado de la ciudad desmantelan el lugar y deciden tutelar a los nuevos vástagos dejándolos a cargo de Rodrigo (jugador), el primogénito Ravnos y encargado de la recepción en la ciudad de los recién llegados, que contará con la ayuda de Cyrine y de Fletcher. Juntos intentarán averiguar qué es lo que les ha pasado y ayudarlos a probar que son miembros válidos de la comunidad para que el Príncipe les permita vivir (un argumento más o menos estándar de partida de Vampiro).

Fletcher Henderson y Cyrine Laveau son los dos PNJ en torno a los que desarrollamos la mayor parte de la trama. De Cyrine os hablé un poco desde la patata en este hilo y hablaré más en profundidad de ella en el futuro. En pocas palabras, Cyrine Laveau era mi PNJ, una Lasombra Antitribu que nació para guiar a unos jugadores novatos en su primera partida, los traicionó y acabó dando la vida por ellos. Por su parte, Fletcher Henderson era (y es) el PNJ de María, un Tremere poco ortodoxo enamorado del jazz y sire de una de las jugadoras, que perdió la cabeza con la traición de Cyrine y a punto estuvo de acabar con ella y con la ciudad.

Esa tarde (o mañana, no lo recuerdo) fue en la que nos dimos cuenta de que sabíamos quiénes eran Fletcher y Cyrine en este momento y conocíamos sus orígenes, pero todo lo de en medio estaba en blanco. Se suponía que se conocían pero, ¿por qué? ¿De qué? ¿Eran amigos? Habían sido muy cercanos pero, ¿por qué ahora ya no? ¿Por qué Cyrine había recurrido a un Mago para acabar con la tiranía del Príncipe Marcel y no a Fletcher? Y lo más importante porque era lo que se iba a ver en partida: ¿cómo se iba a tomar Fletcher esta traición?

Así que cada una se metió en su personaje, nos plantamos en Discord y empezamos a lanzar ideas locas. Tomamos de referencia algunas cosas del Nocturno de Nueva Orleans, como la trama de Cabullarsi y sus chiquillos como pretexto para que Fletcher estuviera en la ciudad y esto fue lo que salió:

Fletcher en Nueva Orleans (o cómo Fletcher perdió la cabeza por el jazz y Cyrine)

En 1891 Cabullarsi llegó a Nueva Orleans persiguiendo a su recién creada chiquilla Marie D’Richet. Cuando llegó, vio que su otro chiquillo, Nigel, y el chiquillo de este, Sebastián, habían establecido una capilla en la ciudad. Sin embargo, debido a su dudosa reputación y a los problemas de Sebastian, Viena no la reconocía como Capilla. Cuando volvió a ver a Marie, descubrió que estaba en el elíseo del príncipe formando parte de la Corte por culpa de un Ventrue, Marcel Gerard.

A oídos de Celestyn, la sire de Fletcher, llegó la noticia de que se había visto a Cabullarsi en Luisiana y partió con él al nuevo mundo para capturarlo por fin. Cuando llegaron, la situación en la ciudad era mucho peor de lo que se habían imaginado. El regente de la capilla era un hombre inestable que sufría largos periodos de depresión combinados con momentos de euforia y explosiones de ira. Su sire, Nigel, cuidaba de él y trataba de controlarlo, pero Celestyne vio un claro peligro para la Casa y para la Mascarada, así que pidió permiso a Viena para desmantelar la capilla no reconocida y retener al regente y a su sire para interrogarlos por el paradero de Cabullarsi. Sin embargo, Nigel y Sebastian lograron escapar de la ciudad antes de que los atraparan y de Cabullarsi no quedó ni rastro.

Dado que la ciudad había quedado sin domino Tremere, Celestyn propuso a Fletcher ser ascendido a regente de la nueva capilla, pero este le respondió que no se sentía preparado para ello; así que pidió refuerzos a la capilla más cercana, la de Chicago. Mandaron a la señora Black y al señor White para organizarlo todo y establecer por fin una capilla reconocida en la ciudad.

Una noche, Celestyn recibió un mensaje urgente de Viena en el que se le pedía que regresara inmediatamente. No le comunicó su contenido exacto a Fletcher más allá de que debía partir de inmediato dejándolo al cargo de la investigación sobre Cabullarsi y de mantener el orden en la ciudad. Con lo que ninguno de los dos contaba era con que la ciudad le guardaba un par de sorpresas al taumaturgo.

Después de un siglo sin apenas dedicarle atención a la música ya que sus otras obligaciones ocupaban la mayor parte de su tiempo, se encontró en una ciudad en plena ebullición. Una nueva corriente musical recorría las calles de Nueva Orleans prendiéndolo todo como la pólvora. Había nacido el jazz. Algo explotó en el interior de Fletcher y se vio arrastrado por la energía de esta nueva música tan extraña y fascinante. Fue apartando a un segundo plano la mayor parte de sus obligaciones con la capilla y comenzó a relacionarse con los músicos humanos en los clubes de la ciudad. Descubrió que el sonido grave y potente del contrabajo lo hacía vibrar por dentro y se unió a varias bandas de la ciudad. Tocaba cada noche en diferentes clubs hasta que decidió fundar el suyo propio, el New Orleans Jazz Café. Por las mañana lo dejaba en manos de varios ghouls de confianza y cada noche organizaba improvisaciones para encontrar nuevos talentos a los que apadrinar. Su local se convirtió en todo un símbolo. Aunque la Gran Guerra no llegara a la ciudad directamente, muchas familias de combatientes se reunían allí para recibir las noticas del frente que llegaban a una vieja radio y para calmar un poco su tristeza con la música de jazz. Durante la Gran Depresión, aunque muchos otros establecimientos cerraron, Fletcher acogió a todos los músicos que se lo pidieron, manteniendo abierto su local para todos aquellos que necesitaran refugio. Y más tarde, cuando la IIª Guerra Mundial azotó el mundo, el club mantuvo encendida la llama de la esperanza en la ciudad. Las noticias parecían llegar antes allí que a ninguna otra parte y era común que estuviera abarrotado hasta altas horas de la noche, pero nunca dejó de salir música por sus ventanas. Cuando la guerra por fin terminó y la calma regresó a Luisiana, el club se mantuvo como referente musical en la ciudad.

A mediados de los 50, una serie de incidentes protagonizados por lupinos alteraron la calma de Nueva Orleans. La policía le pidió ayuda con la investigación dada su experiencia en moverse por los pantanos, además de sus conocimientos sobre el mundo sobrenatural. Fue entonces cuando conoció a Cyrine, la detective cainita encargada del caso. A partir de ese momento establecieron una relación profesional en la que solían recurrir el uno al otro cuando necesitaban ayuda o bien enfocar algo desde una perspectiva diferente.

Un día Fletcher rozó por accidente el colgante que Cyrine llevaba colgado al cuello. Inmediatamente recibió una fortísima impresión espiritual y vio claramente cómo una mujer que lleva ese mismo medallón colgado al cuello era golpeada hasta la muerte en una calle oscura que reconoce de Nueva Orleans. Después la imagen cambia a una habitación muy soleada donde una joven Cyrine de no más de 16 años sostiene el medallón entre sus manos y llora amargamente sobre una nota que dice “Sylvia hubiera querido que lo llevaras tú”. Cuando vuelve en sí sorprendido, Cyrine le está observando con cara de extrañeza.

—¿Estás bien, Henderson? —le pregunta.

Fletcher cierra un momento los ojos y agita la cabeza, confuso. Entonces, se quita las gafas y la mira con sus intensos ojos azules.

—¿Quién es Sylvia? —pregunta muy serio con voz grave.

Cyrine abre mucho los ojos y se vuelve más pálida de lo habitual.

—¿Có… Cómo sabes eso? —tartamudea y se aleja un paso de él.

Colgante de Cyrine

Cyrine mira alrededor, pero todo el mundo parece ocupado en la comisaría y aparentemente no les prestan atención. Entonces, agarra a Fletcher de las solapas de su chaqueta y lo arrastra, casi literalmente, hasta un armario de suministros. Cierra la puerta detrás de ellos y enciende la bombilla que cuelga del techo. Sorprendido, Fletcher se alisa las solapas de su chaqueta y la mira arqueando una ceja. Entonces Cyrine se vuelve con una mirada fiera y le vuelve a coger de las solapas.

—¿Qué sabes tú de Sylvia? —le pregunta en voz baja.

Fletcher detecta una nota de amenaza bajo la aparente calma de su tono de voz. Sus ojos parecen querer taladrarlo.

—Tu colgante —le responde mientras lo señala—, ¿le pertenecía a ella?

Cyrine suelta una de las solapas y se lleva casi inconscientemente una mano al colgante. Entonces se da cuenta de que lo lleva por fuera de la camisa y lo guarda.

—Y a ti qué te importa —le increpa—. Respóndeme, ¿qué sabes de ella? ¿Quién te crees que eres para andar hurgando en mi pasado?

—Perdón si he tocado un tema inoportuno, pero ese colgante tiene impresiones muy fuertes y todo ha venido a mí como un mal recuerdo —dice calmado—. No era mi intención meterme en tus asuntos.

Cyrine le suelta y Fletcher se da cuenta de que hasta ese momento estaba literalmente sujetándolo a un palmo del suelo con una sola mano. Ella da un paso hacia atrás y él se vuelve a arreglar la chaqueta, que de nuevo está muy arrugada.

—¿Impresiones? —pregunta Cyrine—. ¿A qué te refieres?

—Tranquilízate, por favor —dice tratando de calmarla con las manos—. No sé si esto te va a gustar pero… he visto cómo una joven recibía una brutal paliza… y después… te he visto a ti con ese colgante en la mano.

El rostro de Cyrine pasa de la ira al miedo y del miedo a la tristeza. Da otro paso hacia atrás y su pie se enreda en unas escobas, haciéndole perder el equilibrio hacia atrás. Fletcher se lanza hacia delante para tratar de evitar que se caiga y consigue sostenerla de la mano. La ayuda a incorporarse y Cyrine, con Fletcher muy cerca de ella, se recompone.

—¿Podemos hablar de esto en un sitio más tranquilo? —pregunta mirándolo a los ojos y él se da cuenta de que son de un negro profundo e inquietante.

—Podemos ir al club de jazz. Allí podremos hablar más tranquilamente sin que nos interrumpan. Y estando más cómodos, desde luego —la mira y ve que ha conseguido arrancarle una sonrisa.

En el club, Fletcher la guía hasta su despacho, una habitación pequeña sobre el escenario decorada con un exquisito gusto, y la invita a sentarse en un cómodo sillón.

New Orleans Jazz Cafe

—¿Puedo ofrecerte algo de beber? —pregunta Fletcher, haciendo un gesto hacia la pequeña nevera de madera que hay en un rincón.

—No, gracias —contesta Cyrine educadamente.

Fletcher se acerca a una vitrina, coge una copa y se sirve de una botella de whisky empezada. Con la copa en la mano, se sienta junto a ella, en el sofá. Da un trago y la mira.

—De verdad, siento la intrusión —dice Fletcher—. No lo hice a propósito. SI no quieres, no es necesario que me cuentes nada.

Cyrine lo observa durante un largo minuto mientras Fletcher le sostiene la mirada y por fin se decide a hablar.

—Sylvia era la luz de mi vida —comienza—. Me enseñó todo lo que una buena mujer nunca debe saber. A pensar, a escribir, a componer, a amar… Yo… yo… la amaba y… me la arrebataron…

En ese punto Fletcher ve cómo una lágrima roja asoma en sus ojos y ella entierra la cabeza en las rodillas. Fletcher se arrodilla en el suelo frente de ella y le acaricia suavemente la cabeza. Todos los recuerdos que había mantenido apresados durante más de un siglo brotan en torrente en forma de convulsas lágrimas de sangre. Fletcher la abraza con fuerza tratando de mantener todos sus pedazos unidos, como si pensara que si la suelta, ella se romperá. Después de unos minutos en los que ninguno de los dos se mueve Cyrine se incorpora y le observa, cautelosa, mientras trata de limpiarse la cara con las manos.

—Lo siento —dice tímidamente y Fletcher se da cuenta de lo mucho que se parece a la joven de su visión en ese instante—. Creo que te he estropeado la camisa.

Fletcher se mira la camisa sorprendido y efectivamente, la tienen manchada de churretones de sangre. Entonces se levanta, va hacia una cómoda, saca un delicado pañuelo bordado de uno de los cajones y se lo ofrece.

—Detrás de esa puerta tienes un servicio, si lo deseas —le dice a Cyrine mientras señala una puerta en uno de los laterales del despacho.

Cuando oye cerrarse la puerta tras ella, Fletcher se acerca de nuevo a la cómoda y saca una camisa limpia, ya que la suya está en un estado lamentable. Cuando se está abrochando la camisa limpia, Cyrine sale del servicio y se queda allí plantada en medio del despacho, sin saber muy bien qué hacer. Fletcher termina de abrocharse la camisa y se acerca. Levanta una mano hacia ella y sostiene el cuello de su camisa.

—Me temo que también te has estropeado la tuya —le dice muy suavemente.

Ella levanta su mano y la coloca sobre la de él. Alza la vista y se pierde en esos intensos ojos azul celeste. Él se inclina hacia ella y sus labios se encuentran. Él sostiene su rostro entre las manos y durante un instante, el tiempo se para para él… pero entonces ella se retira.

—No… —dice en voz baja—. No hagas esto.

Coloca sus manos sobre las de él y las sostiene, las separa de ella y las baja, sin soltarlas. Puede ver en sus ojos que lo ha herido.

—No puedo hacerte esto, Fletcher —le dice—. No puedo amarte. Solo he amado a una persona en mi vida y solo a ella amaré el resto de lo que me queda.

Él levanta la mano, le acaricia la cara con ternura y dice:

—Lo entiendo —la toma de la mano y la lleva al sofá.

Se sientan el uno junto al otro.

—Sé lo que es amar a alguien, Cyrine, amarla tanto como para que no te importe tu propia seguridad. Quizá no lo creas —dice con una media sonrisa—, pero yo fui un jovencito estúpido.

»Trabajaba al servicio del duque de Beaumont en Nueva Francia. En realidad era un pobre diablo que no tenía donde caerse muerto. Mis padres me habían vendido a ese señor sin conocerlo solo porque por mí les daban un puñado de monedas con las que comer. Pero supongo que no me fue mal del todo. El duque tenía dos hijos algo mayores que yo, Philipe y Alissa, y yo me pasaba las tardes escondido en la sala de estudio, observando cómo daban clase con un viejo profesor, el señor Jean Baptiste Dufont. Mi interés en las clases no era solo académico. Cada vez que me cruzaba con Alissa no podía evitar suspirar por ella, soñando con locas huidas a lomos de un caballo y fantásticos romances imposibles. En aquel entonces yo no la conocía, no sabía nada de ella, y dudo que ella supiera que yo existía. Sin embargo, cuando fuimos algo más mayores, el duque decidió que era hora de volver a Francia y me llevó con él porque consideró que yo era valioso. Tanta estima me tenía que deseaba ascenderme, pero para ello necesitaba que tuviera una educación, aunque fuera mínima. Por eso permitió que asistiera a las clases de sus hijos pero a condición de que no hablara en ellas. Así fue como descubrí que Alissa era inteligente y aguda, mucho más que su hermano Philipe. Mantenía discusiones de filosofía, política, literatura e historia con el profesor Dufont en las que yo me moría por intervenir. Había tanta pasión en sus palabras, que hacía que me echara hacia delante en la silla hasta quedar sentado casi en el borde, expectante, sin saber qué rumbo tomaría su alegato en cada ocasión.

La mirada de Fletcher está perdida en el infinito, su mano aún sobre la de Cyrine, y en sus ojos podía verse, si se miraba con atención, una profunda melancolía. Después de unos minutos en silencio, Fletcher regresa y continúa hablando:

—En ocasiones, el profesor hacía discutir a Alissa y a Philipe entre ellos, pero él no era rival. Cada vez que lo hacían, Alissa tejía una cuidada red en su discurso en la que Philipe iba poco a poco quedando atrapado sin darse cuenta. Al final ella solo tenía que tirar de un hilo y revelar la trampa. Entonces Philipe solía montar en cólera y abandonar airado la habitación. En esas ocasiones yo luchaba por no reírme, porque sabía que Philipe no era precisamente conocido por su buen carácter. Pero claro, Alissa sí se daba cuenta y comenzó, de vez en cuando, a lanzarme miradas cómplices justo antes de dedicarle comentarios especialmente insidiosos. Supongo que ahí fue donde ella se dio cuenta de que yo existía. Yo me moría por demostrarle que era más que un criado, que era más listo que su hermano, que podía ser mucho más… Pero no se me permitía hablar y yo por nada del mundo habría desafiado al duque, porque a él le debía todo lo que tenía. A pesar de ello, el profesor Dufont se dio cuenta de que tenía una mente despierta y a escondidas trataba siempre que podía de hablar conmigo, de que le contara mis ideas y pensamientos sobre lo que estudiábamos y me prestaba libros que yo leía escondido en algún cuarto hasta dejarme los ojos en la semioscuridad.

»Una tarde, estaba en la habitación del profesor discutiendo con él sobre no logro recordar qué y tenía el argumento perfecto para ganarla, cuando de pronto ella entró en la habitación y me interrumpió, desmontando uno a uno todos mis argumentos, incluyendo algunos de los que no me había dado tiempo a decir. Creo que me quedé blanco de la impresión. No solo porque me acaba de pillar en un lugar en el que no debería estar, haciendo algo que tenía prohibido, sino porque era la primera vez que ella se dirigía directamente a mí y lo hacía demostrando que me había escuchado y me había entendido. Me quedé mudo. Fui incapaz de articular palabra durante unos instantes y simplemente la miré. No sé qué pensaría de mí en ese momento —se ríe—, pero desde luego, yo habría pensado que era un chico bastante estúpido.

»—¿Te ha comido la lengua el gato, joven Henderson? —me dijo ella con una sonrisa pícara.

»Creo que balbuceé algo ininteligible. No era capaz de hilar dos palabras con sentido, tan aturdido como estaba. Por suerte, el profesor acudió en mi ayuda. Se levantó, invitó a Alissa a sentarse y cerró la puerta tras ella.

»—El joven Henderson estaba exponiéndome sus interesantes ideas sobre el tema, pero veo que ambos estábamos equivocados, como muy bien acaba de demostrar, lady Beaumont. Me pregunto si el joven Henderson tiene algo que añadir —me miró y continuó—: Yo, por mi parte, considero que su argumentación es perfectamente válida y no tengo nada más que alegar, aparte de darle mis más sinceras felicitaciones por haber sido capaz de elaborar en tan solo unos segundos semejante argumentativa, puesto que al entrar no creo que haya podido escuchar más de un par de frases de la conversación. Porque está claro que una señorita educada y de tan alta cuna como vos jamás escucharía una conversación ajena a escondidas.

»El profesor enarcó una ceja y yo vi cómo Alissa se ruborizaba entera. No pude evitar reírme de la situación y creo que eso terminó de disipar toda la tensión del momento. El profesor y Alissa rompieron a reír conmigo y ella se sentó con nosotros. El resto de la tarde la pasamos tratando de desmontar la argumentación de Alissa pero resultó que, para variar, era demasiado buena.

»No sabría decir exactamente cómo sucedió pero en algún momento dejamos de incluir al profesor en nuestras reuniones. Yo sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien. Estaba traicionando la confianza del duque, pero me sentía incapaz de resistirme. Había algo en ella que me impulsaba a arriesgarme más y más. Ahora en clase, delante del profesor y de su hermano, nos rozábamos bajo la mesa, tratábamos de encontrar cada minuto posible para estar juntos, hasta que la situación se volvió insostenible y nos descubrieron.

»Estábamos en los establos de la finca, ella me besaba con pasión, como siempre hacía, y de pronto el duque apareció. Montó en cólera y separó a Alissa de mí. La agarró del pelo y la empujó hacia la pared opuesta. Yo no sabía qué hacer ni dónde meterme y no podía dejar de mirarla. Entonces el duque comenzó a golpearme tan fuerte que creí que me iba a partir en dos. Yo estaba en el suelo, retorciéndome de dolor y él no paraba de golpearme una y otra vez. Sentí cómo cada hueso de mi cuerpo se partía en trozos. Creí que iba a morir allí, que ese era mi final. Entonces la miré, estaba aterrorizada y sollozando en el suelo. Lamenté no poder decirle adiós, la boca me sabía a sangre y recuerdo con extraña claridad cómo mi último pensamiento antes de hundirme en la oscuridad fue que, de haber vuelto a nacer, habría cometido los mismos errores solo por poder vivir unos instantes con ella.

Fletcher parece haberse vuelto a perder en sus recuerdos. Cyrine le observa atentamente con el corazón encogido. En ese momento le recuerda tanto a Sylvia que desea acercarse más a él y abrazarlo. En cambio, se queda quieta donde está y se limita a apretarle la mano que sostiene entre las suyas. Eso parece hacerle volver. Fletcher mira su mano y después la mira a ella.

—Los fantasmas del pasado siempre me acompañarán —dice, mientras libera su mano de las de Cyrine y comienza a desabrocharse la camisa.

Cuando se la quita, deja al descubierto la piel blanca de su cuerpo que está surcada de pequeñas cicatrices y extrañas depresiones en la piel. Cyrine no puede evitar ahogar una exclamación de sorpresa y automáticamente levanta la mano para acariciarlas pero se detiene a un centímetro de su piel y la retira. Puede ver el dolor y la pena en la expresión de Fletcher.

—Son las secuelas de la paliza que me dio—aclara y se vuelve a abrochar la camisa—. Un recordatorio constante de lo que hice. Prácticamente me mató, pero alguien se apiadó de mí y me rescató.

—¿Qué fue de ella? —pregunta Cyrine en voz baja.

—Cuando desperté, había una carta suya esperándome —su voz se tiñe de amargura—. En ella me decía que lamentaba todo el dolor que me había causado pero que ella nunca me había amado y que jamás fuese a buscarla o su padre nos mataría a los dos.

—Parece que somos dos almas rotas, ¿eh, Fletch?

Fletcher y Cyrine

Después de definir esta escena dejaron de ser un montón de puntos sobre una ficha con un par de hojas de historia. Entendimos un poco mejor la relación entre ellos. Fletcher aceptó más o menos el rechazo de Cyrine y pudimos construir su historia común a partir de ahí. Incluso pensamos escenas aquí y allí para darle algo de color:

Corrían entre las lápidas gastadas del cementerio persiguiendo al renegado. Cuando llegó a la valla, trató de escalarla, pero dos tentáculos de oscuridad surgieron del suelo y lo atraparon, bajándolo al suelo. Entonces, Fletcher se elevó por los aires con los brazos abiertos y los faldones de su abrigo aleteando al viento. Las nubes comenzaron a arremolinarse en el cielo que hasta hacía un instante estaba plagado de estrellas y un fuerte viento comenzó a agitar las hojas de los árboles. Entonces, Fletcher alzó sus brazos al cielo y un devastador rayo se abrió camino entre las nubes y en menos de un segundo fulminó al renegado. En el suelo de tierra solo quedó una quemadura y dos pequeñas llamas que terminaron por extinguirse.

—Hay que ver lo dramático que te pones a veces —dijo Cyrine con una media sonrisa.

Fletcher descendió a su lado, le sonrió e hizo una reverencia.

Sin embargo, con el tiempo Cyrine se dio cuenta de que su forma de hacer las cosas era completamente opuesta. Fletcher nunca desafiaría las normas para enfrentarse al nuevo Príncipe a pesar de su despotismo, pero ella apenas podía seguir tolerando todas esas injusticias. Eso abrió una gran brecha entre ellos que poco a poco los fue separando.

Al final comprendimos que la traición de Cyrine era mucho más profunda de lo que habíamos pensado en un principio porque su relación también lo era. Así que las dos estuvimos de acuerdo en que las repercusiones para Fletcher y la partida tenían que ser muy drásticas, pero como decía Michael Ende, eso es otra historia y deberá ser contada en otro momento.